ley del más fuerte, corsarios, globalización

Corsarios

Hay que ser moralmente muy pos pos pos convencionales para comprender que las víctimas de acciones corsarias son sólo “efectos colaterales”

Nicolás Melini

Para Eduardo Calvo

Si hacemos caso a lo narrado por los western estadounidenses, en el lejano oeste todo vale cuando no hay ley, y aunque la haya (Dos hombres y un destino); cuando se impone la necesidad de que alguien la haga respetar, su vida no vale gran cosa (El hombre que mató a Liberty Valance, Solo ante el peligro); y a menudo el sheriff está para defender la ley que le interesa a quien le ha puesto: esto es, aquel que tiene mucho que perder –o mucho que ganar— con la imposición de cierto orden, aunque a veces sea este mismo, con los suyos, quien más desordene (Río Bravo).

Es una cultura que parece que en Occidente hemos interiorizado hasta extremos de los que tal vez no seamos conscientes: cuando no hay ley, lo que se quiera parece válido; cuando hay ley pero débilmente defendida, diríase que subvertirla es legítimo, porque enseguida surgen candidatos a hacerlo en su propio beneficio. Incluso si hay ley y defendida con fortaleza, pero se es más fuerte que quien la defiende, parecería que no hay otra que dar una patada a la ley y hacerse uno con lo que no es suyo. Y, por si fuera poco, en cualquier caso, se diría que no existe ley que impida hacer buenos negocios.

Entre unas cosas y otras, ancho es el Mundo.

Quizá sólo se trate de distintos aspectos de lo descrito por Rousseau sobre el poder; nuestro contrato social que, depende, lo mismo sirve para el ejercicio del poder que para su perdición.

El caso es que en el lejano oeste se hacía la ley del más fuerte, y en el mundo hoy, también. Predemocráticos estamos, como en el oeste aquel y tantos otros lugares que han sido. Pero predemocráticos globalizados y deslocalizados, una combinación muy sofisticada de aquellos corsarios que las élites de las potencias enviaban a la mar para interceptar los tesoros de sus rivales, y de los cuatreros que interceptaban el ferrocarril o la diligencia –en interceptar la riqueza del otro consistió siempre la cosa— o echaban de sus tierras a los indios (La conquista del Oeste). Indios que se defendían, claro, y atacaban a los colonos (Río Grande, Centauros del desierto), como bien podríamos determinar que sucede, exactamente, con ciertos colonos contemporáneos. El cuatrero puede, además, convertirse en el perfecto mercenario (El Dorado), bien como uno de aquellos corsarios que cambiaban de bandera para camuflarse o cambiar de dueño, bien como quienes hoy pasan de ejércitos regulares a empresas de seguridad en países del Golfo. También los pistoleros acababan de Sheriff.

Hay cierta similitud entre la bandera pirata negra con calavera y la negra bandera con inscripción en árabe del Daesh, la misma voluntad de liarla parda y amedrentar en todas las direcciones, trabajando no se sabe muy bien en beneficio o con el beneplácito de quién. Hillary Clinton ha reconocido que Estados Unidos intervino en su creación; comercian con Turquía –o con “alguien” en Turquía— con el petróleo “interceptado”; y recientemente ha habido un influyente israelí que ha alzado un requerimiento a Occidente para que no los destruya, porque, según dice, la existencia del Daesh nos beneficia más que nos perjudica. “Que me aspen” –como decían los cursis traductores españoles del cine holywoodense de hace tan sólo unas décadas—, si esta nueva historia de corsarios dizque musulmanes no la pudiera haber protagonizado Burt Lancaster, El temible burlón enamorado de Eva Bartok. Bien podría haber hecho de ex miliciano checheno pasado por el adiestramiento antiterrorista de la CIA, finalmente transmutado, como es lógico y ya normal, en radical con turbante negro. Ya pasó por allí Lawrence de Arabia, otro “doble agente”, aunque quizás a su pesar.

Las “películas del oeste”, de las que comencé hablando, se encuentran en la memoria sentimental de la generación anterior a la nuestra, y es esa la generación gobernante que ha puesto en práctica el nuevo orden mundial, que hace su ley en el mundo “interceptando” y controlando y explotando las riquezas y los recursos.

Las anexiones al estilo napoleónico se hicieron pasado, quizás, con el intento fallido de Hitler. Las conquistas y repartos coloniales de territorios “vírgenes” para Europa decayeron con la pérdida de las últimas colonias españolas, y luego con el fin del colonialismo de las potencias europeas en África. “Eso es muy complicado, ya lo sabían los romanos”, habré leído en algún sitio. Pero de todo ello y el western y los corsarios y el doble espía de la Guerra Fría (y la implantación de democracias o dictaduras, por parte de Estados Unidos, a golpe de “malas ideas”) surgió este nuevo corsarismo sofisticado que nos involucra a todos, globalizadamente. Las cosas del Oeste también producían desplazados, en los indios: hoy hay millones, no de indios, de desplazados. Llevándolo un poco hasta el extremo, el niño que salía a la calle –en Estados Unidos primero— después de haber visto una del Oeste y se ponía a simular o representar tiroteos, duelos al sol y toda clase de ficticias escaramuzas, aún no sabía bien a qué quería dedicarse de mayor, pero no sería a respetar la ley, sino a violentarla, forzarla, dominarla, ponerla de su lado, actuar en su nombre.

Míralos –casi todos son hombres, claro–, de nuevo no levantan más que unos palmos del suelo, salen de casa con su revólver de plástico, el sombrero, el chaleco de skay (o lo que aquello marrón fuera), las cartucheras y las blancas paletas de sus dientes de leche, enormes, como las de Felipe, el amigo de Mafalda. Qué tíos. Qué grandes. Han conseguido seguir jugando por los restos, hasta el fin de sus días. Como Sheriff honestos no valdrían, posiblemente. No es lo mismo defender la legalidad cuando se está dispuesto a transgredir todas las normas morales —como es su caso—, que cuando se persigue la integridad. En el mundo este, ser moralmente íntegros nos puede llevar a hacernos el harakiri, porque, en verdad, cierta capacidad para el cinismo suele marcar la diferencia entre el fracaso y el éxito. Va a ser que sheriffs incorruptibles, dispuestos a dejarse la vida porque florezca la verdad, no son estos globalizados amantes del western.

Pero ojo que, según la versión que se les escucha muy de vez en cuando –no son muy locuaces en los medios, pero siempre hay un Eduardo Serra que nos lo permite vislumbrar—, el suyo es un juego tan maduro, tan inteligente y avanzado, que la gente corriente (en la que nos hemos quedado) no alcanza a comprender. Hay que poseer una mente muy avanzada para hacer lo que ellos hacen en el mundo. Hay que ser moralmente muy pos pos pos convencionales para comprender que las víctimas de sus acciones corsarias son sólo “efectos colaterales”. Se comprende que, desde nuestra convencionalidad regulona, no alcancemos a desmadejar la intrincada bola de principios morales que los mueve. Se entiende, también, que el mundo es mejor por sus acciones, a pesar de nosotros y nuestra incapacidad para comprenderlas. El mundo es mejor gracias a su corsarismo y nosotros sin darnos cuenta.

Yo no dudo que se produzcan situaciones en las que un mandatario responsable pueda verse en la tesitura de ordenar una acción que previsiblemente ocasionará víctimas inocentes; ni siquiera dudo que haya casos en los que, a pesar de las víctimas inocentes, la acción ordenada esté completamente justificada. Pero vivir ahí, instalarse ahí, reincidir ahí se parece mucho a un deporte de riesgo con víctimas ajenas y grandes beneficios para la saca.

Venga ya, no se hagan.

 

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