miedo, atentados, análisis

Lo desconocido, el miedo

La secuencia de hechos siempre es la misma. Un día aparentemente normal: el ajetreo cotidiano del ir y venir de gente del lugar y de visitantes, cada uno a lo suyo. Luego sucede lo inesperado, porque nadie tiene en mente constantemente el miedo, el recuerdo de lo que ya ha sucedido en otros lugares. En pocos minutos hay muertos tendidos en las aceras, heridos, gente que huye y que auxilia. Otros se quedan a hacer fotos y grabar vídeos y luego subirlo todo a las redes. Debe ser algo intrínseco a la conducta humana: todos queremos ver, saber qué pasó, conocer la cronología de los hechos, la identidad de los autores, poco más.

La segunda fase de la secuencia consiste en hacer público el repudio. Entonces están obligados a hacerlo los representantes políticos, la prensa, los intelectuales y el público en general, cada uno con su estilo, con su información y en su lugar. Hay que tener cuidado con las palabras, los vigilantes le pueden caer encima a cualquiera que exprese su rechazo a lo ocurrido con términos no consensuados.

Al final, los discursos son intercambiables, da igual dónde y cuándo suceda, siempre que sea cercano, el mensaje siempre es el mismo: la unidad nos hará fuertes para defender nuestra forma de vida frente a la barbarie que la quiere destruir. Esto suele suceder pasadas ya unas horas, aumenta considerablemente al día siguiente.

Es al día siguiente cuando comienzan a llegar las condolencias desde otros países, la solidaridad internacional. Los medios se encargan de reflejarlo haciendo un recorrido por los titulares seleccionados de prensa occidental, rara vez llega alguna noticia desde esos países que sufren atentados casi a diario. ¿Qué pensarán allí?

Lo siguiente es el análisis, que en realidad ya ha comenzado poco tiempo después de que las autoridades confirmen que se trata de un acto terrorista de autoría yihadista. Entonces se abre la veda para los analistas. Los hay de varios tipos: los que son convocados por la televisión —vale la pena escuchar a un par de ellos— suelen repetir lo mismo un atentado tras otro; los periodistas e intelectuales, a los que se los supone bienintencionados, que aprovechan para tratar otros temas de la actualidad en editoriales y artículos: temas colaterales a la muerte de seres humanos, quizá para que no perdamos el rumbo y nos centremos en lo importante; y por último están los opinadores de la Red, con más o menos conocimiento aparente de lo que dicen.

Aparecen fotografías de los supuestos autores y muchos ya ven en ellas los rostros de la maldad y del odio —a saber cómo lo hacen—. Luego aparecen otros que citan a Arendt, la banalidad del mal, a Chomsky, a Maalouf; son los menos. Otros recuerdan que la gran mayoría (casi el 90%) de los atentados yihadistas los sufren poblaciones musulmanas. Es cierto. A otros no les importa el dato, ni siquiera que sepamos quienes apoyan a los terroristas, que hagamos negocios con ellos. Solo importan los hechos cercanos, qué acciones podemos llevar a cabo: hay que encarcelar, expulsar o lo que sea a cualquier inmigrante que no demuestre una conducta ejemplar. Aparecen los lazos negros: significan dolor.

Comienza a publicarse perfiles de las víctimas: son gente como nosotros y eso da miedo. Los medios más rápidos publican ilustraciones de homenaje, en este caso a Barcelona. Son bonitas e imaginativas, quizá también sean útiles, no lo sabemos, quizá consuelen. Llegan incluso desde otros países acompañadas con frases originales: de valentía y de apoyo a la ciudad, a las víctimas. Algunos artículistas informan de su relación con el lugar de los acontecimientos: pasearon, estudiaron o vivieron allí. Es el fin de la segunda fase, donde se consolida el propósito de hacer frente al terror y la idea de que no tenemos miedo; y da pie a la tercera.

La tercera fase comienza con el análisis más calmado y profundo —en ocasiones y en algunos medios y foros— de lo sucedido, y con el principio del olvido en la redes. Esto dura, más o menos, una semana. Luego llega el fútbol; la cara b de los que piden unidad ante el terror; el tiempo; los vídeos virales; la vida cotidiana.

Aquí termina la secuencia de los hechos, hasta que suceda algo parecido en un lugar cercano a personas con las que nos identificamos. Mientras tanto nos informaremos de un montón de cosas útiles o inútiles, a saber cuántas nos harán comprender mejor lo que está sucediendo: por qué pasa; quiénes son esos jóvenes que deciden matar y morir; qué los transforma; quiénes crearon este contexto de odio y con qué fin.

En esta última fase, a veces nos hacemos preguntas así y descubrimos que tenemos miedo al odio ajeno y al que destilamos, pero no es correcto expresarlo. Lo suyo es decir que no lo tenemos y que aceptamos el desafío unidos contra el terror. Estamos en guerra, nos dicen. Dos semanas más tarde estamos en paz, llenamos de nuevo las playas y las terrazas, disfrutamos y sufrimos nuestra libertad, cada cual según sus capacidades y su bolsillo. Luego, de nuevo a esperar.

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