Crónicas de fuego y polvo

Burning Man Festival

Crónicas de fuego y polvo

Heart of mine be still

You can play with fire but you’ll get the bill

Bob Dylan

 

Imaginen un mundo utópico, efímero, un mundo donde uno es lo que quiere ser, lo que realmente es. Imaginen que, para variar, la bondad y el amor vencen al caos y al terror. Un mundo donde lo colectivo triunfa sobre el egoísmo, donde el respeto y la generosidad reinan, el tiempo se detiene y solo cuenta el aquí y el ahora. No sigan imaginando. Bienvenidos a Black Rock City, bienvenidos al Burning Man.

Hay pocas cosas más hermosas que el desierto. Es un lugar duro e inhóspito, es cierto, pero también resulta cálido y familiar. Es acogedor, sobre todo cuando lo habita una comunidad de seres humanos brutalmente desinteresados, salvajemente honestos. Uno recibe constantemente abrazos, besos, caricias, sonrisas y todo tipo de regalos en un lugar donde el dinero no tiene valor y donde las reglas del juego son otras. Y no solo las reglas, porque el juego, de hecho, es otro.

Desaprender, vaciarte, es parte fundamental del proceso. Cuando te aventuras a un viaje así, siempre sabes donde comenzarás pero desde luego, no imaginas dónde vas a acabar. Porque no importa por qué has iniciado el viaje, lo único importante es estar aquí. Las primeras horas, los primeros días, la cabeza te explota, va a mil por hora, los estímulos se suceden sin darte tiempo a digerirlos. Uno se cruza con los personajes más imposibles, los más bellos, cargados de una potentísima energía sexual, deambulando sin rumbo por el desierto o bailando en cualquiera de los cientos de enormes coches mutantes: jaguares exóticos, rinocerontes de metal, venados sagrados, iglesias paganas, barcos a la deriva, aviones sin tripulación, dragones robóticos, osos gigantes, dinosaurios y peyote… todo lo que uno puede imaginar, todo lo que alguien alguna vez imaginó, allí está, invitándote además a participar. Porque ahí radica una de las claves: uno no va al Burning Man a ser un mero espectador. Uno va a ser parte del espectáculo.

A lomos de una bicicleta futurista, pedaleas y pedaleas, durante horas, sin parar. Miras, buscas, conversas, abrazas y absorbes todo lo que te rodea e intentas obtener respuestas pero es obvio que no estás planteando las preguntas adecuadas. Probablemente ni siquiera haya que plantear preguntas ni tampoco buscar respuestas. Solo flotar. Dejarse llevar, como en un viaje alucinógeno, navegando por la Playa, como denominan los burners al inmenso desierto que nos rodea, que nos engulle. Un mundo onírico donde vives rodeado de colosales obras de arte, que surgen de la nada a través de las tormentas de arena, presentándose ante ti de la misma manera que los dioses lo harían. Obras que te hablan, te invitan a pensar, te desafían. Te llevan más allá de los límites que ni siquiera sospechabas que existían.

En la profundidad de la Playa, al anochecer, miles de personas comienzan a aullar conforme el sol desaparece, sacan el animal que llevan dentro. La luna nos sonríe, un pelícano y dos cuervos se cruzan en mí camino y uno ya no sabe qué es realidad y qué es fantasía. Los límites se distorsionan, las puertas se abren de par en par y, como diría Blake, todo se te aparece tal como es, infinito. Al amanecer, tu cuerpo está cansado y tu mente extasiada de todo lo que ha sucedido. Porque, si estás receptivo, en el Burning Man sucede todo.

Los días pasan pero la energía no se detiene, fluye constantemente por Black Rock City a través de sus calles polvorientas, repletas de alegres trovadores, de coloridos bufones y animales mitológicos que creíamos extintos. La energía permanece invariable, atraviesa la Playa y se concentra en un punto concreto: el Templo, un mandala gigante, una monumental espiral de madera a la que todos acuden a despedirse, a meditar, a llorar a sus seres queridos. Pocos lugares reúnen tanta bondad y tanto amor. Y silencio. El silencio en mitad de la tormenta, solo roto por el sonido puro de los cuencos tibetanos, o por Hallelujah, de Leonard Cohen, que improvisadamente todos cantan rodeados de humos sagrados, ofrendas mágicas y lágrimas, muchas lágrimas. Energía que se transforma en más energía. Alimento para los dioses.

And love is not a victory march

It’s a cold and it’s a broken Hallelujah

Y llegó el día señalado. El Hombre, una hermosa escultura de madera de más de doce metros de altura, se alza imponente sobre una gran base, también de madera, que dentro de poco empezará a arder. El sol desaparece de nuevo en el desierto de Nevada, deshabitado desde hace miles de años y hoy ocupado por más de setenta mil personas que por algún motivo han decidido ir allí a celebrar la vida y la muerte. Fuego y polvo. Música. Todo se mezcla en una orgía incesante de sonidos y luces a nuestro alrededor. El Hombre arde devorado por unas llamas inmensas, muy bellas, que danzan sobre la oscuridad. La luna observa, ilumina. Suenan los tambores, tribales, ancestrales y cientos de personas, una jauría salvaje, se aproxima a la gigantesca hoguera y bailan desnudos alrededor del fuego. Todos los coches mutantes, iluminados por potentes láseres y con su brutal música inundando el océano que nos rodea, abandonan ordenadamente al Hombre mientras éste se consume y se sumergen en la deep Playa, desapareciendo en la noche, seguidos por miles de apóstoles hechizados que bailarán sin parar hasta que sus cuerpos se fundan con el polvo en la oscuridad del desierto.

Y al amanecer, después de la noche más salvaje, algunos burners asan un cordero sobre las cenizas del Hombre y lo devoran bajo el sol.

Al día siguiente comienza el éxodo. Lentamente, mucha gente se aleja de Black Rock City en sus coches, sus autocaravanas, sus avionetas… En silencio, con las fuerzas ya al límite abandonan una ciudad que, poco a poco, va desintegrándose. Las referencias se pierden, los límites desaparecen. Dentro de muy poco, solo quedará la arena, el polvo, el desierto. Todos nos iremos, pero sin duda algo nuestro permanecerá allí.

Aún queda una noche, quizá la más solitaria, la más triste. No estamos todos, muchos ya se han ido pero el ritual se repite una vez más: el sol se retira puntual a su cita, el desierto aulla y miles de personas se congregan en mitad de la nada para despedir la última estructura que arderá este año: el Templo. Pero esta vez no hay música, no hay ruido. El silencio es total mientras las llamas consumen la espiral de madera formando una chimenea colosal. Los remolinos de arena, gigantes recién llegados, bailan con el fuego y muchos gritan: “¡Is Larry, Is Larry!”. Larry Harvey fue uno de los fundadores de lo que hoy se conoce como Burning Man, hace ya 32 años. Falleció el pasado mes de abril pero al parecer, se tomó la molestia de regresar para despedirse de sus amigos.

***

Fotografías de Alejandro Norniella

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  • Alejandro Norniella

    Cofundador y Director de la Academia Mexicana de Creatividad. Asturiano de nacimiento y desde 2013 orgulloso chilango, trabajó como Director de Arte y Director Creativo durante 10 años en diferentes agencias de publicidad en España. Empezó impartiendo clases de creatividad en la Escuela Superior de Comunicación en Madrid y más tarde en el Instituto Europeo de Diseño, donde poco después dirigió varios maestrías en comunicación, estrategia y diseño para finalmente codirigir, junto a Toni Segarra, los Masters of Design and Innovation, liderando además numerosos workshops internacionales en ciudades como Madrid, Barcelona, San Francisco, México DF, Londres, Berlín, Gotemburgo, Guatemala o Jakarta. En 2013, en una de sus mejores decisiones personales y profesionales, deja España para mudarse a México, donde funda junto a Raúl Cardós y Lalo López la Academia Mexicana de Creatividad, de la que actualmente es su Director.

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