In crescendo

Crónica del cierre de campaña por el y entrevista al president Puigdemont.

¡Votarem, votarem, votarem!

¿Qué tal las sensaciones de esta noche, señor President?

Pues muy buenas. Es emocionante haber llegado al final de la campaña electoral que dijeron que no se podía realizar. Hemos llegado, además, in crescendo. Notando cómo se está articulando una nueva mayoría en Cataluña muy, muy amplia y muy diversa, pero que quiere votar, y asistiendo a un verdadero tsunami democrático este domingo.

¿Cuál es su respuesta a la intervención aérea que ha realizado el Gobierno?

Es una barbaridad. Diversas barbaridades que están cometiendo. Han enviado, creo que, dos de cada tres policías antidisturbios españoles a Cataluña cuando no hay ningún incidente. Han enviado barcos que cuestan cada día 300.000 euros de alquiler, 300.000, ¿para qué? ¿Para perseguir papeletas y urnas? Ahora cierran el cielo como si estuviéramos en un clima pre-bélico. Todo esto contribuye a una narrativa intencionada de querer criminalizar, violentar, lo que está pasando aquí. Pero van a chocar con la realidad.

Mañana, a pesar de ser día de reflexión, ¿enviará algún mensaje a los colegios electorales?

Mañana es día de reflexión. Por lo tanto, yo no intervendré públicamente. Voy a hacer vida normal, pero saben que tiene mi apoyo absoluto la gente que está defendiendo, como hoy aquí, básicamente, valores democráticos.

Entonces, el domingo se votará.

Claro que sí. Y además, insisto, habrá una sorpresa muy agradable. Va a ir a votar muchísima gente, y eso, no puede parar.

***

«Le respondo, señor Rajoy, a su frase nos van a obligar a lo que no queremos llegar. Le digo que no pasarán, las calles siempre son nuestras», dijo Mireia Boya ante miles y miles de personas, de aplausos y de semblantes serenos. Así la Asamblea Nacional de Cataluña proclamaba ayer, 29 de septiembre, el final de campaña. Concretamente, el del “Sí”. Una apuesta a punto entre independentistas y, además, votantes, cuyos pasos hacían reverberar la Fira de Montjuic. Mayores, jóvenes y pequeños al hombro de sus padres, la edad no suponía ningún obstáculo. Para ellos el escenario se convirtió desde mucho antes de las 19.00 h en el epicentro de la fiesta y la música, el discurso reivindicativo y el sentir catalanes.

Josep y Angels lo llevaban esperando mucho tiempo. «Por fin vamos a poder votar, es lo que hemos pedido desde hace años, muchos años». Entre esteladas y camisetas que encerraban el lema de la jornada, comentaban que «esto no hace falta, uno lo lleva de por sí dentro, las banderas no son necesarias cuando uno lo siente». Y así llevan, 64 y 62 años sintiéndolo, gran parte de su vida de manera conjunta y a través de las venas que recorren generaciones hasta sus hijos y nietos. Tanto es el compromiso que «la mayor se ha venido desde Inglaterra. Ahora está trabajando allí, pero le dio igual la distancia, cogió el primer vuelo y se plantó aquí para este fin de semana. Si no se puede finalmente votar, pues por lo menos habrá visto a la familia». Los claros ojos de Angels se achican cuando se ríe al preguntarle por lo qué pasará el día 2-O: «Iremos a trabajar, como cualquier día, seguimos teniendo que comer».

Ambos representan, en carne y hueso, esa sensación incómoda de desapego, de lo que se dice que piensan los catalanes: «España se ha beneficiado a nuestra costa. ¿Por qué no lo han hecho con el País Vasco? Se le han presentado muchas propuestas a Rajoy para cambiar las cosas, pero no ha habido manera». No es un mantra que se repita sin razón, están plenamente convencidos. Actos como el de Zaragoza les hace recelar de las intenciones que trae consigo la Guardia Civil. «Ojalá los medios reflejaran de verdad lo que hay: aquí nunca hay violencia», asevera Josep.

Seguirán en la fiesta, apoyando su causa, hasta que «nos levantemos bien temprano el domingo, que hay que ir a votar». Algo parecido harán Irina y Jesús.

Lo que en un principio podría confundirse como abuelo y nieta es realmente el encuentro de dos personas totalmente desconocidas a quien el destino ha dejado sentados tras las cámaras de televisión con una cerveza en la mano, todo gracias a una causa en común. Irina le enseña a Jesús cómo han hecho urnas de cartón en su pueblo, al que tendrá que marcharse esta noche para custodiar su colegio electoral. «Queremos votar, no hay más. Lo que han hecho es una campaña del miedo, miedo, miedo, desde el Gobierno español», afirma Jesús. Nació en Colombia, vive desde el año 85 en Cataluña y se siente integrado y solidario con la causa independentista. «Si estoy aquí hoy es porque estoy plenamente convencido, no por sentimientos viscerales como tantos, sino por razones plenamente críticas y extraídas a lo largo de los años, históricas, filosóficas, artísticas, de que Cataluña ha de ser un país». Ha sido largo el proceso, «a mí me fastidiaba Pujol recién llegado, intentaba meterte por cada agujero orgánico de tu cuerpo el idioma y… con el tiempo descubrí que esta era la idiosincrasia, lo que movía a este país».

Lejos, un poco más, las cámaras sacaban imágenes de recurso y preparaban toda su artillería para los telediarios de la noche. Cadenas de todo el mundo se hacían hueco encima de la escalinata, desde Sudamérica hasta Francia o Suecia. Cables, corbatas, maquillaje de última hora en un frenesí informativo. Un circo mediático que demuestra el pulso y repercusión de la Asamblea Nacional.

L’estaca fue coreada por el público junto a Lluís Llach, Els segadors aplaudido fervorosamente y reído el comentario de Los Manolos: «la revolución será rumbera, o no será».

Todo aquello para evidenciar que los que forman parte de esta movilización, lejos de caceroladas y de coches de policía destrozados, buscan, pacíficamente, sentirse representados. Poco o nada importan ya el discurso de los cargos públicos, cuyas palabras son más que conocidas, aunque fue esclarecedora la sorna de un presentador de TV3 al decir: «y dos palabras: tenemos drones». Una amenaza velada por el humor que sobrevolaba los cielos de los manifestantes, quienes aún siguen a la espera de saber qué pasará este domingo.

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