Nombres metirosos, Fuentetaja Las Palmas

Nombres mentirosos

Alberto Cubero González

Hay personas que tienen más de un nombre y entonces no sé si da igual llamarlas de una manera o de otra. En nuestra casa solo tenemos uno. Papá se llama Andrés, mamá Sara y yo Daniel. Tengo casi siete años. Con nosotros vive la abuela Catalina, que tiene dos nombres. Papá la llama también Cacatúa, pero solo si no está mamá ni la abuela. Hoy tendremos una cena especial. Mamá me ha dicho que esté quieto y que me dedique a mis cosas. Vendrán los vecinos. Mamá les llama Marta y Paulino, pero papá prefiere llamarle a él Pichafloja. A ella, cuando habla con sus amigos, la llama Melones, pero nunca delante de mamá. Papá le dijo a mamá que también vendrían Jefe y su mujer, Estirada. Nunca había oído ese nombre.

—No vayas a meter la pata con Jefe. Cuidado con la bebida —le dijo mamá.

Papá levantó los ojos y movió los labios, pero no dijo nada.

—¡Ah!, y sé amable con los vecinos, ya sabes que nos ayudaron mucho con la mudanza —insistió mamá.

Papá también ayuda a Melones a llevar las bolsas de la compra hasta el ascensor cuando no está mamá. Si mamá está con nosotros, la ayuda muy poco o nada. A veces, en el ascensor, papá se queda mirando el collar de Melones, aunque no lo tenga puesto. Ella sonríe y se pone colorada. Una vez le dijo por teléfono a un amigo que Melones le ponía una moto, pero ni ellos ni nosotros tenemos una moto. No sé a qué se refería.

Hoy cenaré antes que ellos y después podré jugar. Por algo ya soy mayor. La abuela no tuvo que llegar porque vivía con nosotros. Sí llegaron Jefe y Estirada con unas botellas que le dieron a papá y mamá después de los besos. Luego vinieron los vecinos y papá recogió más botellas. Hizo pasar a Pichafloja y se quedó mirando el collar de Melones, aunque hoy tampoco lo traía puesto. También se besaron, menos mi papá y Pichafloja. Todos me hicieron monerías. Descubrí que también me entretiene mirar el collar invisible de Melones. Allí tiene las tetas, como mamá, pero más grandes. Cené en la cocina con la abuela y después me fui al salón a jugar. Podía verlos en el comedor y tenía enfrente a Melones.

En la cena papá, Jefe y Pichafloja hablaron de cuando eran niños, de fútbol y de más cosas.

—No hables de política, que lo que digas puede enojar a Jefe —le había dicho mamá.

—No te preocupes, me pondré a su nivel y hablaré también como un carca —le contestó papá.

No sé a qué se refería, pero me da que no le hizo caso a mamá, por lo que dijo Jefe al final de la cena, después de hablar papá.

—No creía que pensaras así, Andrés. Sal de la caverna, hombre.

A papá se le puso la cara roja y se disculpó mientras se levantaba. Lo hizo tan rápido que arrastró el mantel y tiró su copa de vino sobre el vestido de Estirada, que estaba a su lado. Hubo revuelo y me dio la risa y todos me miraron muy serios. Mi abuela dijo que se iba a dormir y salió moviendo la cabeza de un lado a otro mientras miraba a papá. Estirada fue al baño con mamá para limpiar el vestido.

—Voy a preparar café —dijo papá.

—Te ayudo —dijo Melones, y fue tras él.

Vi a papá ponerle la mano más abajo de la espalda al torcer hacia la cocina.

Mamá regresó del baño y dijo que iba a por vinagre para limpiar el vestido de Estirada.

—Andrés, ¿qué haces? —oímos a mamá desde la cocina.

—Nada, solo intentaba arreglarle la cremallera del vestido, que se ha roto —dijo papá.

—¡Ya! —se oyó a mamá, como cuando está enfadada.

—¿Tienes un imperdible, Sara? —preguntó Melones.

No oímos la respuesta de mamá, pero la vimos salir, buscar la cesta de la costura y volver a la cocina con el imperdible.

Creo que papá había metido la pata otra vez.

Jefe y Estirada se marcharon después del café.

Cuando nos quedamos solos con los vecinos se me ocurrió preguntar:

—Papá, ¿vamos a ir a cenar un día a casa de Pichafloja y Melones?

Todos quedaron en silencio. Se miraron y me miraron. Los vecinos se levantaron, se despidieron y salieron de casa.

Después papá y mamá me explicaron todo lo referente a los nombres verdaderos y a aquellos que son mentirosos y me mandaron a la cama. Mi nombre, Daniel, es verdadero. Tuve la impresión de que había metido la pata y, por los gritos que oí antes de dormirme, me parece que papá también. Mamá le llamaba Bocazas y Ojoalegre, que me parecen nombres mentirosos. No lo entiendo, porque habíamos quedado en que no se debe poner a nadie nombres como esos.

Creo que, aunque los vecinos no quieran volver a cenar con nosotros, como piensa mamá, papá seguirá ayudando a Marta con las bolsas y seguirá mirando sus collares.


Fuentetaja-Las Palmas

Alberto Cubero González vivió su infancia en el pueblo de León donde nació en 1951. Tuvo su formación principal en Madrid y ejerce la profesión de médico en las Palmas desde hace más de 35 años. Desde hace dos ha tenido la oportunidad de vislumbrar los misterios de la creación literaria, una vocación hasta entonces latente, con la ayuda de los talleres de escritura creativa Fuentetaja y de la mano de los maestros del relato.

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    Talleres de Escritura creativa en Las Palmas de G.C. coordinados por el escritor Carlos Ortega Vilas

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