Historia de Palestina,

Historia de Palestina: Seis libros imprescindibles

Barcelona: Crítica, 2008. Traducción de Luis Noriega (415 páginas).

Historia de Palestina: cinco libros imprescindibles

Entre la extensa y creciente obra de Ilan Pappé, destaca este documentado trabajo sobre La limpieza étnica de Palestina, aparecido originalmente en inglés en 2006 y publicado en castellano dos años después.

En tan poco espacio de tiempo este libro se ha convertido en todo un clásico en la literatura especializada en la materia. Por tanto, su lectura resulta imprescindible para cualquier persona que desee acercarse a los acontecimientos que rodearon la creación del Estado israelí y dieron lugar a la tragedia de los refugiados palestinos; y que, en suma, forman parte del núcleo central de este sempiterno conflicto.

Su tesis, explicitada en el propio título de la obra, es que el origen de los refugiados palestinos se debió a un plan previamente concebido por el movimiento sionista y sus milicias. Su objetivo no era otro que la “expulsión sistemática de los palestinos de vastas áreas del país”. Esto es, “tanto de las áreas rurales como de las áreas urbanas de Palestina”.

Este desalojo por la fuerza de más de la mitad de la población nativa (alrededor de 800.000) preparó el terreno para dejar Palestina “étnicamente limpia” y establecer el Estado israelí que, desde esta óptica, lleva inscrito en su ADN un marcado carácter colonial.  Pero a diferencia del colonialismo de factoría, más frecuente y clásico, en el que los colonos explotaban a la población indígena y los recursos del país, una colonia de asentamiento se caracteriza porque la población foránea desplaza a la nativa y se queda con el país.

Tanto esta obra de Pappé como los trabajos de otros autores, que integran el heterogéneo grupo de los denominados nuevos historiadores israelíes, desmienten la versión oficial israelí sobre la guerra de 1948. Esto es, que los palestinos abandonaron voluntaria y temporalmente sus casas y pueblos, haciéndose eco de una llamada de los gobiernos árabes para despejar el terreno a sus ejércitos con objeto de destruir el incipiente Estado judío.

Sin embargo, pese a su notable resonancia académica e incluso mediática, la tesis de Ilan Pappé no es nueva. Mucho antes, otros autores abordaron el tema sosteniendo la misma tesis, sólo que desde otro ángulo y con documentación complementaria a la empleada por Pappé.

En este sentido, cabe destacar a algunos historiadores palestinos como Walid Khalidi (ed.): All That Remains. The Palestinian Villages Occupied and Depopulated by Israel in 1948 (Washington: Institute for Palestine Studies, 1992); y Nur Masalha: Expulsions of the Palestinians. The Concept of <<Transfer>> in Zionist Political Thought, 1882-1948 (Washington: Institute for Palestine Studies, 1992). Disponible también en castellano: La expulsión de los palestinos. El concepto de <<transferencia>> en el pensamiento político sionista, 1882­-1948 (Madrid: Bósforo Libros, 2008).

La pregunta, por tanto, es obligada, ¿qué hace que la obra de Pappé haya tenido –en principio– un mayor eco que la de los autores palestinos? El propio Pappé es consciente de esta diferencia cuando aborda el segundo objetivo de su libro: primero, “explorar tanto los mecanismos de la limpieza étnica de 1948” como, segundo, “el sistema cognitivo que permitió al mundo olvidar (y a los perpetradores negar) el crimen que el movimiento sionista cometió contra el pueblo palestino”.

En efecto, a toda limpieza étnica le acompaña el memoricidio de manera casi inherente para, así, borrar toda huella del pasado y, también, del delito cometido. De aquí la doble importancia que cobra la obra de Pappé y, por extensión, la de los nuevos historiadores israelíes. Una, porque está documentada con fuentes y archivos del movimiento sionista e israelíes; y dos, porque sus autores son historiadores israelíes y no se les presupone, como en el caso de los palestinos, que forman parte de las víctimas, ningún grado de subjetividad o intencionalidad política. Por el contrario, se les brinda un mayor crédito u objetividad porque pertenecen al bando vencedor, aunque revisan y niegan la versión oficial de la historia israelí.

Por último, en el epílogo, recuerda Ilan Pappé que el campus de la Universidad de Tel Aviv está construido sobre las ruinas de la aldea palestina de Shaykh Muwannis, en la que tanto el lugar como la gente que vivió allí han quedado como un paisaje “ficticio”, “sin rostro” y “sin identidad alguna”. Es, en palabras del autor, “la expresión más pura de la negación del plan rector de los sionistas para la limpieza étnica de Palestina”. De aquí que, en su opinión, este reconocimiento y reparación (que no venganza) sean fundamentales para la reconciliación y la paz.


Reseña publicada originalmente el 29 de noviembre de 2016 en TENDENCIAS21 / Blog del autor: Panorama Mundial.

Madrid: Akal, 2007, 272 págs.

Historia de Palestina: cinco libros imprescindibles

Si no se logra un acuerdo sobre la base de dos Estados, Israel corre el riesgo de desaparecer en los términos en los que se conoce actualmente”.

Así de contundente se expresaba el primer ministro israelí, Ehud Olmert, al finalizar la conferencia de Annapolis en noviembre de 2007. En esas mismas declaraciones al periódico israelí Haaretz, Olmert adelantaba que “si ese día llega”, Israel se enfrentará a una lucha similar a la experimentada en la Suráfrica del apartheid, en la que se exigirán los mismos derechos de votos para todos sus habitantes, incluidos los palestinos de los territorios ocupados.

Para algunos intelectuales y activistas ese día ha llegado, dado el repetido fracaso para alcanzar un acuerdo en torno a la solución de los dos Estados, y la imposibilidad material de su vertebración ante la continua fragmentación del territorio palestino derivada de la sistemática expansión de las colonias israelíes. Por tanto, no se puede seguir ignorando ni despreciando por más tiempo otras opciones. De ahí el interés de la propuesta de Virginia Tilley sobre “un solo Estado”. La oportunidad de su tesis, bien fundamentada y alejada de idealismos, resulta comprensible ante la inviabilidad de otras alternativas, aunque se hace difícil de imaginar y aún más incierta de implementar. Se trata de una propuesta controvertida, además de enriquecedora del debate e innovadora en la búsqueda de nuevas sendas para una resolución definitiva, digna y justa del conflicto.

Una cosa parece ser cierta, y es que no pasará inadvertida. De ahí que el libro, junto a un creciente número de títulos que apuntan en la misma dirección, cumpla su principal propósito:la de introducir en el debate la “solución de un solo Estado”, ya sea binacional o multiétnico pero, al fin y al cabo, el de todos sus ciudadanos, judíos y palestinos, iguales ante la ley y sin ningún tipo de discriminación ni jerarquía étnica.

Semejante opción no cuenta con las simpatías de las dos partes del conflicto ni, por extensión, con las de la comunidad internacional. De momento, nada hace pensar que esta última no aceptaría un hipotético acuerdo que, en este sentido, alcanzaran libremente los dos contendientes. De hecho, por parte de los principales actores estatales de la sociedad internacional, y con mayor implicación en Oriente Próximo, no existe un rechazo “por principio” de la opción de un solo Estado. Su negativa deriva, básicamente, de contemplar la potencial resolución del conflicto bajo la óptica de sus protagonistas. El ejemplo más notorio, ya clásico, es la visión de Estados Unidos mediante el prisma israelí, puesto de manifiesto por la autora, pero también por otros académicos estadounidenses nada sospechosos de radicalismo, como John J. Mearsheimer y Stephen M. Walt. En síntesis, semejante opción no figura en la agenda internacional, menos aún en la de la administración presidida por George W. Bush, sin precedentes en la interiorización de la

política exterior israelí, y partidaria de aceptar sus hechos consumados: opuesta al desmantelamiento de colonias y al retorno de los refugiados.

No obstante, las mayores reticencias se encuentran entre los contendientes. El paisaje a ambos lados de la disputa en torno a dicha solución viene a ser el siguiente: primero, el de una mayoría detractora que, aferrada a los postulados del nacionalismo étnico, la rechaza frontalmente; segundo, el de una creciente minoría entusiasta, vinculada originalmente a círculos intelectuales y activistas, de corte más elitista, pero no reducida sólo a estos ámbitos; y, por último, una no menos significativa franja social escéptica, que no termina de pronunciarse y parece estar a la expectativa de los acontecimientos. Por lo que es muy previsible que en un futuro próximo, de seguir invariable el conflicto (deteriorándose sin perspectiva de solución), este panorama pueda alterarse.

La citada opción podría tener un mayor eco social y respaldo político tanto en una sociedad como en otra, y contar con iniciativas conjuntas de ambas sociedades, de las que tan faltos están palestinos e israelíes.

Ahora bien, un interrogante queda abierto, incluso en el mejor de los supuestos, de expansión del debate en torno a un solo Estado y consolidación de un significativo apoyo sociopolítico, ¿será esto suficiente para inclinar la balanza a su favor frente a una mayoría social atrincherada en la estatalidad étnica?

Por muy idealista que parezca la iniciativa de un solo Estado, no deja de ser paradójico que se pueda adoptar por razones tan pragmáticas como la ausencia o invalidez de otras alternativas. Esto, obviamente, no resta su consideración como la solución más justa e igualitaria entre las históricamente barajadas en la búsqueda de la paz. No obstante, Tilley se pregunta por otras posibles alternativas, en concreto, por la expulsión de la población palestina por Israel y la opción jordana, pero sin otorgarles mayor credibilidad. Si bien la primera está presente en el programa de los elementos más extremistas del movimiento sionista, no menos cierto es que su materialización parece poco probable ante ese testigo incómodo que son las cámaras de un mundo bien diferente al de la “limpieza étnica” cometida a mediados del siglo XX. En el caso de la segunda, la autora distingue entre una versión suave, la de un Estado palestino a ambos lados del río Jordán, y otra radical, la de unEstado palestino en Jordania (Ariel Sharon, uno de sus principales promotores, no dejaba de repetir que “Jordania era Palestina”). Pero, como señala Tilley, las dos versiones, además de carecer de simpatía y legitimidad, parten de una premisa errónea: que existe una unidad nacional entre Jordania y Palestina.

Aclarado este extremo, el grueso de la obra está destinado a desmontar la opción de los dos Estados. Para Tilley ha llegado el momento de reconocer su fracaso y, en consecuencia, repensar una nueva fórmula de resolver el conflicto. Varios son los obstáculos que la autora analiza para explicar su apuesta. El principal es, sin duda, el de los asentamientos de colonos judíos en los territorios ocupados. Considera que no sólo son un impedimento, sino que han cumplido su propósito: erosionar la base territorial en la que pueda asentarse un Estado palestino viable y con continuidad territorial.

Por tanto, en caso de cristalizar la opción de los dos Estados, no sería para los palestinos más que un nuevo bantustán. Su unidad política y socioeconómica se reduciría a los símbolos, no sería extensible en la práctica ni, nunca mejor dicho, sobre el terreno. Su paisaje sería otro bien distinto al de un Estado viable. Primero, su territorio padece la fragmentación impuesta por los asentamientos, con sus carreteras vinculadas al Estado israelí sin tener que atravesar las poblaciones palestinas, pero sí sus territorios. Segundo, sus ciudades estarían separadas unas de otras, sin comunicación o acceso directo entre ellas, ni entre sus respectivas poblaciones. Tercero, su economía sufriría el aislamiento de su entorno árabe y, sobre todo, del israelí, que durante las cuatro décadas de ocupación la ha subordinado a las necesidades de su mercado. Por último, sus recursos hídricos no recaerían en manos palestinas, afectando gravemente a su agricultura y comercio.

Obviamente, si los asentamientos son el principal obstáculo para la paz, sólo basta con desmantelarlos, como se realizó exitosamente en la Franja de Gaza en 2005. Sin embargo, este ejemplo puede ser engañoso, pues aquí fueron otras las consideraciones para la retirada israelí: su escaso valor político e ideológico (territorio sin resonancias bíblicas); su reducido número (una veintena de colonias con unos 7.500 colonos) y, en contraposición, su alto coste económico y de seguridad; su entorno empobrecido y radicalizado (escasez de agua y alta densidad de población con crecientes simpatías hacia las opciones de resistencia nacionalistas e islamistas más militantes). De ahí que desprenderse unilateralmente (sin negociación previa ni transferencia a la Autoridad Nacional Palestina, ANP) de unos pocos asentamientos, costosos e ineficaces, fuera una opción beneficiosa para Israel.

De un lado, la imagen del ejército israelí desalojando por la fuerza a los colonos judíos fue presentada ante los medios de comunicación como una “desgarradora concesión política”; de otro, se afirmaba más soterradamente, a modo de contrapartida, su permanencia en Cisjordania, donde se asentaron muchos de esos mismos colonos. Su capital político también se incrementaba por desprenderse, teóricamente, de la suerte de un millón y medio de palestinos, atenuando en parte el dilema israelí ante la población ocupada. Esto es, seguir sometiéndola bajo la fuerza, sin reconocerle ningún tipo de derecho, que supone la situación de apartheid actual; o bien, por el contrario, otorgarle la ciudadanía israelí, con todos sus derechos, que a la postre supone erosionar el carácter judeo-étnico del Estado israelí ante el mayor crecimiento demográfico de la población palestina.

Por último, es obligado recordar que si bien Israel se retiró de Gaza, no es menos cierto que esta pequeña franja del territorio palestino permanece dentro de Israel como un enclave militarmente sellado, condenado a la asfixia socioeconómica y a su explosión política, como se ha visto en los últimos meses. Incluso cabe esperar que lo peor esté aún por llegar, si finalmente se materializan los planes de invasión terrestre para desarmar a Hamás y resarcir simbólicamente al ejército Israelí del mismo intento fallido con Hezbolá en el verano de 2006. En suma, el desmantelamiento de las colonias israelíes en Gaza no sirve de precedente para lo que pueda suceder en Cisjordania que, no olvidemos, incluye la parte Este de Jerusalén. El desmantelamiento de los asentamientos tiene un coste adicional, de carácter físico, financiero y político, elementos que se relacionan y refuerzan entre sí. Los 230 asentamientos implican toda una serie de infraestructuras (residencias, granjas, pequeñas industrias, empleos, carreteras, etcétera), además de su población, estimada en algo más de 470.000 colonos, que representa el cinco por cien de la israelí. En contra de lo que comúnmente se suele pensar, en las colonias no abundan solamente los fanáticos religiosos, la mayoría son laicos atraídos por sus condiciones ventajosas: viviendas baratas o subvencionadas, ubicadas en zonas residenciales agradables, con buenas comunicaciones, escuelas e infraestructuras. Su reubicación en Israel supondría un enorme coste económico, pero su peso decisivo es el político. De existir semejante voluntad, las perspectivas serían otras.

Pese a que en su retórica política Israel maneja la solución de los dos Estados, en su práctica sólo contribuye a consolidar su anexión de facto de los territorios ocupados. De hecho, durante el Proceso de Oslo se incrementó la construcción de nuevos asentamientos. Es más, a decir de la autora, las colonias responden a una estrategia israelí: fomentar un “traslado suave” de la población palestina; esto es, su emigración en masa ante la asfixia de la vida (política, socioeconómica y de seguridad) bajo la ocupación. La imagen del gobierno israelí como rehén político de los colonos más fanáticos sólo es un pretexto para desviar la atención de la complicidad del Estado en la construcción de estos bloques de asentamientos, en la que participan activamente la Agencia Judía y la Organización Sionista Mundial. En definitiva, para Tilley no cabe duda: la colonización del territorio palestino forma parte tanto de la política israelí como del propio diseño de su Estado.

Lo anterior lleva a concluir que los asentamientos son una pieza clave en la consabida política israelí de “hechos consumados” o, igualmente, en su estrategia dilatoria que, de manera sistemática, y valiéndose de cualquier coartada (seguridad, fanatismo religioso, terrorismo), retrasa su “discusión” o “negociación” al tiempo que crea nuevos hechos sobre el terreno, postergando su potencial solución hasta hacerla material y prácticamente inviable. En su análisis, Tilley sintetiza los obstáculos con los que chocarían las opciones barajadas. Así pues, la total soberanía palestina se enfrenta a los asentamientos, las ambiciones hídricas de Israel (que consume el 93 por cien de los acuíferos de Cisjordania) y su falta de voluntad política. Por su parte, la plena soberanía israelí choca con las aspiraciones políticas palestinas y el rechazo regional.

Entre ambas opciones está la experimentada desde el frustrado Procesode Oslo, de soberanía compartida, con una retirada parcial de Israel que permitiera, de un lado, la creación de un Estado palestino y, de otro, la permanencia israelí con sus colonias, control del agua y fronteras. Esta opción no es más que una modificación táctica en la estrategia israelí de seguir manteniendo el control de todo el territorio de la Palestina histórica.

Por último, Tilley destaca las consecuencias que acarrearía un Estado palestino tullido y fragmentado, cuya ineficacia y debilidad contribuiría a retroalimentar la amargura y frustración de sus habitantes, así como las opciones irredentistas y radicales, incrementando la inseguridad por el cierre en falso del conflicto. Pese a que Israel desplazaría a la ANP la responsabilidad de lo que sucediera, por considerar cualquier suceso como un asunto interno palestino sin vinculación con la ocupación, lo cierto es que la inestabilidad no desaparecería de la región, salpicando también a la comunidad internacional. En este sentido, la autora es igualmente crítica con la ANP por prestarse a asegurar el “orden” y la “paz” durante este controvertido proceso en el que la población palestina ha visto incrementada la colonización de su territorio, además de otros agravios. De ahí su crisis de legitimidad, su contestación tanto externa (islamista) como interna (por las bases o “joven guardia” de Al Fatah), y que se escuchen voces que exigen su disolución ante su inoperancia.

Al ser Israel el actor predominante en la controversia, no es de extrañar que Virginia Tilley repase con mayor detenimiento el elenco de dificultades que en esa parte se advierten ante la solución de un solo Estado (refugio étnico, seguridad geográfica, expresión nacional, Volkgeist, antisemitismo, hostilidad árabe y unidad nacional judía). Sin olvidar los obstáculos de la parte palestina, resumidos en la renuncia a la estatalidad, temor a la subordinación política, desigualdad y ciudadanía de segunda clase, entre otros. El denominador común de todas estas reticencias remite al origen del conflicto, la construcción de un Estado de base étnica sobre un territorio habitado por otro pueblo. La tensión a la que, desde entonces, se enfrenta Israel es la que se debate entre un Estado judío, de jerarquía étnica, y un Estado democrático, de todos sus ciudadanos.

En suma, el criterio de inevitabilidad viene a ser el argumento fuerte en favor de la opción de un solo Estado, dado que la de los dos Estados resulta inviable e inestable. No obstante, la autora considera que dicha opción posee méritos propios, aunque no se adentra en definir cómo sería dicho Estado más allá de algunas pinceladas orientativas, pues, con buen criterio, deja su diseño en manos de las partes implicadas en la resolución del conflicto. En cualquier caso, el recurso a la inevitabilidad puede interpretarse como el punto débil de su tesis. Sin embargo, con independencia de la opinión que tenga o adopte el lector, habrá que convenir en la honestidad intelectual de Tilley, por cuanto reconoce que el esfuerzo para la solución de un solo Estado “puede parecer tan inviable como la solución de dos Estados, sólo que esta última no puede funcionar en absoluto, mientras que en la de un solo Estado, que no requiere la retirada judía de la Tierra Santa, el reto consiste en compartir la tierra más que en abandonarla, una fórmula más difícil de rechazar por parte de los sionistas de derechas y religiosos”.

Dicho en otros términos, palestinos e israelíes se enfrentan al “dilema del prisionero”: colaboran pagando peaje (renuncia al nacionalismo o estatalidad étnica), pero obtienen mayores beneficios que si aplican una estrategia defraudadora en la que ambos tienen mucho más que perder (libertad, estabilidad y seguridad).


Reseña publicada originalmente en Política Exterior. núm. 123. Mayo / Junio 2008. https://www.academia.edu/

Madrid: Bósforo Libros, 2008 (285 páginas)

Publicado originalmente en 1992 por el Institute for Palestine Studies, aparece ahora su versión en castellano de la mano de una nueva y pequeña editorial, Bósforo Libros, que en su página web (www.bosforolibros.com) anuncia nuevos títulos en la misma dirección. La de Nur Masalha se considera una obra ya clásica en el repertorio bibliográfico que, utilizando fuentes documentales sionistas e israelíes de primera mano, reconstruye la historia en torno a los dramáticos y controvertidos acontecimientos que rodearon la construcción del Estado de Israel en 1948 y que, a su vez, dieron lugar a la catástrofe palestina o Nakba. Ambos hechos son las dos caras de una misma moneda de la que se conmemora este año su sesenta aniversario.

La limpieza étnica acometida de Palestina en 1948 fue, en este sentido, la manifestación material del pensamiento político sionista que, para lograr su objetivo, establecer un Estado judío en una buena parte o en la totalidad de dicho territorio, buscaba la transformación demográfica de su población, mayoritariamente árabe (a principios del siglo XX, en 1906, la población de Palestina ascendía a unos 700.000 habitantes, de los que sólo 55.000 eran judíos).   Desde prácticamente sus inicios, los líderes del movimiento sionista vieron en la población árabe-palestina un obstáculo para la realización de su empresa colonial, de construir un Estado de base étnica, del mismo modo que entonces “Inglaterra era inglesa”. Paradójicamente, y al mismo tiempo, el discurso sionista propagaba la idea de Palestina como un espacio vacío, sin pueblo y, en consecuencia, apto para un “pueblo sin tierra”.

Semejante negación no era tanto física como política. Se negaba la consideración de pueblo, no digamos ya la de nación, a la comunidad árabe de Palestina. Por tanto, se ninguneaban sus sentimientos nacionales y nacionalistas por muy débiles o incipientes que éstos fueran percibidos, deslegitimando su derecho a la libre determinación. Los árabes de Palestina eran presentados a semejanza de los otros árabes que habitaban Irak, Transjordania y Siria, sin ninguna particularidad digna de destacar. De ahí que no se señalaran diferencias sustanciales entre unos y otros; y que su presencia en Palestina fuera presentada como un mero accidente, sin un arraigo significativo, por lo que eran susceptibles de intercambiar el territorio que habitaban por otro espacio árabe sin ningún trauma aparente. Semejante razonamiento era parte esencial de la construcción sionista del otro, que definía a los árabes-palestinos de acuerdo a sus intereses del momento (práctica vigente hasta hoy día). De ahí que los palestinos, en esta primera etapa del conflicto, fueran vestidos con el manto de la invisibilidad o, en el mejor de los casos, con el generalista e incluso nómada de la panarabidad. No en vano, se buscaba una solución fuera de Palestina, de traslado de su población nativa hacia los países árabes. Las presiones ejercidas ante el gobierno británico para que aceptara y apoyara semejante propuesta no dejaron de cesar, tampoco las ejercidas ante algunos dirigentes árabes (por ejemplo, el emir Abdallah de Transjordania) a quienes, en compensación, ofrecían beneficios económicos e influencia internacional.

La idea de transferencia, consustancial a la estrategia de colonización sionista de Palestina, era un eufemismo que no significaba otra cosa más que la expulsión sistemática de su población árabe nativa. Cierto que ese pensamiento adoptó diferentes modalidades, según las coyunturas políticas registradas a lo largo del tiempo. Se explicitaba como una prioridad ante la fortaleza y avance del movimiento sionista y del Yishuv (asentamiento de la comunidad judía en Palestina anterior a la creación del Estado de Israel en 1948); o bien se relegaba a un segundo plano ante ciertas adversidades o prioridades (retirada del plan de partición de la Comisión Peel, Libro Blanco de 1939 y Segunda Guerra Mundial). No obstante, rápidamente se vinculó, y reforzó, con los planes de partición de Palestina, dado que en el proyectado Estado judío los árabes-palestinos ascendían al 42% de la población. Pero no menos cierto fue que, con independencia de las modalidades adoptadas en un momento u otro, el concepto de transferencia era compartido (con alguna notable y minoritaria excepción) por todas las corrientes políticas del movimiento sionista, desde “la derecha revisionista hasta la izquierda laborista”. Esto es, formaba parte del denominado consenso sionista.

En síntesis, la ideología sionista no distó mucho de las coloniales e imperialistas predominantes entonces, construidas desde la supremacía racial europea, y en las que las poblaciones nativas debían de subordinarse, hacer sitio e incluso desplazarse en función de los propósitos de las potencias o empresas coloniales. Desde este punto de vista, no había nada inmoral en esos proyectos, siempre revestidos de misión civilizadora o de cualquier otra alta consideración que los nativos no alcanzaban a ver o valorar en su justa medida. De hecho, y hasta la actualidad, el Estado de Israel sigue sin asumir su responsabilidad en el éxodo palestino de 1948, fruto de una concepción que se extiende “desde los primeros tiempos de la colonización sionista hasta el presente”. Es más, según el autor, la idea de transferencia no desapareció con la creación del Estado de Israel, ni con la consecución de buena parte de los objetivos sionistas (un Estado étnicamente judío y en el que la mayoría de la población “no judía” fue reducida a la condición de minoría). Por el contrario, actualmente el tema de la expulsión de los palestinos (en clara referencia a los de los territorios ocupados en 1967) es objeto de pronunciamientos de personalidades políticas y públicas, de sondeos de opinión y de debates que los explicitan y hacen “lícito”. De ahí que, en palabras de Nur Masalha, sea “importante una mayor compresión de los antecedentes de 1948 para evitar la repetición de una historia trágica”.


Reseña publicada originalmente en la revista Afkar/Ideas, núm. 19, otoño 2008, págs. 95-96. ISSN1697-0403

 Madrid: Bósforo Libros, 2012 (228 páginas)

Historia de Palestina: Cinco libros imprescindibles

La creación del Estado de Israel sobre los escombros de la sociedad palestina dio lugar a un creciente régimen de apartheid. La población palestina que escapó a la limpieza étnica y permaneció en sus hogares y tierras, quedando dentro de las fronteras del incipiente Estado israelí de 1948-49,  sufrió una evidente discriminación racial.

Pese a que, desde entonces, su situación ha mejorado, los denominados árabes-israelíes o, igualmente, los palestinos del 48 continúan siendo ciudadanos de segunda categoría, como ha estudiado el profesor Isaías Barreñada Bajo.

Con la ocupación del resto del territorio palestino en 1967 (que comprende la Franja de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este), la política de apartheid se hizo aún más evidente. La ocupación militar israelí, la más prolongada de la historia contemporánea, cercana a alcanzar su quinta década, institucionalizó la discriminación racial.

Entre sus diferentes mecanismos de dominación, cabe destacar  la confiscación de tierras que pertenecen a la población nativa; el asentamiento de colonos; una red de carreteras de circunvalación que conecta las colonias israelíes y fragmenta el territorio palestino; la restricción de movimientos de la población autóctona mediante un sistema de permisos, checkpoints, cierres y aislamiento de los territorios; la demolición de casas; la expropiación y desviación de los recursos acuíferos palestinos hacia la parte israelí; el levantamiento de un muro de separación; además de una represión sistemática caracterizada por su brutalidad militar, tortura y detenciones administrativas sin cargos ni juicios que se pueden prolongar indefinidamente.

A semejanza del sistema de apartheid en Sudáfrica, su objetivo es “consolidar e implementar la desposesión, asegurando el control sobre las mejores tierras y recursos naturales en interés de un grupo y a expensas de otro” (p. 39). Sus víctimas directas son también las primeras en presentar resistencia a este sistema segregacionista. Pero, como ha mostrado la historia todavía reciente de la Sudáfrica del apartheid, no basta sólo con los esfuerzos locales, es igualmente necesario acompañarlo de los internacionales.

En este sentido, el autor hace un breve repaso por las diversas campañas en contra del apartheid israelí, entre las que destaca la más conocida por sus iniciales BDS (boicot, desinversión y sanciones); y también por las distintas organizaciones israelíes y palestinas comprometidas en esta ingente tarea. Del mismo modo, ofrece una serie de interrogantes y respuestas  claves en esta materia; además de un glosario de términos y recursos disponibles en la red.

Con objeto de despejar cualquier duda y confusión (apoyar la campaña BDS no es antisemitismo), Ben White deja bien claro que sumarse a ésta u otra estrategia anti-apartheid no implica “hacer que los judíos israelíes se sientan incómodos en la tierra que es también su hogar”. Por el contrario, lo que se busca es que “los palestinos disfruten de los mismos derechos que tienen los judíos en una misma tierra”, dado que, en su opinión, la solución de este conflicto no descansará sobre una “fórmula geopolítica”, sino en “la imposición de los derechos humanos, la dignidad y la justicia” (p. 155).

De ahí que, entiende el autor, no se trata de llegar a “un compromiso con el apartheid”, sino de su “desmantelamiento”  para garantizar “la igualdad en derechos individuales y colectivos para todos los pueblos de Israel/Palestina”, y lograr “el futuro en paz que les ha sido negado a las generaciones anteriores” (p. 156).

Por último, conviene recordar la labor que está realizando en esta misma línea la pequeña editorial Bósforo Libros, con la divulgación de textos inéditos en lengua castellana sobre la comprensión de este prolongado conflicto. Recientemente ha puesto en marcha una campaña de micro-mecenazgo o micro-financiación solidaria con varios proyectos en marcha (http://namlebee.com/), entre los que también se recoge la traducción y edición de obras clásicas sobre esta misma materia. En suma, el apoyo al conocimiento y su divulgación también es una forma de combatir el apartheid.


Reseña publicada originalmente el 14 de noviembre de 2013 en TENDENCIAS21 / Blog del autor: Panorama Mundial.

Granada: Almed, 2011, segunda edición ampliada y actualizada (856 páginas).

Historia de Palestina, Conflicto palestino-israelí

La editorial granadina Almed  reeditó hace unos dos años el libro de Avi Shlaim sobre las relaciones entre Israel y el mundo árabe. En esta segunda edición, ampliada y actualizada, se recogen algunos textos del autor aparecidos durante los últimos años en diferentes medios.

Catedrático de Relaciones Internacionales en la Universidad de Oxford, Avi Shlaim pertenece a la escuela de los denominados nuevos historiadores israelíes, que han revisado la historia oficial de Israel utilizando fuentes de primera mano, entre las que destacan los propios archivos del movimiento sionista e israelíes.

En este trabajo, el autor invierte la tradicional imagen de intransigencia árabe en sus relaciones con Israel para mostrar otra bien diferente, en la que los halcones israelíes se han impuesto sobre los denominados palomas en sus relaciones con los Estados árabes.

Frente a los moderados, partidarios de la negociación y más sensibles a la presión externa, se impusieron los inclinados a la expansión, que apostaban por una estrategia dilatoria y se mostraban indiferentes a la opinión pública mundial.

Desde el primer momento, el movimiento sionista aplicó una táctica flexible acompañada de una estrategia inamovible en su proyecto colonial en Palestina. Sin embargo, a medida que fue fortaleciendo su posición, su táctica terminó mostrándose tan inflexible como su estrategia.

En esta tesitura, su apuesta por la política de los hechos consumados pretendía consolidar sus conquistas militares, asentada sobre la superioridad militar, al mismo tiempo que mostraba su desprecio hacia el Derecho Internacional con su explicitada negativa a cumplir las resoluciones de Naciones Unidas relativas a la resolución del conflicto, así como otras normas y convenciones internacionales.

Desde esta lógica, que no concibe la reconciliación con el mundo árabe, se impuso la denominada política de muro de hierro, orientada a explicitar la superioridad militar israelí (o, a la inversa, la inferioridad de las fuerzas armadas árabes) que disuadiera e hiciera desistir la lucha contra Israel.

De este recorrido histórico que realiza Avi Shlaim por las relaciones interestatales entre Israel y el mundo árabe, cabe extraer algunas importantes pautas de su comportamiento exterior, que se mantienen vigente hasta hoy día.

En suma, El muro de hierro. Israel y el mundo árabe es una obra mayor, un texto destinado a ser un clásico y, por tanto, una referencia imprescindible para comprender en toda su complejidad el conflicto israelo-palestino y su ramificación regional o árabe-israelí.


Reseña publicada originalmente el 29 de noviembre de 2016 en TENDENCIAS21 / Blog del autor: Panorama Mundial.

Madrid: Capitán Swing, 2018 (336 páginas). Traducción de Ricardo García Pérez.

A lo largo de más de cincuenta años Israel nunca ha advertido ninguna oportunidad para poner fin a la ocupación militar de los territorios palestinos de Cisjordania, la Franja de Gaza y Jerusalén Este, que conquistó durante la guerra de 1967. Cabe igualmente afirmar, sin riesgo a equivocarse, que en los próximos años tampoco advertirá ninguna oportunidad para cesar en su condición de potencia militar ocupante. Por el contrario, será más acertado observar la tendencia inversa, esto es, que seguirá manteniendo y profundizando su ocupación.

 

Lejos de cualquier especulación, cabe llegar a esta conclusión tanto por las declaraciones de los máximos responsables políticos israelíes como por las acciones que implementan en los territorios ocupados. Sin ir más lejos, el propio primer ministro Benjamin Netanyahu ha manifestado en repetidas ocasiones su oposición a la creación de un Estado palestino, independiente y con soberanía plena. Otros miembros de su gabinete son aún más contundentes en el rechazo a semejante opción y, en su lugar, abogan por anexionarse los territorios palestinos de iure (Bennett), pues de facto ya lo están; e incluso exponen abiertamente la idea de transferir (léase expulsar) a la población palestina con ciudadanía israelí o palestinos del 48 (Lieberman).

No menos importantes son los hechos y acontecimientos protagonizados por la política de ocupación durante más de cinco décadas; y que señalan, de manera inequívoca, la voluntad israelí de preservar los territorios adquiridos por la fuerza en 1967. Así se manifiesta en sus pautas de comportamiento que, de forma sistemática, se centran en la expropiación de grandes extensiones del territorio palestino; el establecimiento de nuevas colonias con el correspondiente asentamiento de un creciente número de colonos (próximos a alcanzar la cifra de un millón entre los establecidos en Cisjordania y Jerusalén Este); la creación de una importante red de carreteras de circunvalación, que conectan estos bloques de colonias entre sí y con la red de carreteras israelíes, bordeando las ciudades y aldeas palestinas como cuñas de fragmentación que las separan y aíslan unas de otras; además de la construcción de un muro de separación (o, más propiamente dicho, de apartheid) que recluye a la población palestina en guetos, restringiendo  sus movimientos y humillándola mediante un sin fin de puestos de control o checkpoints. Sin olvidar los castigos colectivos, como el continuado bloqueo de la Franja de Gaza desde hace más de una década, y la usurpación de recursos naturales palestinos tan básicos (y apreciados en la región) como los hídricos.

En su estudio de la historia de la ocupación israelí, Ilan Pappé muestra que la misma fue diseñada cuatro años antes (en 1963) de que se produjera la guerra de 1967, cuestionando por tanto el carácter supuestamente defensivo de dicha guerra, como sostiene la historiografía oficial israelí, por cuanto “las élites políticas y militares de Israel” estaban propiciando y esperando una oportunidad histórica para su expansión territorial y completar, así, la ocupación de toda Palestina.

Del mismo modo, utilizando fuentes documentales israelíes (las actas de las deliberaciones del gobierno durante los casi tres primeros meses después de concluida la guerra e iniciada la ocupación),  Pappé muestra que la retención de los territorios palestinos, lejos de responder a su potencial utilización como una carta en futuras negociaciones, estaba dictada por una evidente apuesta de permanencia y apropiación, suscrita por todas las corrientes políticas e ideológicas integrantes en el decimotercer gobierno israelí que, a su vez, mostró el más amplio “consenso sionista” mantenido hasta hoy. De hecho, como señala el autor, “Casi la mitad de los propios ministros asistentes a las reuniones de 1967 eran veteranos de la limpieza étnica de Palestina en 1948”.

Más allá de algunos comentarios deliberados de cara a la diplomacia internacional, con objeto de aligerar la posible presión sobre Israel para que devolviera los territorios que había ocupado, el verdadero propósito estaba inscrito en el proyecto colonial sionista en Palestina. En consecuencia, se emprendió una anexión de facto de los territorios, pero no de iure para guardar las formas. De aquí que el autor cuestione el propio término de “ocupación” porque resulta engañoso en la medida en que una “ocupación militar” implica cierta provisionalidad o temporalidad,  mientras que la ocupación israelí tiene una clara voluntad de permanencia, de perpetuarse en el tiempo; además de crear “una falsa impresión de separación entre Israel y las zonas ocupadas”, transmitiendo “la inaceptable dicotomía entre un Israel <<democrático>>  y unos territorios ocupados <<no democráticos>>”. En su lugar, Pappé considera más pertinente la expresión de “colonialismo de asentamiento” para describir esa realidad, ensayada previamente en los territorios de 1948; y sobre la que el autor ha escrito una obra anterior: Los palestinos olvidados. Historia de los palestinos de Israel (Madrid: Akal, 2017).

Un dilema constante del movimiento sionista primero y del Estado israelí después ha sido la relación con el territorio palestino y su población autóctona. Sus ansias por controlar la mayor extensión de la Palestina histórica con el menor número de población palestina que vivía en ella se sorteó en 1948 mediante la limpieza étnica. Pero en 1967 la situación había cambiado sustancialmente para reproducir una experiencia de semejante dimensión, pese a que también se condujo al exilio a unos 300.000 refugiados; y se ha mantenido desde entonces una limpieza étnica más sutil, mediante la asfixia política, económica y social para incentivar la salida por goteo de la población nativa.

De manera que el modelo adoptado por Israel en los territorios palestinos ha sido el del apartheid, caracterizado en el caso israelí por conservar los territorios, no expulsar masivamente a su población como en el pasado, pero tampoco concederle derechos de ciudadanía. El intento por aunar estos tres objetivos configuró “una realidad inhumana y despiadada”.  De hecho, en opinión del autor, dio lugar a una megaprisión “a cielo abierto”, la más grande conocida en la época moderna, con dos versiones: una posee ciertas dosis de “vida autónoma”, bajo el estricto “control israelí”, “directo e indirecto”; y otra carece de autonomía y está  “sometida a una severa política de castigos, restricciones y, en el peor escenario posible, ejecuciones”. De manera que si no cooperaban ni “aceptaban la primera” (Cisjordania), “tendrían la segunda” (la Franja de Gaza).

Este modelo de megaprisión para explicar la vida en los territorios ocupados lo toma Pappé del “panóptico” concebido por Jeremy Bentham, en el que los guardianes pueden ver en todo momento a los prisioneros, sin ser vistos por éstos; y también de las aportaciones de Michel Foucault, que consideraba que semejante “sistema de control no tenía necesidad de imponer barreras físicas, ni de que no se  vieran a los guardianes”.

En su recorrido por más de medio siglo de ocupación, Ilan Pappé recoge el diseño estratégico elaborado por las élites políticas y militares israelíes, su política del “palo” (castigos individuales y colectivos) y la “zanahoria” (recompensas económicas), el legado de los sucesivos gobiernos israelíes: laboristas, Likud y diferentes coaliciones; además de la respuesta de la población ocupada, con sus ciclos de movilizaciones y protestas que, a su vez, desembocaron en la primera y segunda Intifada. Sin olvidar la “farsa de Oslo” o del ficticio proceso de paz, que Israel ha utilizado como cortina de humo para seguir profundizando en la ocupación y, en suma, en la colonización de asentamiento.

Como otros trabajos del autor, caracterizados por el rigor, fundamentación, documentación y claridad expositiva, en el de La cárcel más grande de la tierra Pappé asume también el compromiso en la denuncia de la injusticia. No pasa por la historia, esta historia de los territorios ocupados, mirando para otro lado. En suma, no es indiferente a la opresión y sufrimiento humano, ni deja indiferente a sus lectores. Por el contrario, su obra llama repetidamente la atención sobre la connivencia e indiferencia internacional ante los atropellos sistemáticos de los más básicos derechos humanos que viene cometiendo Israel desde su emergencia a mediados del siglo XX.  Es más, su inmunidad e impunidad no es precisamente ajena a esa connivencia e indiferencia internacional.

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  • José Abu-Tarbush

    Profesor titular de Sociología en la Universidad de La Laguna, donde imparte la asignatura de Sociología de las relaciones internacionales. Desde el campo de las relaciones internacionales y la sociología política, su área de interés se ha centrado en el mundo árabe con especial seguimiento de la cuestión palestina. Blog del autor: https://www.tendencias21.net/mundo/

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