2017, lo que no ocurrió, noticias

Algunas cosas que no fueron noticia en 2017 y que, probablemente, tampoco lo serán en 2018

Paseamos mucho por nuestros barrios, en los que habitamos y trabajamos. Se acondicionaron con carril bici, señales de 30 kilómetros por hora, se ampliaron aceras, se ralentizó el tráfico, se plantaron árboles (esas cosas que los asesores estudiaron en sus másteres).

El poder político puso freno a los que intentan adueñarse de esos barrios, a algunas manos que acumulan apartamentos y locales, solares, edificios enteros. Los herederos de los blanqueadores de capital, la élite transformadora de lo que nunca fue suyo, de esas calles por las que hubieran sentido vergüenza en otros tiempos. Se prohibió la construcción de decorados con eslóganes para cursis y esnobs.

La intelectualidad de las islas defendió, por consenso, a una muchacha que dijo lo que dijo en uso de su libertad de expresión y de elección. Condenaron a los supuestos patriotas que dedujeron tanto mensaje oculto y tergiversado en una sola frase y, sobre todo, a los que la insultaron con un lenguaje soez, vergonzoso, y hasta con un plátano en la mano como muestra de la más rancia canariedad. Hasta los más empalagosos admiradores de nuestro habla concluyeron que la estupidez se contagia con cualquier acento.

Algunos periodistas dejaron de contar sus penas biográficas, infantiles y juveniles, de víctimas heroicas, y se abstuvieron de pontificar y descalificar, de demonizar a los opinadores no autorizados. Como ejemplo de buen criterio y sensibilidad, rechazaron seguir cobrando un sueldo de medios que les pagan, en parte, con dinero proveniente de la publicidad disfrazada de periodismo y de los anuncios de prostitución.

Llovió mucho este año. Fue noticia la aparición de la belleza en el campo y hasta en las laderas de nuestras ciudades. Hubo tanto verde que la Ley del suelo palideció, fue revocada.

Murió mucha gente este año, merecedora de mención y noticia. Otros muchos, los sin seguro privado ni apellido conocido, lo hicieron sin pasar previamente por la desolación de los pasillos de urgencias y la sala de paliativos. Murieron sin tener que pagar lo que ya les cobraron en vida: las listas de espera; la ambulancia extra, privada; la esquela del periódico; las flores; los gastos de la misa. Dejó de ser noticia el patético y desvergonzado trato que les dábamos a nuestros viejos.

Tuvimos cine. A los actores traídos de la periferia dejó de importarles un carajo adonde los mandaban a rodar, el que no estuvieran aquí, sino en Casablanca, en Atenas o en la Palestina bíblica. Salieron, con curiosidad, a nuestras calles y preguntaron qué historias hay para contar. El marketing y el storytelling hicieron el resto, y mostraron que hablamos en español, que estamos en África, a medio camino de casi nada y otros aspectos curiosos que nos caracterizan.

Los turistas llegaron como locos con ganas de conocernos. Inundaron las calles, paseando por el pasillo verde que lleva de La Isleta a Vegueta. Preguntaban por la casa de Pérez Galdós. Cercaron Casa África, intrigados por saber por qué en África hay una casa. Paraban a la gente por la calle y pedían que les indicaran un bar, de esos de barrio, donde comer algo sencillo, tomar un café, escuchar el español atlántico. Se subieron a las guaguas normales, las amarillas, que eran ecológicas, y admiraron el sentido común de utilizar el sol para desplazarnos. Caminaron por el malecón de la Avenida Marítima, plantado de plátanos, palmeras y miradores. Compraban a artesanos que exponían sus productos en locales que antes eran solo tiendas de ropa de marca (made in Thailand). Preguntaban por la ruta de Panero, quién fue Padorno, dónde está el Museo Néstor, la historia de los conquistadores, de los aborígenes.

Se celebraron varias consultas ciudadanas. Una de las más curiosas fue sobre la conveniencia de regalar suelo público a empresas privadas por el bien de todos. El resultado fue un No rotundo. Otra tuvo que ver con los malos aires que respiramos sin producirlos ni fumarlos. Se decidió no prohibir tanto, sino peatonalizar más calles, reducir la velocidad del tráfico (más en sintonía con nuestro andar) y, de paso, el ruido y el dióxido de carbono. Un ciudadano escuchó el cantar de un pájaro a media mañana.

Los corredores decidieron, por mayoría casi absoluta, dejar de pagar para participar en carreras etiquetadas como populares, patrocinadas por empresas privadas, trabajadas por voluntarios y policías en sus horas extra. Decidieron no correr más hasta que se pudiera hacer por toda la ciudad de forma natural, sin tener que cortar el tráfico, sin música escandalosa, sin luces de colores, ni competición, ni premios.

Una comisión de especialistas y ciudadanos fue constituida con el fin de aclarar la relación entre los millones de visitantes que tenemos cada año, el dinero que dejan, los trabajos creados y la calidad de los mismos, los beneficios particulares y públicos del negocio. Se aclaró, por fin, a quien pertenece el campo, la playa, el sol, el mar, las carreteras, los aeropuertos; quien paga su conservación. Se estableció una fórmula de reparto de beneficios justa.

Un grupo formado por deportistas, políticos, empresarios, educadores y periodistas aclaró por fin de qué hablan cuando hablan de valores del deporte y de la transmisión de los mismos a los niños. Otro grupo formado por ciudadanos (donde también había deportistas, empresarios, etc.) hizo algunas preguntas al respecto. La conclusión fue demoledora cuando un vendedor de valores gritó, algo enfadado: Es la economía, idiota.

Celebramos que no hubo ninguna víctima de violencia de género. La igualdad de salarios entre mujeres y hombres se reflejó de forma efectiva en las nóminas. El término conciliación familiar y laboral dejó de existir por considerarse natural y necesario para el desarrollo de la sociedad.

La Educación pasó a ser el punto prioritario en la agenda política, por lo que el gobierno cedió la cartera de Educación a una comisión independiente de profesionales en el campo de la docencia, psicología, filosofía y neurociencia. El plan educativo dejó de depender del resultado de unas nuevas elecciones.

Varios milagros tuvieron lugar durante 2017. La previsión para 2018 es optimista.

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Fotografía de Araceli Arnáiz.

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  • Revista 7iM

    Comenzamos a tramar esta locura hace un año, animados por un puñado de amigos que nos susurraban al oído que la idea era buena, que el propósito era exagerado pero fascinante, que por lo menos diéramos el paso y que luego ya veríamos; que a veces las aves milenarias se dejan ver.

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