Macu, crónicas de la calle

El valor del cobre

Macu en las calles

La veo de lejos y me apresuro a buscar alguna moneda en mi cartera. Me llama la atención su indumentaria y sobre todo su aspecto. Viste ropa limpia y conjuntada, luce un peinado que le favorece y hasta se ha maquillado los ojos y pintado los labios. Se acerca a mi mesa tranquila, sonriente.

Se llama Macu y siempre la he visto pidiendo en las calles del centro, entre Triana y Vegueta. Me saluda cordialmente. Me alegra verla, porque hacía tiempo que no coincidíamos y me temía lo peor. Enseguida me cuenta que está en un “centro”. Lleva dos semanas y ya ha engordado cuatro kilos. Lo dice con asombro, porque ella es la primera sorprendida de su rápida mejoría en tan poco tiempo. Jura que no va a volver a la calle, que se ha dado cuenta del agujero en el que se había metido y que ahora que está viendo la luz no piensa caer de nuevo. Mira al cielo y se santigua agradecida. Le pregunto entonces por qué sigue pidiendo y responde que de algo tiene que vivir. Al fin y al cabo en el centro le dan cama y desayuno, sin embargo las comidas se las tiene que proporcionar ella misma, explica. No me doy por satisfecha con la respuesta, pero quiero creer en ella. Necesito creer que Macu se va a rehabilitar, aunque sospecho que no va a ser así. Le doy la moneda e insiste en que es para comer, que desde que entró en el centro no prueba una gota de alcohol y acto seguido, sin pausa, comienza a dar detalles del infierno que fueron los primeros días. El mono la tenía llena de dolores, salía al patio a dar puñetazos a las paredes buscando desahogo. Por eso dice que no quiere volver a pasar por una experiencia que no desea ni a su peor enemigo y me va detallando su nueva rutina. Ahora ayuda a otras a salir de la droga. Las va convenciendo explicándoles su calvario. Sus ojos brillan. Hasta las empleadas están contentas con ella porque es muy trabajadora, subraya. Limpia el comedor y la cocina. Además, prepara la mesa para el desayuno. Macu extiende el brazo hacia la derecha y señala con el dedo el Puente de Palo. «Para allá no voy más», refiriéndose al Polígono de San Cristóbal adonde se llega en la dirección que ha indicado, adonde van todos a comprar lo que quiera que se meten con el dinero que consiguen recolectar.

Es difícil adivinar la edad de Macu porque apenas tiene dientes y el rostro marcado por un sin fin de arrugas, pero diría que no llega a los 45 años. Es menuda. Calculo que no pasa del metro y medio, con el pelo rojo por encima de los hombros. Es educada y su lenguaje correcto, así que creo que fue a la escuela e incluso que terminó algún curso de bachiller. Pero esto no es mas que una apreciación subjetiva. Siempre está sola. Únicamente la vi una vez acompañada de un hombre que también frecuenta la zona señorial de la ciudad. Los dos iban a toda prisa por la calle Reyes Católicos hacia el polígono. No sé qué tipo de droga consume y nunca la he visto con el mono ni colocada. Alguna que otra vez me la he tropezado con una lata de cerveza en la mano caminando a paso ligero. Es la única droga que le he visto tomar.

A Macu la conozco desde hace años, aunque fue hace cinco cuando empezamos a entablar conversación. De aquellas recuerdo que pedía con cara lastimera al borde del llanto “monedas de cobre” a quien le negaba la limosna en el primer intento. Entonces conseguía, para su satisfacción, que alguno volviera a buscar en los bolsillos y sacara unos cuantos céntimos. Su estrategia de sustituir la palabra “dinero” por “monedas pequeñitas de cobre” activaba no se qué efecto psicológico en la gente.

Una vez la vi con un bolso de tela colgado del hombro y un par de cachorros en su interior. Me interesé por ellos y rápidamente me contó que su perra se había escapado de casa y había vuelto preñada. Ni siquiera sabía que tenía perro, ni que tenía casa. Hasta ese momento nunca me había preguntado dónde dormía Macu. Entonces me explicó que vivía en una casa en el barrio de El Batán y recordé que alguna vez nos tropezamos cuando ella subía las escaleras de Primero de Mayo que conducen a la parte más deprimida del barrio. Semanas después nos volvimos a encontrar y en esa ocasión iba solo con uno de los dos cachorros. El otro lo había regalado, porque «no podía con tres perros», así que se quedó con la madre y una cría. Yo le daba golosinas de mi perra cuando las llevaba encima. El cachorro crecía rápidamente y pronto empezó a pasearlo con correa. Macu iba de acá para allá con su nuevo compañero al que le hablaba continuamente. «Ven aquí. Hazme caso. Ahora te doy de comer. No vayas tan rápido». Meses después deambulaba de nuevo sola, sin el perro. Macu, incansable parlanchina, no quiso entrar en detalles y lo resumió en un frase: «Se murieron».

El caso es que ella siempre tenía alguna historia que contar. Recuerdo el día en que andaba a paso lento con una mano en el costado derecho. Al parecer, había salido de su casa de madrugada a comprar leche porque tenía hambre. Cuando iba bajando las escaleras de Primero de Mayo hacia la tienda de la gasolinera de la esquina con Bravo Murillo, tres hombres se cruzaron en su camino y le dieron una paliza. Por fortuna, en aquel instante un taxista que hacía el turno se percató de lo que ocurría. Los gamberros huyeron y el amable conductor la acercó hasta un hospital donde le hicieron radiografías. Macu se levantó la camisa y me enseñó el vendaje. El resultado de aquel infortunio fueron tres costillas rotas. No interpuso denuncia porque dice que estaba todo oscuro y fue incapaz de describir a los asaltantes.

La última vez que vi a Macu me encontró sentada en una terraza incluida en su ruta diaria. Se acercó a la mesa con tiento porque sabía que mi perra iba a soltar algún que otro ladrido de entrada. Hablaba como de costumbre, con un tono nasal, alargando las últimas sílabas de cada palabra, dejando asomar una sonrisa. Sus manitas pequeñas, las palmas juntas y hacia arriba. Las uñas negras. Estaba desaliñada y la pregunta fue obligada.

—¿Qué pasó, Macu?

—Que me echaron del centro.

—¿Qué hiciste?

—Me peleé con una.

—¿Estás bien?

—Tengo leucemia y la próxima semana me van a hacer unas pruebas.

Macu me dio las gracias cuando le entregué una moneda que no era de cobre. Nunca le di monedas de cobre. Siguió pidiendo por las otras mesas. Luego cruzó el Puente de Palo hacia el Polígono de San Cristóbal.

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