relatos, Fuentetaja

El espejo

Un relato de Ernest Borrás

El espejo

Ernest Borrás

Todos los días a la misma hora, frente al espejo, acondiciono mi rostro para estar presentable fuera de mí. Es una tarea repetida incalculable número de veces.

Como casi todo el mobiliario de la casa, el espejo, en su marco dorado con adornos, perteneció a mi abuela. A través de las ventanas del salón se filtra una luz tenue que le da una iluminación suave. El tapizado y las pesadas cortinas son de un azul ceniza que el resplandor de los ventanales revierte en una nostalgia lejana. Por la noche, cuando la lámpara veneciana que cuelga del techo se ilumina, centellean sus cristales en un juego de luces y reflejos que convierten el salón en una caja de ilusiones y fantasías.

El silencio invita al respeto, casi religioso. Personajes enmarcados, mudos testigos del pasado, cuelgan de la pared. Presencias sin relieve, con gesto y mirada de poderío.

Me divierte mirarme en el espejo. Mis caras responden según las circunstancias; depende la imagen de aquello que expresa. Cuando me miro, se me despierta una sensación de autocompañía, una copia fiel sin disconformidad o rebeldía. Si le hablo, responde al gesto sin emitir sonido. Semejanza callada. Le pregunto por qué me mira en mudez si mi voz no calla. Su existencia es la mía. Los dos vivimos el preciso momento, pegados, fundidos por la luz que me llega. Es fiel a mi juego. Repite sin error mi continuo movimiento.

Un día, solo como juego, acerqué mi nariz al cristal, que por cierto estaba frío, y se convirtió el reflejo en un espectro. Sentí repulsión, miedo. Me dio un escalofrío al sobreponer mi cara en el espejo. Apareció una máscara, el yo desconocido. En ese preciso momento empezó a llover; el agua salpicaba con insistencia los cristales, parecía que llamaba a la ventana para que le abriera. Sonó el teléfono. Una sensación de angustia penetró por mis poros despertando en mi espalda un inquietante cosquilleo. No espero la llamada de nadie, no importa quién soy; solo hablo con mi espejo. Camino con calma, sin prisa me acerco a la mesita y miro el sonido del timbre. Temblorosa levanto el auricular. Es un gesto que acompaña un mal presentimiento.

Con voz quebrada respondo: «Diga». Por respuesta, un profundo silencio. Con voz algo ronca repito «diga». Sin eco. La tercera vez mi voz no sale de la garganta: es como una queja, como un suspiro de desolada tristeza. Una lágrima resbala por mi mejilla, humedece mi boca delirante. No hay respuesta, solo un espacio oscuro sin resonancia. La lluvia se transforma en tormenta. Lejanos truenos resuenan como un canto de desesperanza, como bramidos de soledad en la lejanía infinita. Quejas de dolor se repiten en un profundo recitado de tristeza. Tanteando el equilibrio regreso a mi amado espejo, a mi destino. Me presento rendida frente al espejo. No responde a mi presencia. El espejo está vacío.


Fuentetaja-Las Palmas

Ernest Borrás nació en Barcelona en 1928. Procede del mundo del arte en la especialidad de escultura y música. En 2014 cierra esa etapa y se traslada a vivir a Las Palmas Gran Canaria. Se interesa por la escritura creativa y se inicia en los cursos de Fuentetaja.

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  • Fuentetaja-Las Palmas

    Talleres de Escritura creativa en Las Palmas de G.C. coordinados por el escritor Carlos Ortega Vilas

  • Mostrar comentarios (1)

  • Ariadna

    Exquisito relato corto pero de gran profundidad

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