El siete invertido

Un relato de Antonio Arias

El siete invertido

Antonio Arias

A sus ocho años, camino a la comisaría, su padre le había explicado la importancia de aquel pequeño cartón que toda persona adulta debe tener. La seriedad de aquellas palabras y la promesa de churros con chocolate una vez terminaran los trámites —¡churros con chocolate!— hicieron de aquella una mañana inolvidable. Tras las preguntas, el funcionario le tomó el dedo índice, lo embardunó en tinta y lo estampó sobre el cartón, junto a su foto. Ya sólo faltaba su firma. Y eso sí que no lo esperaba. ¡Su firma! Pero ¡no le habían avisado! ¡No había tenido tiempo ni siquiera de pensarla! ¡Imposible! ¡No estaba preparado! Su padre le tendió el bolígrafo de plata que siempre llevaba en el bolsillo de la camisa, el que usaba para firmarle las notas del colegio, y fue entonces cuando no le cupo duda de la gravedad del momento. Tomó el bolígrafo de las cosas importantes y, temblando, alzó la mirada. Su padre se encogió de hombros. Aquello era asunto suyo, su primera gran decisión. Se concentró fijamente para no desviarse ni un milímetro, posó la punta del bolígrafo en el centro de la casilla y dibujó un garabato. Un siete invertido. Y luego, ¡churros con chocolate!

Pasado aquel primer trance, lo de la firma pasó a ser un juego. En el patio se sentaba con la pandilla y juntaba letras en torno a aquel siete invertido, compitiendo con todos por ver quién inventaba el mejor autógrafo para cuando, de mayores, fueran futbolistas famosos. Aún vivía en el mágico convencimiento de que las firmas eran armas poderosas con las que los adultos podían conseguir la paz en el mundo o poner fin a la matanza de las ballenas. Y él, algún día, tendría la suya.

La adolescencia supuso un cambio. En realidad, una indefinición. Y la letra y el trazo de su signatura se hicieron impredecibles. Así, por ejemplo, nada tenía que ver la autoritaria y tosca a rotulador negro en su ficha de capitán del equipo de fútbol con la de suave y romántico ondular de letras rojas en la carta a su amor de verano. Ni el calígrafo más experimentado hubiera podido certificar que ambas firmas eran de la misma persona. Innumerables versiones se acumularon en aquellos años de contrasentidos pero, en cada una de ellas, el siete invertido seguía estando allí.

Inevitablemente, su firma, como la de todo adulto, se convirtió en la aceptación de una responsabilidad, en el sello de un compromiso, en la atadura, en la obligación. Ahora era, nada más y nada menos, que la palabra dada y escrita. Y entonces sí que, sin más remedio, tuvo que modelarla inequívoca, única, personal e intransferible. Y por supuesto, ilegible, por mor a esa inexplicable benevolencia general hacia ese trazo tan íntimo.

Su firma, por fin definitiva, tomó la forma de un abrupto subir y bajar de líneas con subrayados y rúbricas. Una firma que, aun manteniendo siempre su pilar básico, su siete invertido, nunca fue ajena al significado de cada momento. Así, en la inscripción de su matrimonio y en el alta de sus hijos en el registro —días de churros con chocolate—, ese personal subir y bajar de líneas se exageró como una descomunal montaña rusa. Las aes y las oes se inflaron hasta parecer globos, y los rabillos de las tes se alargaron hasta el infinito, ocupando todo el espacio, robando centímetros descaradamente a las casillas adyacentes de otros datos irrelevantes, como los de «municipio» y «edad». Sin embargo, en otros devenires más tristes, como en la decepción de su divorcio o en el necesario aval bancario cuando las cosas estuvieron duras, las aes y oes adelgazaron tanto que casi parecían úes o íes, y los abruptos picos y valles se hicieron indistinguibles, como si hubieran querido encogerse y fundirse en único trazo. En esos malos momentos, su firma se arrimaba a una esquina de la casilla, empequeñeciéndose, pretendiendo esconderse o hacerse invisible.

Cuando llegó el día de su última firma, la de su última voluntad, su crónico temblor de manos ya le imposibilitaba escribir algo reconocible. Hacía mucho tiempo que su firma ya no transmitía la fuerza y decisión de años atrás. Ya incluso en las últimas ocasiones unos puntos de tinta diseminados sobre el trazo denotaban su incapacidad para firmar de un solo tirón, como si tuviera que detenerse a tomar aire entre letra y letra.

Se negó a que otros le guiaran la mano. Acercó el documento a su cara y, como aquella primera vez, posó el bolígrafo en el centro de la casilla. Luego, muy despacio, tomándose todo el tiempo del mundo, escribió con letra firme un garabato parecido a la inicial de su nombre, un siete invertido.

Don Luis —Luis, Luisito— dejó el bolígrafo sobre el papel y, como el niño que ha logrado una gran hazaña, lanzó a los presentes una sonora carcajada y reclamó el premio prometido. Churros con chocolate.


Fuentetaja-Las Palmas

Antonio Arias Febles (Las Palmas de Gran Canaria, 1963) es, como él mismo reconoce, un escritor de vocación tardía. De hecho, no publica su primer libro de relatos —Imagina que te cuento— hasta el 2012, de vuelta y ya de nuevo establecido en su ciudad natal tras una larga estancia de doce años en Madrid. Otros libros del autor son: Mirtokistán y otros relatos y La mujer incompleta y otros relatos.

En estos últimos años Antonio Arias ha participado, además, en diversos proyectos literarios, entre los que cabe destacar su colaboración en la edición de Relatos entre amigos (2014), una antología colectiva de autores canarios. Asimismo, ha publicado en varias ediciones digitales de Purorrelato, iniciativa de Casa África.

  • Fuentetaja-Las Palmas

    Talleres de Escritura creativa en Las Palmas de G.C. coordinados por el escritor Carlos Ortega Vilas

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