Prohibido fumar

Un relato de Ico Sánchez-Pinto
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Prohibido fumar

Ico Sánchez-Pinto

—¿Tiene fuego?

El hombre la mira, se cuelga el cigarrillo en la boca y mete una mano en el bolsillo de su camisa de cuadros. Saca un mechero y se lo da a la chica.

—Aquí no se puede fumar. Está prohibido.

Se lo ha dicho así, sin más, cuando ella está a punto de encender su cigarro. El dedo se le queda pegado al encendedor, el cigarrillo a sus labios, y la mano perdida en el aire, en mitad del gesto abortado. No sabe si es una broma o si el hombre habla en serio.

—… ¿Prohibido? No he visto ningún cartel —dice, por ver a qué viene el comentario, y porque no se le ocurre otra cosa.

—Sí, prohibido. El cartel está en la entrada, lo tiene que haber visto.

No, no he visto ningún cartel. Lo único que he visto es que usted se está fumando un Krüger en toda mi jeta, y que encima se recochinea y me ofrece fuego. Eso tiene ganas de responderle, pero hay algo en él, en su barba más crecida de la cuenta, en su camisa desgastada, en los pequeños ojos grises, que se lo impide.

—Pues no me fijé.

—Tiene que haberlo visto —repite—, está justo enfrente de la puerta. Es lo primero que se ve cuando se viene de la calle. Un cartel grande, blanco, con letras negras y rojas.

—¿Un cartel que prohíbe fumar? —dice sin pensar, sin querer admitir que la respuesta simple del hombre la ha desarmado.

—Eso mismo acabo de decir, parece que usted no escucha: un cartel enorme que dice «prohibido fumar» y debajo, un pitillo en un círculo rojo con una barra encima. Más claro, agua. Aquí no se puede fumar —subraya, exhalando una bocanada de humo denso.

—No entiendo. —Y de verdad no entiende, no sabe qué está pasando: si el hombre le toma el pelo o si está loco y no es consciente de que la recrimina por la misma norma que él infringe con descaro.

—¿El qué no entiende? Es muy sencillo. Hay una prohibición que usted pretende saltarse. Se nota que no vive aquí.

—No. Vengo a hacer un trámite —dice, aunque en realidad quiere morderse la lengua y dar por concluida la conversación absurda.

—La gente del edificio conoce las reglas.

—Ya le he dicho que yo no soy del edificio.

—Eso no le da derecho a fumar.

—¡Pero si no estoy fumando!

—Estaba a punto de encender ese cigarro.

—¡Con su mechero!

—Usted me ha pedido fuego.

—Claro, porque veo que tiene un cigarro encendido. ¡Y si eso no es fumar…!

—Pero yo no fumo en las escaleras.

—¿Qué escaleras?

—Las únicas que hay. ¿Por dónde ha subido usted?

—Por ahí. —Y entonces se da cuenta de que sí, que subió, rápido, pero subió… por  esas mismas escaleras que acaba de señalar—. Ah, sí. Es verdad, por las escaleras.

—Si no ve por dónde anda, ¿cómo va a ver el cartel?

—Y dale con el cartel —lo dice molesta. Antes estaba segura de que no había ningún cartel en la entrada. Ahora empieza a dudar.

—El cartel es importante. A usted le da igual porque no está aquí todos los días.

—¡Por suerte!

—Pues es un edificio muy bueno. Lo malo es la gente de fuera, que entra y sale y no respeta nada, como usted. Todo por las dichosas oficinas —dice, mientras da una última calada—. Ojalá las prohibiesen. —Luego aplasta la colilla en el suelo.

A ella la indignación le enciende las mejillas.

—Perdone, pero yo no le he faltado al respeto en ningún momento —replica, con voz entrecortada—. En todo caso es usted, con sus actos, el que está… actuando de mala fe.

—La que está actuando de mala fe es usted. Devuélvame el mechero. —Y señala con un dedo acusador el objeto que ella aún sostiene en la mano—. No se haga la loca.

­—¿Cómo?

—Que se lo quiere quedar. ¿Piensa que no me he dado cuenta?

—¡No! Claro que no me quiero quedar su horrible mechero. Tome.

—Ah, gracias. —El hombre coge el encendedor y lo mira con afecto, como si lo viera por primera vez. Alza el rostro y, con una sonrisa, le dice a la chica:

—Disculpe, ¿tiene un cigarrillo?


Fuentetaja-Las Palmas

Ico Sánchez-Pinto

Con catorce años encabecé una página —la primera de una libreta por la que cruzaban líneas paralelas, finas y desteñidas— con la palabra «necesidad», en mayúsculas y subrayada. Me dispuse a indagar en su significado, pero una duda brotó mientras el bolígrafo se ajustaba a las rayas grises, y por ese resquicio entró un torrente de otras. ¿Qué derecho tenía a expresar mis necesidades? ¿Qué necesitaba, si no me faltaba de nada? Yo creía entonces que desear algo era un mal en sí mismo. Que tener ambiciones equivalía a ser una egoísta.

Solo pude escribir una frase. Censuré la tinta, las palabras, las emociones. Todavía hoy me asalta el recuerdo de aquella página en blanco, de todos los años perdidos, la rabia de no haberlo entendido hasta ahora.

¿Que por qué escribo? Para poseer, línea a línea, los párrafos que completan esa página


Fotografía de portada: de Petar Milosevic (Wikimedia Commons)

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    Talleres de Escritura creativa en Las Palmas de G.C. coordinados por el escritor Carlos Ortega Vilas

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