Todos estúpidos

Todos estúpidos

El tipo que acababa de conocer trabajaba como creativo publicitario. En un momento de la conversación que entablamos sobre el poder de la publicidad, se me ocurrió dudar de la eficacia de los bloques de anuncios televisivos para hacer tomar decisiones de consumo a los telespectadores. El creativo, con un conocimiento sobre el tema claramente superior al mío, me dedicó media sonrisa de evidente supremacía y me preguntó: ¿Podrías decirme por qué te afeitas con hojillas de una determinada marca?

Touchée.

«Si vuelves a la gente estúpida, votarán a un estúpido». Este era el tiular de una reciente entrevista al director de cine Michael Moore en El País. Moore explicaba que si la administración de Barak Obama hubiera hecho sus deberes, por ejemplo no permitiendo que empeorara el sistema de educación y el cierre de bibliotecas públicas o evitando que los medios de comunicación fueran comprados por grandes empresas, Donald Trump no habría ganado las elecciones porque la gente no se habría vuelto estúpida. La teoría no es muy elaborada que digamos y entre otros misterios sin revelar uno me intrigó especialmente: ¿Se puede convertir a la gente en estúpida en dos legislaturas? Es sabido que en América casi todo es posible, incluso que los votantes de Trump y el mismo Trump consideren a Moore y, de paso, a todos los votantes que optaron por Hillary Clinton, como los verdaderos estúpidos.

Es evidente que hay mecanismos mentales que se escapan a nuestra comprensión de profanos. El que uno se crea a salvo del bombardeo de ciertos mensajes propagandísticos o publicitarios y termine actuando según su dictado es uno de ellos. Y así, mientras me afeitaba, me surgieron algunas dudas preocupantes, entre otras si puede alguna persona, ente o colectivo transformar mi estupidez en lucidez con mensajes cautivadores. O al contrario.

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Populares, liberales, demócratas y fascistas

El miércoles 21 de noviembre de 2018 deberá pasar a la historia. A partir de ese día, los partidos políticos y agrupaciones electorales pueden espiarnos legalmente y enviarnos mensajes personalizados para, supuestamente, convencernos de que los votemos. El consenso ha sido extraordinario en el Congreso (en el Senado obtuvo el voto en contra de Unidos Podemos, Compromís, Nueva Canarias y Bildu), la envidia de los partidarios de llegar a algo parecido en educación o para el sistema de pensiones.

Uno de los puntos sobre los que se han puesto de acuerdo los representantes del pueblo es que la imagen virtual de los ciudadanos es equivalente a su pensamiento político. Por lo tanto, es más fácil hacerlos cambiar de ideología mediante el uso de la propaganda digital que con hechos politicos concretos o con la elaboración de un programa electoral atractivo y creíble. No se sabe, por el momeno, de qué forma van a efectuar ese espionaje a los usuarios de internet (de su actividad en redes sociales y páginas webs, según consta en la ley), con qué medios tecnológicos contarán ni si dispondrán de expertos para interpretar los datos obtenidos. Pero por lo pronto, parece que los tiros van por otro lado: manejar emociones en vez de estimular el pensamiento crítico. Es decir, los mismos representantes del pueblo (y los que están por llegar), incapaces de mantener un diálogo en el hemiciclo sin poder contener la tentación de etiquetarse y caricaturizarse los unos a los otros de forma brillante, son los mismos que se van a encargar de decidir, según los datos aportados por nuestra huella digital, en qué categoría ideológica nos meten. Entre todos van a ser capaces de crear una intersante taxonomía política del ciudadano internauta. Será una base de datos muy util para todos ellos, que les permitirá entre otras cosas elaborar listas de afectos y desafectos a sus idearios y dogmas. Y de esa manera podrán decidir si vale la pena reconducir nuestra estupidez política por el bien de todos. La noticia menos mala, o quizá la peor, es que por una vez todos, populares, liberales, demócratas y fascistas, se pusieron de acuerdo.

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Verdades contadas por tipos despreciables

En la película La conversación (Francis Ford Coppola, 1974), Gene Hackman interpreta el papel de Harry Caul, un ingeniero de sonido que se dedica a registrar conversaciones ajenas de forma clandestina y por dinero, es decir, un espía a sueldo. Devoto creyente, honesto a su manera, admirado profesional, solitario, introvertido y algo neurótico, Caul se empeña en averiguar quién quiere matar a la pareja de enamorados cuyas conversaciones grabó en su último encargo. A cambio de su curiosidad, recibe una advertencia: No se meta en esto, Caul. Es peligroso. Pero no se echa atrás y termina inmerso en una espiral desquiciante en la que descubre que él, el gran espía, el mejor en su profesión y tan celoso de su intimidad, es espiado en su propia casa sin que pueda entender cómo. Finalmente, termina por desmoronarse cuando cae en la cuenta de que los que parecían las víctimas son en realidad los asesinos. Se le escapó la historia verdadera. El ruido lo vence. Aunque reconstruye, de manera técnicamente impecable, el diálogo de la pareja, la verdad queda enmascarada bajo la información audible y visible.

La película se estrenó en 1974, en un momento histórico que la ayudó a ser entendida por el público. Dos años antes había salido a la luz el escándalo del caso Watergate, que el ocho de agosto de 1974 llevaría al presidente Richard Nixon a dimitir. Sin ese referente real, la ficción que propone La conversación podría haber hecho pensar a más de un espectador que se trataba de mera ciencia ficción. Pero la película se estrenó en abril de ese mismo año y el público ya sabía de qué iba y lo que la tecnología era capaz de hacer en manos de buenos profesionales del espionaje.

En el ruido está la clave. Discernir entre lo importante y lo superfluo es lo complicado. La imagen visual y sonora ganan siempre, independientemente de donde provenga y de quien la difunda. Lo creemos todo o, al menos, lo tomamos en consideración elevando cualquier mensaje a la categoría de tragedia o comedia. Un apóstata y hereje procesado por cagarse en Dios. Una ministra que pronuncia la palabra maricón cuando aún no era ministra ni feminista, lo que le permite participar de las bromas sobre puteros espiados. Un diputado algo macarra y con aires de nihilista y cínico que insulta y guiña un ojo a un señora diputada (o lo parece, porque no lo vemos) y, de paso, ayuda a ocultar la verdad que debe contar un investigado. Un gobierno que dice tener pruebas visuales y sonoras de un asesinato cometido en una embajada, pero que no las muestra para no desenmascarar sus propias vergüenzas. Una chica que omite pronunciar una palabra, que no existe y nadie usa, de una canción que no es suya para no ofender a los homosexuales, pero sin embargo canta el resto de la letra, pues no debe ser ofensiva para ningún otro colectivo. Un político orgulloso de lo que sucedió hace 500 años cuenta que el hecho más importante de la historia es el descubrimiento de América por parte de los españoles. Una secretaria genaral de partido (que ya ha dimitido) declara que cumplió con su deber al encargar (junto a su marido) tareas de espionaje. Los jueces del Supremo que anuncian que donde unos dijeron digo, ahora otros dicen Diego.

Casi todas de esas verdades sobre personas apreciables han sido ofrecidas por la televisión. Otras han sido conocidas gracias a la labor de un expolicía y exespía, al que todos llaman ese tipo despreciable. Las paradojas de la democracia producen monstruos.

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El ojo que todo lo ve

La teoría de una sociedad panóptica donde nadie, a excepción de la élite dominante y algunos rebeldes, se entera de qué va la cosa no es una descubrimiento para nadie, ni siquiera para los que algunas mentes privilegiadas meten en la categoría de estúpidos. Cualquiera que sea religioso sabe qué significa estar bajo la mirada de algún ser divino y todo poderoso y de sus intermediarios humanos que administran su poder, su conocimiento y su clemencia. El modelo arquitectónico que diseñó en el siglo XVIII Jeremy Betham para instituciones carcelarias proponía la figura del observador al que nada se le escapa, el ojo que todo lo ve. Lo recrea George Orwell cuando publica 1984 a mediados del siglo XX. Unas décadas más tarde, en 1975, Michel Foucault desarrolla su teoría sobre cómo el poder ejerce la vigilancia, el control y la corrección de las acciones de la ciudadanía. Es decir, nada que ya no sepamos y que se actualiza en nuevos relatos literarios, fílmicos, periodísticos o filosóficos cada cierto tiempo, con cada nueva generación tecnológica. En uno de los más recientes, el que propone el documental Citizenfour (Laura Poitras, 2015), el exespía Edward Snowden, que huye de unos Estados Unidos vigilantes para refugiarse en una Rusia en manos de un exmiembro del KGB, advierte a la directora de la película de que los servicios secretos de su país han desarrollado un sistema por el cual cada frontera que cruce, cada llamada que realice, cada correo que envíe, cada artículo que escriba y cada página web que visite estará controlado por la NSA (Agencia para la Seguridad Nacional de los EE. UU.). Unos se asustan ante tal afirmación, otros se dicen y qué, hay que vigilar a los malos. Todos asumimos el relato.

En una de las últimas secuencias de La conversación, justo antes del estallido paranoico de Caul, éste recibe una llamada en su apartamento (al teléfono que supuestamente nadie conoce) y una voz lo advierte de que: Por su propio bien, no se involucre más. Estaremos escuchándolo.

 

 

 

 

 

 

  • Gustavo Gil

    Las Palmas de G.C. 1965. Se licenció en Ciencias de la Información en Madrid y estudió cine en los EE.UU. y Cuba. Ha trabajado varios años como realizador y dirige la productora Conspiradores entre Madrid y Las Palmas de G.C. Cada vez tiene menos cosas y más proyectos. El último es la revista 7iM, de la que es codirector. Por lo demás, se encuentra bien, intentando trabajar lo menos posible.

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