Mario de los Santos, Noche que te vas, dame la mano, Novela

La noche se nos va, le pedimos que se quede

Cuatro personajes contando «su propio rollo» con el crimen en un convento como telón de fondo. Cuatro personajes que dejan de servirse a sí mismos y en el camino descubren la posibilidad de redención en una canción de Los Suaves. Noche que te vas, dame la mano, uno de los versos, es el título de la historia que el escritor Mario de los Santos quiso narrar. Aquí las cavilaciones en torno a esta novela-túnel de la que no se sabe cómo vas a salir.

[ANTES]

«Nos vemos por allí», mensaje que cerró el acuerdo para quedar aquella tarde. «Nos vemos por allí», expresión escueta que, aunque podría significar muchos lugares: las afueras de la librería Burma, algún rincón de la Calle Ave María o quizás un tropezón en cualquier esquina de Lavapiés, no supuso confusión para ninguna de las partes. A pesar de que es una cita casi a ciegas, no resulta difícil encontrarlo: Mario de los Santos, cerveza en mano, habla y ríe junto a sus amigos Carlos Castán y Virginia Barbancho en la tienda de Ultramarinos. Haciendo tiempo antes de la presentación, sube el volumen de su canción.

Antes de entrar en este bar en el que se originan distintos tratados, me detengo frente al cartel incrustado justo encima de la puerta: «La vida tiene sentidos». Más que un anuncio con ínfulas inspiracionales, es la epifanía de lo que dentro de poco sucederá: la conversación alrededor de un libro que explora temas ineludibles a la condición humana, gestado a lo largo de diez años, entre idas y vueltas, a ratos en el ordenador, pero concebido y diseñado cada una de sus cuatro partes en una hoja de Excel; manía que deja en evidencia a un hombre meticuloso para quien los procedimientos son importantes.

Mario de los Santos, químico de profesión, conoce el método, que también arte, del ensayo y error, y asegura que, si bien a veces se siente un intruso en el «mundillo literario», no ve ninguna diferencia entre la química y la literatura, pues es igual de cuadriculado y metódico tanto en la ciencia como en la escritura. Este libro es la «tortilla» que cuajó luego de distintos experimentos. Entre ellos: enviar el manuscrito a varios concursos y editoriales a ver qué pasaba, quedando finalista en dos de ellos, y más adelante recibir una llamada de Paco Robles, de Candaya, preguntando por un tal Mikel Santabarbara, a quien estuvo a punto de negar rotundamente, olvidando que éste había sido el seudónimo elegido para la prueba.

En medio de esta anécdota que revela cierto desapego a las formalidades, reconozco que la advertencia antes de encontrarnos fue bastante certera: «Una vez superado el pudor, tengo carrete largo». Mario de los Santos, dando rienda suelta a su lengua, se explaya durante estos minutos a contar los detalles que envuelven Noche que te vas, dame la mano, pero la cháchara no puede ser eterna. Al ver el reloj, nos percatamos de que es hora de movernos para sumergirnos en el espacio sentimental de una novela en la que se reúnen «vidas que no se saben vivir».

Mario de los Santos, Noche que te vas, dame la mano, Novela
Todo listo para la presemtación de “Noche que te vas, dame la mano”. Foto:María Laura Padrón

[DURANTE]

— Bueno, y esa novela en la que andas, ¿de qué va?

— Yo es que no sabría explicarte, tiene muchas cosas.

Hace varios años, los escritores Carlos Castán y Mario de los Santos, paseando por las estrechas calles de El Tubo, en Zaragoza, conversaban acerca de un libro que todavía se estaba escribiendo. La recreación de ese momento es el arranque del diálogo en torno a Noche que te vas, dame la mano. En esta ocasión, sin embargo, no se trata de una obra inconclusa, sino palpable, y que es la excusa para que un filósofo y un químico ¿desvaríen?, a conciencia, acerca del dolor y las causas perdidas, del amor y una maraña de sentimientos. Ese «de qué va», «de qué trata» que Mario no supo desmenuzar en aquella ocasión, es el que Carlos, poco a poco, contará a lo largo de este encuentro.

Para desenmarañar los entresijos de una historia que es complicado definir desde sus inicios, traza un mapa de la obra y apenas deja pistas de lo que sucede. Partiendo de una afirmación relacionada a la literatura que se publica en la actualidad: libros de autoficción, testimoniales, confesionales; títulos que favorecen el intimismo, la introspección, refiere que Mario, a pesar de emplear distintas voces, logró una novela incluso más intimista que quienes persiguen este objetivo. «Una novela compleja, comprometida con la belleza, que si bien se lee con muchísima facilidad, es ágil y divertida, tiene detrás todo un ejercicio de cierta dificultad. De hecho, hace muchos años que no leía una novela tan novela, que cumple con lo que uno espera de los ejemplares más característicos del género».

Mario de los Santos, Noche que te vas, dame la mano, Novela
El libro que no aguarda a ser leído. Foto: María Laura Padrón.

Más allá de los aspectos relacionados con la composición, la estructura y el estilo, Carlos se afinca en destacar cómo desde la primera parte se marca un escenario, no solo el espacio físico, sino el paisaje moral corroído con la corrupción y los tejemanejes que ocurren dentro de un convento, y que son el caldo de cultivo en el que más adelante se mueven los personajes. «Es presentar el tablero incluso antes de que comience la partida. Quedan presentados los personajes pero también el mundo. Luego, en las otras tres partes, salimos a la calle, respiramos de otra manera».

Un inicio asistido desde una voz que narra en presente y emplea frases cortas, una voz que usualmente está relacionada a la ciudad, a la velocidad, a una especie de «realismo sucio», y que en este libro choca con el ambiente, el aire y la luz de una atmósfera casi medieval. «Parece que la temática no  pega con el lenguaje que se utiliza, porque éste se asocia a otro tipo de temáticas y de situaciones. Sin embargo, la combinación a mí me parece perfecta. Aplicado al convento, me ha parecido que funciona muy bien, un verdadero hallazgo. Yo no sé si eso tú lo tenías totalmente pensado…».

«Absolutamente —salta Mario— Los que me conocen saben que eso estaba en la hoja de Excel. Era mi intención tener a un narrador muy cercano, muy Capote, muy realismo sucio. Este es un libro tramposo: empiezas a leerlo y encuentras mucha música de novela negra, un cierto tono de intriga que se usa en las primeras partes, pero desde la página dos sabes quién y qué ha hecho. Luego, están cuatro personajes contando su propio rollo, a quienes una serie de crímenes les influye pero no más que el resto de vida que siguen llevando».

Noche que te vas, dame la mano un libro que no revela una gran trama negra, sino que más bien este género es el nexo común de cuatro personajes que no se sirven a sí mismos, desde la perspectiva de que la propia vida es una herramienta de los deseos de cada uno. «Muchas veces nos damos cuenta de que lo que somos no nos sirve para ese anhelo que queremos cumplir y cuando eso pasa puedes cambiar la herramienta para darle otra función o abandonarla. Eso es precisamente lo que les sucede a estos personajes, la gran pregunta es qué hacer con ellos mismos cuando no se sirven para lo que quieren ser».

Carlos: La trama negra es lo que los une a servicio de la novela pero también los une el dolor vivido de diferentes formas y claro, al final, la suma de todas ellas acaba dando un compendio, un catálogo de las diferentes amarguras que pueden acompañar a un ser humano. En la primera parte se presenta la tragedia y el dolor de forma más desgarrada, macabra, exacerbada y luego, también he visto que se va haciendo más introspectiva a medida que avanza. Es decir, empiezas leyendo una cosa y de una manera muy gradual, muy sutil, terminas leyendo otra, es un viaje desde la objetividad, propiciada por el lenguaje del realismo, hacia los monólogos interiores, recuentos, revisiones de vida.

Mario: Cada personaje tiene un narrador y al final el último narrador es una persona que no se sirve a sí mismo para nada, solo para comer, respirar e ir al baño. Es la que le da más vueltas a los pensamientos. Los otros tienen un dolor muy claro, con metáforas concretas, éste le da vueltas a la mierda completamente. Una forma de marcar eso está la relación de su lenguaje con lo lírico, con lo irracional.

Carlos: Sí, porque entre los personajes el nexo común es el dolor y luego las canciones de un grupo de música, que además de volverse contagiosas, son un testigo que se van pasando unos a otros, como una insignia de dolor o de amargura.

Mario: Los Suaves es un testigo muy preciso que antes no estaba en la novela. Cuando estaba escribiendo, con mi hoja Excel enfrente, columnas por un lado, curva de tensión por otro, tenía la música en modo aleatorio y apareció esa canción Si yo fuera Dios y se me quedó el estribillo «Noche que te vas, dame la mano». Este grupo, de Ourense, es un rock duro, urbano, y todas sus canciones son terriblemente melancólicas y pesimistas. El tono sentimental de esa canción era el que yo quería darle a los personajes, porque aparece en el momento en el que todos buscan cambiar, modificar la herramienta. Siempre que llega Los Suaves, para ellos supone un inicio de redención. Entonces la música no solo es un testigo, significa un punto de inflexión en sus vidas.

Carlos: Confieso que nunca había escuchado Los Suaves salvo por su versión de Palabras para Julia, el poema de José Agustín Goytisolo. Pero estos días los he puesto a sonar y resumiría toda la experiencia de la novela en un verso de una de las canciones: «Los sueños que se pierden por los desagües», una sensación que es el denominador común de los personajes. Había muchos versos para elegir, pero entre todos me interesaba cómo el dolor en las canciones que se pasan genera más dolor. Es el dolor que provocan los doloridos, el daño que pueden hacer los dañados. Aunque para hacer daño no es una justificación el que estés dañado, ni para causar dolor, el que lo sientas.

Mario: Al final, el calor y el frío en un mismo cuerpo son dos espacios de intercambio energético. Cuando pones en contacto agua caliente y fría la temperatura va a ser intermedia. Lo mismo pasa con el dolor y la alegría si la percibes por comparación, porque recibes lo que no tienes. El dolor y la felicidad se transmiten de esta manera como otras polaridades. No es más que un intercambio termodinámico que podría ser medido si encontráramos las variables que lo permitieran. Dentro de esa perspectiva, para mí es claro que el dolor engendra dolor y me resulta muy curioso que, igual que con el frío y el calor, no me molesta la temperatura intermedia…

Carlos: En este libro, también, se habla de aquello que iba a ser y no fue, de las proyecciones de lo que queríamos. Por ejemplo, el hombre que mira por el patio del colegio y no puede evitar jugar un poco a pensar a qué se va a dedicar; y la mujer que se está enfrentando a la inminencia de la muerte pensando si hizo lo que quería hacer o no.

Mario: La idea era ver dónde se quedaron los personajes, dónde nos quedamos cada uno. Tú vas viviendo y cada vez más cuesta ir tirando pa’ delante porque tienes cosas, lugares, personas, donde te puedes ir quedando. Esto es como un río que tiene muchas piedras y tú, que eres agua, tienes que ir encontrando el camino pero te vas quedando empantanado.

Carlos: Como científico ves a los humanos como un compendio de elementos, pero al mismo tiempo muestras que por debajo de todo eso hay una sustancia viscosa que es el auténtico yo, que son las historias que nos contamos, una especie de relato interior que también tiene mucho peligro, porque esas historias, si no nos las creemos, terminan causando dolor. Todos tenemos un relato interior en el que todo tiene un sentido y las crisis se producen cuando te dejas de creer, cuando te demuestras de golpe, de una forma traumática, que los proyectos, que las vísperas, son mejores que las realizaciones…

Mario: Bueno, yo no puedo ser optimista, después de millones de años se descubrió que la primera tabla escrita, posiblemente no era más que notas del debe y haber. Por eso, cuando me preguntan a quién me gustaría conocer, respondo que al primero que inventó algo, a ese que desde la desconfianza, fue capaz de nombrar cosas que no existen. Como siempre, la realidad sobrepasa las cosas que inventas, todas las que están aquí son reales.

Mario de los Santos, Noche que te vas, dame la mano, Novela
La conversacion en torno al libro continuó después de la presentación. Foto: María Laura Padrón.

[DESPUÉS]

La noche se nos va, se nos fue, así que le pedimos que se quede. La súplica es escuchada, extendemos el encuentro a la mañana siguiente y nos volvemos a reunir en Lavapiés, esta vez en el bar Juan Raro. Es la hora típica de «los vermús», pero algunos optamos por la cerveza. Virginia y Carlos aprovechan el tiempo junto a Mario (y viceversa) para caminar, conversar, saborear Madrid antes de que éste regrese a Zaragoza. Los protagonistas me hacen un hueco en su mesa e irrumpo en la escena para continuar el ejercicio de darle la vuelta a los tantos sentidos de la vida hallados en Noche que te vas, dame la mano.

Es oportuno, entonces, hurgar en el significado del título de la novela. Sí, es cierto que es un verso de Algo, poema de la argentina Alejandra Pizarnik y el estribillo de la canción del grupo Los Suaves, pero… ¿qué tal si elucubramos acerca de la sensación que nos deja en el cuerpo esa frase que suena a petición, a ruego?

Mario: Cuando empezó a sonar esa canción, le di volumen y estuve como seis o siete horas escuchándola en bucle, con la sensación de que me decía: «Estoy hecha para esta novela». Yo que creo que Noche que te vas, dame la mano, más allá de la literalidad es como un espacio de vida. Es ese sácame de aquí, que alguien me dé un empujón, que me mueva, que me arrastre.

Carlos: Puede tener significados contrarios. Uno es que si tú entiendes la noche como algo positivo, que es donde ocurren las cosas que te divierten, luego verás que el día siguiente es trabajo, rutina y a esa noche que se va le pides: «Llévame contigo». El otro es sencillamente como una petición de muerte. En un sentido negativo, cuando la noche desaparece te puedes imaginar a dónde va pero sabes que no volverá, sino que vuelve otra. Así que, en ese momento, le pides irte con ella.

Mario: Yo creo que tiene más relación con la segunda. Para mí es más un: «Sácame de aquí. Guíame, llévame». Decía Dylan en la canción Mr. Tambourine Man: «Llévame contigo donde quieras». Cualquier cosa va a ser mejor que esta, aunque quizás no sea verdad.

Virginia: ¿Y no sería algo así como que no quieres que llegue el día?

La pregunta de Virginia abre una nueva posibilidad. Nos miramos unos a otros y decidimos leer el poema de Alejandra Pizarnik a ver si nos ofrece una pista que nos aclare un poco: «Noche que te vas / dame la mano / obra de ángel bullente / los días se suicidan /¿por qué? / noche que te vas / buenas noches». Quedamos prácticamente igual, así que retomamos la idea del desprecio que para algunos supone la aparición de un nuevo día.

Mario de los Santos, Noche que te vas, dame la mano, Novela
Mario de los Santos cuenta sus experiencias con la música de Los Suaves. Foto: María Laura Padrón.

—No querer que llegue el día, a pesar de que muchas veces asociamos la noche, la oscuridad literal, con cosas negativas…

Mario: Aunque en los lados oscuros ocurren las cosas que menos puedes ver, el espacio donde menos ves y más ciego te quedas es la nieve, es la pura luz lo que te deja ciego. En la oscuridad hay otras mutaciones, pero puedes acostumbrarte a ella. En cambio, la luz te ciega y directamente no ves nada, no hay posibilidad de imaginar. En El pozo y el péndulo, de Edgar Allan Poe, él precisamente empieza a distribuir su mundo a través de no ver.

Carlos: En la oscuridad te puedes imaginar que hay cosas maravillosas que no puedes ver, pero cuando está todo iluminado tienes la certeza de que en verdad no hay nada. Es más parecido a la muerte que la misma oscuridad. Porque a lo mejor en la oscuridad, tanteando, puedes encontrarte algo que te guste. La noche es un tramo de tiempo, y se supone que si la noche se va, el lugar también se ha ido, todo ha terminado.

Mario: Yo como tal lo entiendo. Además, a estos personajes no les importa morir, tampoco es que sepan cómo vivir.

Virginia: Yo de ese título lo que veo es el miedo a la permanencia al día.

Mario: En el personaje que escucha esa canción sí que hay un miedo al día. Es el que menos se enfrenta a ese «no servirse». Está siempre mirando para atrás porque no puede conseguirse a sí mismo.

Cierto, ahora que lo mencionas, ¿cómo es que estos personajes dejan de servirse a sí mismos? ¿Qué implica reconocer que dejas de ser útil?

Mario: Esas situaciones son muy desesperantes porque tienes que volverte una herramienta útil para lo que querías ser. Cuando tú ya no te sirves a ti mismo, cuando lo que construiste durante años no se adapta a lo que quieres ser, es el desprendimiento de un yo, de un pasado, de una situación en la que reprochas todo lo que hiciste. A mí me sirvió mucho esa imagen: «Ya no me sirvo a mí mismo». Es duro.

—El sentido utilitario de las cosas, pero también de las personas…

Mario: Yo te conozco a ti porque me vas a hacer una reseña. Conocí a Virginia porque quería que escribiese para la editorial, conocí a Carlos porque queríamos publicarle un libro. Si yo no tengo ninguna necesidad no me muevo, mi interacción con la gente viene dada de la necesidad. Pero eso no es malo, el problema es cuando idealizamos eso, cuando nos imaginamos los conceptos como algo puro y no traspasados por lo que el ser humano es.

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Carlos, Virginia y Mario preguntándose acerca de “La noche que se va…” Foto: María Laura Padrón

Si fuera Dios, dicen Los Suaves… Cuando las personas agotan sus estrategias vitales de supervivencia tienen que probar otras, pero ¿y si tú fueras Dios?

Mario: Si fuera Dios sería muy aburrido porque realmente no tendría que hacer nada, tendría a la disposición todas las herramientas de supervivencia, no habría posibilidad de sobrevivir o no sobrevivir. De hecho, la canción lo plantea muy bien, estarías aburrido, porque ¿qué reto te supone? Es obvio que Dios pide a todos que lo alaben porque… ¿Qué más le queda esperar a ese «hombre» con todas las capacidades posibles a su alcance?

Virginia: Si Dios fuera un personaje mío, su reto de supervivencia sería que la gente siguiera teniendo fe en él. Para sobrevivir, Dios lo que necesita es que la gente siga creyendo. El talón de Aquiles de cualquier dios, su muerte, es la desaparición de la fe.

Mario: Es que Dios se busca el lío del libre albedrío porque si no todo lo controlaría él y sería muy aburrido. Como un videojuego en el que te sabes todos los trucos entonces te lo pasas siempre. O tienes algo que no controlas o no esperas nada más. Imagínate un ser que vive sin sorprenderse ni nada. La capacidad de sorpresa de Dios tiene que ser nula.

Aunque quisiéramos, no podemos prolongar más la noche. Con la vida un tanto revuelta, pensando en la omnipotencia, en la omnipresencia y en la omnisciencia —nada envidiables— de Dios, me marcho a casa, convencida de que mi capacidad de sorpresa sí que está intacta. Recuerdo el cartel que vi el día anterior: «La vida tiene sentidos», y las letras pequeñas que aparecían debajo: «Beber, comer, observar». Si de encontrarle un sentido a la vida se trata, me quedo con el de observar, que es también hurgar en esa «sustancia viscosa» que somos, que son nuestras historias, las historias que contamos.

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  • María Laura Padrón

    Valencia, Venezuela, 1992. Transeúnte y periodista. En la búsqueda permanente de las historias detrás de los rostros, gestos, pisadas. Haciendo malabares en este mundo circense, en el que aspira jamás perder la capacidad de asombro ante lo que, en apariencia, resulta nimio. Su trabajo periodístico ha sido publicado en los diarios venezolanos El Nacional y Notitarde y en la revista digital Clímax. En España, en El Plural y Diario16 y en la revista penúltiMa.

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