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Sigue la pista del dinero y, de paso, haz (e)deporte

Estuve tentado, una vez más, de llamar a mi madre y preguntarle. Pero ella no hace deporte. Pasea de vez en cuando, limpia su casa, hace la compra; disciplinas de ese tipo, no deportivas, pero sí consideradas sanas. A su edad, algunas de sus actividades cotidianas están automatizadas, otras, en cambio, le suponen una concentración y esfuerzo extra. Las pulsaciones se le aceleran de vez en cuando por varios motivos: una visita al Hospital Doctor Negrín, por ejemplo. Y ella no es la única a la que le sucede. Sale una celadora o enfermera y, en plan entrenadora, le dice a un montón de viejitos que están allí: «¿Qué hacen aquí esperando? Cuando los llamen para una cita no hagan caso» —y esto no es ficción, ni realidad virtual, es la realidad, la de verdad—. Entonces los viejitos se sulfuran: tensión más alta, concentración para encontrar a alguien que les explique qué deben hacer ante el cambio de plan, ejercicio físico para recorrer pasillos en busca de otro departamento, hasta encontrarse con que están en una lista de espera o que deben comenzar el proceso de cita de nuevo.

En resumen: una yincana que igual se podría incluir en la nueva ley del deporte, pues puede que cumpla los requisitos que los expertos consideran imprescindibles para ser considerado como tal. Todos menos uno: no genera beneficios, sino todo lo contrario. Bueno, competición entre los viejitos tampoco hay… por ahora. Espectáculo: pues depende de lo que consideramos como tal.

Si he de decir la verdad, me importa poco si los ciberdeportes, los concursos televisivos o la ruta de la compra son considerados como deportes o no. Si esas actividades consiguen poner al cuerpo y el cerebro de los participantes dentro de ese umbral en el cual los parámetros medidos indican, según los especialistas, que hay actividad deportiva, es lo que hay, ellos sabrán. No me atrevo a juzgar las actividades a las que alguien decida dedicar su tiempo, siempre y cuando no perjudique a nadie que no quiera verse afectado. Pero como vivimos en sociedad —no virtual, o no del todo aún—, es difícil que lo que le suceda a los demás, al menos, no me preocupe.

Si, como dicen algunos expertos, esto de los ciberdeportes es una ola inevitable que se nos viene encima y debemos estar preparados —otra más de la digitalización acelerada de nuestras vidas—, pues estará bien que se regule por parte de las autoridades competentes. Pero deberían explicar en qué consiste exactamente, por qué es necesaria y cuál es el beneficio de esa regularización —en el sentido de dotarlo de estado legal—.

Dicen que vendrán las mafias a quedarse con el pastel si no se legisla. ¿Y cuál es el pastel? Pues parece evidente que será el que se repartan los clubes deportivos, las tecnológicas, las grandes multinacionales y los creadores de los juegos; además de las empresas menores que ya deben estar en la parrilla de salida con la lengua fuera esperando la ley —¿y de quién serán estas empresas?—.

Nada que objetar al respecto, es la ola inevitable. Lo que sí puede ser evitable y debe ser vigilado es que no se fomenten estas actividades con dinero público, por ejemplo con la reducción de impuestos; y que no se fomente su actividad entre los menores, al menos en los espacios e instituciones públicas.

Algunos voceros dicen que debemos seguir el paso de otros países que ya tienen legislación al respecto y que nos van ganando, pero no explican por qué debemos copiarlos en eso y no en otros aspectos más saludables, ni por qué vamos perdiendo. Algo curioso que se les escapa a editoriales, columnistas, periodistas, deportistas de élite, etc. cercanos a la brillante idea de nuestro presidente, es explicar cuál es el beneficio final para el ciudadano.

Porque digitalizados ya estamos bastante, y los últimos ya somos en muchos aspectos mucho más preocupantes: niños cada vez más obesos; más enfermedades relacionadas con el sedentarismo; falta de previsión de estas enfermedades y de planes de deportes públicos y económicos para todos; además de disponer de menos tiempo libre, menores sueldos, etc. Nada que ustedes ya no sepan. Lo que se llama la sociedad del bienestar digital. Y esto sí que no es un juego de niños frikis.

El fenómeno no es nuevo. La fusión de videojuegos y realidad virtual, empaquetados en una historia convincente sobre sus virtudes con el fin de ganar guerras o dinero, ya tiene un largo recorrido. Hace ya diez años que el escritor Christian Salmon publicaba Storytelling, la máquina de fabricar historias y formatear las mentes (Editorial Península, 2008). En el capítulo 6, Storytelling de guerra, cuenta como el ejército de los EE. UU. utiliza los videojuegos para reclutar voluntarios y los simuladores virtuales para entrenamiento militar de combate. Los soldados terminan confundiendo mundo real y ficción, llevándolos en ocasiones a procesos extremos de deshumanización y falta de compasión: las víctimas ya no son reales, sino personajes de videojuegos. Con el apoyo de la industria de Hollywood se recrea el campo de batalla como un rodaje, un universo virtual en el que los soldados deben creer. Para ello solo hace falta crear un buen storytelling y una estrategia de marketing que venda esas historias: «a veces premonitorias, a veces propagandísticas».

Y he aquí que encontramos a nuestro presidente contándonos una historia en la que se autodenomina «friki», como parte de la campaña de marketing y “venta” de su ley del deporte. Pero es que un friki no es el que se sienta delante de una pantalla a jugar a lo que le dé la gana, por mucho que algunos se empeñen en verlos como adelantados del más allá entre los ignorantes que no saben lo que es el ciberdeporte. Tampoco lo es estar enganchado a Juego de Tronos o cualquier otra serie, juego de rol o videojuego. Eso es lo normal en estos días, ni bueno ni malo, allá cada uno, es lo habitual. Presumir de que tu hija de nueve años se pasaba horas viendo vídeos en Youtube, eso es otra cosa. Pero queda bien en la historia, engancha y a nadie le extraña.

Frikis son los que se empeñan en que no les tomen el pelo vendiéndoles lo bonito que es ver cómo otros ganan dinero. Los que, siendo conscientes de los beneficios de la tecnología digital, no se empeñan en ser más modernos que nadie, ni más tecnológicos, ni más pioneros que los pioneros, ni más nada de nada. Son esa parte de la juventud —nativos digitales— que ya está aburrida de tanta parafernalia digital. Lo son los mayores que no entienden que los obliguen a entenderse con un robot al otro lado de la línea, mientras un funcionario les indica: «Ahí tiene el teléfono, señora. Si no, hágalo por Internet». Lo son los ciudadanos que conocen las ventajas de estas olas digitales, pero que no quieren ser forzados a usar un ordenador para gestionar cualquier cosa que se puede solucionar fácilmente con un por favor y un gracias. Lo son los científicos que ya llevan tiempo advirtiendo de que no todo es tan bonito en Internet, en la realidad virtual. Un friki sería el que va contracorriente y al que le da igual la etiqueta que le pongan: retrógrado o prosélito del ludismo. Especialmente frikis en estos tiempos deben ser los periodistas, y escaparse del marketing, no reír las gracias a un presidente que se confiesa friki —quizá por parecer cercano y especialito al mismo tiempo, esas cosas—, porque su misión es encontrar ese resquicio de incongruencia en su discurso y hacerlo público. Lo otro es solo mercadotecnia.

Me pregunto que pasaría si algún día llega el ciberturismo como experiencia virtual, sustitutiva o complementaria a las vacaciones reales, como le pasaba a Douglas Quaid (Arnold Schwarzsenegger) en Desafío Total (Paul Verhoeven, 1990). Sería interesante ver las campañas de marketing periodístico y político anunciando la nueva ola digital inevitable que no podemos dejar pasar. Si llega ese momento, allá cada uno con sus gustos y sus gastos. Y si lo tienen que meter en alguna ley, espero que no le destinen fondos públicos. Igual, si llega ese día, podríamos ser pioneros, e idiotas —con perdón—, todo sea por seguir la pista del dinero.

 

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  • Gustavo Gil

    Las Palmas de G.C. 1965. Se licenció en Ciencias de la Información en Madrid y estudió cine en los EE.UU. y Cuba. Ha trabajado varios años como realizador y dirige la productora Conspiradores entre Madrid y Las Palmas de G.C. Cada vez tiene menos cosas y más proyectos. El último es la revista 7iM, de la que es codirector. Por lo demás, se encuentra bien, intentando trabajar lo menos posible.

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