Voix Vives Toledo: a retazos

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Voix Vives Toledo: a retazos

Una vez más Toledo se convirtió en “la ciudad de la poesía” durante un fin de semana entero. Entre las calles, plazas y museos del casco histórico se vivió el Festival Internacional de Poesía Voix Vives, donde los principales poetas de un lado y otro del Mediterráneo, participaron en múltiples propuestas que llenaron el lugar de versos. Las alternativas, para disfrutar, eran diversas. Aquí solo narramos algunos fragmentos.

I

“Perdone, señor, señora, ¿ha visto usted un pedacito de mí?”; o como dice el escritor Mario de los Santos: “El lado bueno de perder una parte de uno mismo, es la posibilidad de tener que hacer otras. Por suerte, eso no se agota”. Reconstruir la experiencia del Festival Voix Vives implica salir de mí para ayudarme a encontrar los trozos que quedaron regados en la tierra, recogerlos y armarlos sorteando los fallos de la memoria. Estas líneas son el canto a una serie de acontecimientos que sucedieron durante aquellas horas, entre ellas, el extravío y reaparición de mi cuaderno de notas: esa parte atada a mí, donde a cada tanto dejaba grabada una imagen.

Todo empezó cuando me enteré del Festival Voix Vives por un estado de Facebook del poeta peruano Giovanni Collazos. Él, junto a otros poetas, recibió la invitación de sumarse a la versión en Toledo de un evento que se celebró en otras ciudades de Francia, Italia y Palestina durante el verano del año pasado. En seguida, sin detenerme en los detalles, hago planes y llegado el día, movida por la cosquilla en el estómago de “conocer Toledo” de otra manera, tal como me lo confirmó luego una de las organizadoras del encuentro, tomo mi bolso, libreta y bolígrafo, para enrumbarme hacia la ruta Guadalajara-Madrid-Toledo, un autobús tras otro.

El viaje es corto. Intento leer un libro que llevo conmigo, pero realmente me quedo mirando el paisaje que me resulta apaciguador. Al llegar, me siento tan pequeña que no hallo por donde arrancar. Toledo, desde tierra, desde abajo, es majestuosa. Cruzo una calle, me devuelvo; cruzo de nuevo, merodeo por una pequeña colina, retomo la vía principal y parece que desde entonces empiezo a esparcirme por cada lugar, a reconocerlo, a incrustrarme en él. En esta oportunidad no opto por las escaleras eléctricas que te dejan en el Casco Histórico, sino que me decanto por subir las cuestas, a pleno mediodía, el sol quemándome, como parte esencial del camino.

Festival de Poesía Vox Vives

Mientras avanzo recuerdo un fragmento de Las Posesiones, novela de la escritora y periodista Llucia Ramis que me acompaña durante estos días, en la que define a su padre como alguien que no quiere que nada se le escape, y me reconozco con esa misma necesidad de repasar los sitios, de mirarlos con detenimiento. Así, me paseo por callejones estrechos, descubriendo puertas peculiares, estructuras que se mantienen, que luchan con quedarse y que se empeñan en ¿ser parte?

Continúo, y me percato de que prácticamente ando sin ningún plan. Es decir, llevo el programa a la mano (en el móvil), pero no sé bien con qué me voy a encontrar, a dónde tengo que ir. Imagino que en unos minutos estaré zarandeando de un lugar a otro, tratando de burlar mi defectuoso sentido de la orientación, temiendo perderme las actividades del festival, porque para eso estoy aquí ¿o no? Aunque el tiempo corre, todavía queda día para disfrutar de las propuestas poéticas: En esta edición son 26 los poetas invitados, de hasta 16 países diferentes, hablando en diez lenguas distintas.

Festival de Poesía Vox Vives

Pensando en ello tropiezo con la Plaza Zocodover: ese sitio donde las personas se detienen, sea para descansar de la caminata que les aguarda o para reponer fuerzas luego de un paseo por el centro: lo cierto es que hay muchísima gente, unos comiendo, otros bebiendo, haciendo fotos o preguntando por alguna ruta turística. Entre tanto, algo curioso resalta: unas aves que cuelgan de los árboles me ofrecen poemas, revelándome que allí comienza todo: “Ya no es tiempo / de renuncias / es hora / de elecciones”, leo en el pecho colorido de una de las figuras. El verso pertenece a Luis Vea García y, como el de todos los demás que observo, está sellado bajo Militancia Poética.

Al contemplarlos, escucho a mi cuerpo: tengo sed. Sigo serpenteando, buscando un refugio momentáneo hasta que consigo el bar La Bóveda. Un cartel pegado en la puerta avisa que, en efecto, parte de la ciudad está volcada a vivir el festival. “La plaza la llenaron de pájaros con poemas”, comenta el hombre detrás de la barra. Una caña, reviso con detenimiento la programación; dos cañas, pregunto qué tan lejos están los puntos de encuentro; tres cañas, con las actividades de mi interés anotadas en la libreta, salgo con la intención de vivir la Lectura intimista en el Hammam, en los baños árabes Medina Mudéjar, donde recitaban las poetas Carla Badillo Coronado (Ecuador) y Eva Gallud (España).

II

Cuando me dispongo a ir, coincido con Giovanni, quien me cuenta que para participar es necesario un bañador. Tras la búsqueda infructuosa de un traje de baño y sin ninguna posibilidad de estar en las condiciones adecuadas, opto por aventurarme en el Bus Poético Joven. Justo en la parada de Zocodover, “la poesía se sube al bus contigo” en una lectura amenizada por los jóvenes voluntarios en el trayecto hacia el Castillo de San Servando.

Festival de Poesía Vox Vives

Dentro del autobús me fijo en que los vidrios están marcados con varios poemas. Me cautiva uno de Eva Gallud: “No sé quién es tu caballo / pero el mío me sonríe casi nunca / solo antes de morderme la mano. No sé quién soy ni si mi caballo sabe / que es mío porque come en otro establo / pero duerme con su cabeza / reposando sobre el heno de mis muslos / hasta cuando no duerme”.

En el recorrido, una de las voluntarias recita algunos poemas de Poesía para niñas bien, de Txus García, y entrega a todos los que vamos a bordo unas tarjetas con versos de los poetas que participan en el festival. Entre tanto, converso con Charo y Fernando, que me comentan que es segunda vez que asisten a este evento y que prepararon este viaje de fin de semana a Toledo para disfrutarlo en exclusiva. Martha, a quien también acabo de conocer, me dice: “Toda la vida viviendo en Toledo y es primera vez que vengo”.

Los pasajeros, todavía emocionados, nos bajamos. Estamos en el Castillo de San Servando, escenario de El bosque de las hamacas colgadas entre los árboles que, acercándose el final de la tarde, nos cubren con su sombra. Allí, todos permanecemos recostados, cubriéndonos el rostro con mochilas o sombreros, aplacando el calor con abanicos, pero con los oídos concentrados en las lecturas. Es hora de la Siesta de sonidos y palabras, guiada por Jordi Doce (España), Theoni Kotini (Grecia), Habib Tengour (Argelia). Presenta Isaac Alonso y el músico Sebastián Lorca aporta ritmos con su chelo. Cada poeta recita en su lengua original y pienso en la belleza de no entender, en la universalidad de la poesía, en cómo el sonido de las palabras es lo que nos mueve. Escucharlos desde la hamaca, el cuerpo inestable, tambaleándose, a veces temiendo caer, a veces relajada, entregada al movimiento, instante en el que olvido que estoy de paso, que no soy de este paisaje.

Festival de Poesía Vox Vives

Retornamos al “corazón del festival” y cada quien se dispersa. Voy hacia la Plaza de la Poesía y el Arte Modesto, donde editores, artesanos y las libreros de la ciudad conviven en una gran carpa en el centro de la plaza con actividades multidisciplinarias. Impresionada, de nuevo, por la imponente arquitectura de la Catedral de Toledo, leo la frase “el arte no muerde” en una camiseta que viste un maniquí y empiezo a merodear cerca del toldo. Allí, el poeta Jaime Lorente me cuenta que durante la tarde se llevó a cabo un taller de introducción e iniciación al haiku, donde los participantes, aunque al principio podía resultarles extraña esta forma de poesía, escribieron y plasmaron sus creaciones en los maniquíes que, a modo de lienzo en blanco, estaban dispuestos en ese espacio llamado ¡Expres-Arte!

 Jaime, oriundo de Toledo, manifestó sentirse contento de compartir en su tierra la experiencia personal con el haiku. Él, que es profesor en talleres literarios, usualmente trabaja con niños en dinámicas parecidas y considera que son ellos quienes en un primer momento captan mejor la esencia del haiku. “Los adultos, en cambio, al escribir, nos sentimos tentados a explayarnos, cuando más bien se nos pide ser concretos”.

Asegura: “El haiku es una actitud ante la vida diferente, otra forma de ser y estar en el mundo; por eso los alumnos han estado interesados, porque se escribe con palabras sencillas, no se busca la abstracción, ni los dobles significados, ni las figuras literarias. El tema fundamental es lo que uno ve alrededor sin meterse en el poema, el yo se elimina, es una extinción del ego que aquí, en Occidente, lo tenemos sobrealimentado”.

Festival de Poesía Vox Vives

Me despido de Jaime con uno de sus libros entre mis manos y paseo entre los puestos, deteniéndome en el stand de la editorial Colon Irritable, creada por la poeta y autora toledana A.Z. Phadrig, a quien en seguida le pregunto el porqué de este nombre que entraña malestar. “Porque yo sufro de colon irritable -confiesa-; me lo diagnosticaron por descarte, porque no es una enfermedad concreta, y a partir de ahí te las apañas, no te dan una dieta, un medicamento, ni una solución. Solo te dicen que aquello que te sienta mal, no te lo comas. Así que vas hablando con gente y vas haciendo piña, la gente que sufrimos lo mismo al final nos vamos juntando y entre nosotros nos ayudamos”, relata.

Entre la diversidad de poetas y editores de distintos sitios, la propuesta de Phadrig, libros de formatos pequeños, fanzines, es una alternativa que sorprende y agrada a los visitantes. Desde hace un año ofrece sus publicaciones como canales para autores noveles que nunca han publicado en papel. “La editorial es un poco para sacar temas de los que la gente no habla. Por ejemplo Cariatydes es un único poema que habla sobre la situación de la mujer en el mundo porque la idea es hablar de lo que no se suele hablar, de lo que tiene la gente, pero que no se habla, no se escucha, no se investiga”. Después de esta breve charla, miro el reloj. El cielo está cambiando, es hora de una nueva andanza.

Festival de Poesía Vox Vives

III

La noche arranca con el vaivén entre el vino y la Poesía con los cinco sentidos, una actividad de Enodiffusion, proyecto de catas de vino que me atrae. Zvonco Makóvic (Croacia), Ángelo Néstore (España) y Giovanni Collazos (Perú) se juntan para leer sus poemas. A cada tanto, Ana Morales, especialista en el arte de la enología y representante de vinos de Castilla La Mancha, nos sumerge en el mundo de la cata con los vinos que degustamos durante el recital. Yo, que poco entiendo de estas historias, me fascino con el aroma de las barricas, y pienso que estar aquí tiene todo el sentido del mundo: “El vino facilita la palabra”.

Escucho las instrucciones minuciosas de Ana: “Probamos sin olvidar paladear el vino y lo llevamos por la boca procurando que llegue a todos los registros que tenemos en la lengua”. Descubrimos la tropicalidad del plátano y la piña mezclados con los aromas del día a día, anticipando cómo experimentamos la acidez en los lados, el amargor en la parte de atrás, en el centro lo salado y en la punta de la lengua el dulce. “Los invito a fijarnos qué nos marca este vino, qué nos dice: ¿Acaso una acidez pronunciada, una amargura atractiva? La poesía, en el mundo del vino, está permitida. Vamos a probarla”.

Festival de Poesía Vox Vives

En este punto, nuestros paladares alojan la fluidez de infinitos sabores, aportación de un vino vivo, cómodo y amable. A estas horas, admito, mis sentidos están un tanto distorsionados. La poesía y el vino, el vino y la poesía, acrecientan mi entusiasmo. Aunque es tiempo de volver a casa, la tentación de merodear por las calles visitar varios bares, llego a la terraza del bar Caracena, en la Plaza de San Marcos. Es medianoche y casi empieza el Insomnio Poético, donde se juntan más y más poetas para realizar una lectura performer. Con el bullicio de la gente, además de mi propio cansancio y distracción, me marcho a mitad del encuentro. Las calles toledanas me seducen para vivir la poesía que ellas mismas son.

En el camino, coincido con nuevos rostros que me invitan a conocer Toledo “más allá de la cara turística”. Indagamos en las formas escritas, orales y hasta táctiles que toma ese deseo ineludible de expresarnos. La poesía: esa “manera de decir algo” que nos reúne aquí, dando tumbos, hasta el amanecer. Entonces los recuerdos se asoman como producto de la ensoñación. A punto de regresar, palpo mi cuerpo: sí, soy real. Hurgando y revolviendo en mi bolso: ¡Mierda! ¿Dónde quedó mi libreta?


Fotografías de María Laura Padrón.

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  • María Laura Padrón

    Valencia, Venezuela, 1992. Transeúnte y periodista. En la búsqueda permanente de las historias detrás de los rostros, gestos, pisadas. Haciendo malabares en este mundo circense, en el que aspira jamás perder la capacidad de asombro ante lo que, en apariencia, resulta nimio. Su trabajo periodístico ha sido publicado en los diarios venezolanos El Nacional y Notitarde y en la revista digital Clímax. En España, en El Plural y Diario16 y en la revista penúltiMa.

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