Carnaval, transgresión, Rock Hudson

Carnaval, claves para su correcta transgresión

Un americano, un ruso, dos canarios y un italiano

Carnaval de Río de Janeiro de 1958. El de la fotografía es Rock Hudson (Roy Harold Scherer, Jr.), que pasa allí diez días yendo de una fiesta a otra. No tiene intención de transgredir nada,  solo pretende divertirse. En su vida cotidiana tiene que disimular su verdadera orientación sexual, venderse como galán heterosexual de Hollywood. Pero en Río se le olvida la pose ficticia, se relaja, baila y bebe y se ríe mucho. No se puede estar más feliz, salta a la vista. Lo que no se espera es convertirse en un icono, una luz para los verdaderos transgresores del Carnaval.

El año anterior, buena parte de la prensa y los sectores más conservadores del país habían protestado por la deriva descarada y peligrosamente sexual a la que los homosexuales estaban llevando la fiesta más famosa del mundo. Las autoridades tomaron medidas para que el carácter de transgresión y permisividad del Carnaval respondiera más a las buenas costumbres sociales y no se cruzaran ciertas líneas rojas, ni de ningún otro color no autorizado. Toda una declaración de principios contradictorios para manejar la fiesta de las fiestas que, al menos en teoría, debía ser permisiva, liberadora, transgresora y caótica por naturaleza.

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Rock Hudson en el Bal Masqué del Hotel Gloria de Río de Janeiro, Brasil. Publicada en la revista Manchete en 1958.

Entonces, una de esas noches de fiesta, llega Rock Hudson al baile de máscaras del Hotel Gloria. Viene del brazo de Ilka Soares, la actriz que lo acompaña durante toda su estancia y con quien la prensa quiere emparejar y obtener así titulares sabrosos. En un momento dado, en pleno desenfreno fiestero, alguien se acerca al actor y le coloca la banda que luce sobre su pecho, que pone en letras doradas: Princesa del Carnaval. Él se deja fotografiar rodeado de gente, feliz, con los ojillos etílicos y una gran sonrisa auténtica, de uno más, no de actor. Pocos pueden en ese momento conocer la ironía que contiene la imagen: el gran galán hetero es homosexual. Pero él sí lo sabe y deja que lo conviertan por un momento en la reina del Carnaval, con toda la naturalidad. Un gesto aparentemente insignificante, pero también una declaración de principios para algunos que “entendieron” el mensaje, más en consonancia con la esencia de la fiesta. Su mirada feliz, de sutil transgresión, lo delata.

***

El que mira a la cámara con cara de susto y de estar pasando algo de hambre es Milhail Bakhtin. Es ruso, nacido en Oryol en 1895 y, aunque no lo parezca, hay algo en su forma de pensar que lo une a Rock Hudson y al resto de “transgresores” carnavaleros.

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Milhail Bakhtin en 1920. Fuente: Wikimedia Commons.

Cuando ingresa en la facultad de Historia y Filosofía de la Universidad de Odessa, se encuentra en el entorno ideal para dar rienda suelta a su imaginación y comienza a escribir libros que no le traen más que disgustos. El primero es Problemas de la poética de Dostoevsky, que pretende publicar en 1929. No lo consigue y, a cambio, se gana una condena de 10 años de trabajos forzados en el campo de Olovki. Debido a su delicado estado de salud, le conmutan la pena por seis años de exilio en la remota ciudad de Kostanay. Y allí sigue escribiendo. Cumple su condena y se instala en Moscú.  Le amputan una pierna a causa de la osteoporosis, pero eso no le quita las ganas de escribir. Y así llega a una de sus obras cumbre: La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: el contexto de François Rabelais (1941). En ella dice cosas como estas: «La llama única del Carnaval es la llamada a renovar el mundo».  Así que lo normal es que la obra no guste demasiado a las autoridades cuando la presenta. La tachan de anárquica y mundana, y a Bakhtin le deniegan el doctorado. De alguna forma, le están dando la razón. El libro se publica en 1965, cuando a Bakthin le quedan apenas diez años de vida. Con ella se inaugura el debate moderno sobre la interpretación del Carnaval.

Lo que viene a decir el libro es que el Carnaval es un espacio y tiempo de transgresión de la cultura oficial, de las normas y valores de la clase dominante. El poder de las autoridades del Estado y de la Iglesia puede ser rechazado por los dominados, pero solo de forma simbólica. A través de las representaciones picarescas, utilizando un lenguaje soez y disfraces, que por ejemplo representaban los genitales, el pueblo se burla de la cultura y los valores de las clases altas. Los impulsos sexuales reprimidos se liberan en un ambiente festivo que permite la abolición provisional de las relaciones jerárquicas, los privilegios, reglas y tabúes.

La foto está tomada en 1920. En otras posteriores se lo ve con la misma cara de susto, pero ya más repuesto, más bien serio.

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El de la siguiente foto es Juan Curbelo, Juanito el Pionero, en el Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria sobre el año 2000. Despliega los volantes de su vestido como si fueran alas, quizá lo sean. La sonrisa leve, cansada. El cuerpo en equilibrio perfecto, ligeramente ladeado a lo Carmen Miranda, con su tocado de plumas y todo, no pierde el paso de la Cabalgata.

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Imagen del vídeo “Extracto del programa “Noches de Carnaval” (Cadena Ser) en marzo de 2000″. Publicado por Raúl Díaz del Rosario en Youtube.

Un día cualquiera de Carnaval durante los años de la dictadura, está en su casa vestido de calle. Ordena la ropa de mujer con la que va a acudir a la fiesta prohibida. Espera que anochezca para salir y encontrarse con otras mascaritas, ir a un lugar seguro y transformarse en otra persona, la que le gustaría ser en realidad y no puede. No solo el Carnaval es ilegal, también el ser homosexual. Pero esa noche, a Juanito le da igual y sale a divertirse, incluso se atreve a ir con sus amigos hasta la Plaza del pueblo de La Isleta. Algunos vigilan por si llega la policía subiendo la cuesta, otros bailan y cantan. Son unas horas de libertad y rebeldía, de transgresión de las normas, de todas. La diversión está controlada, la sexualidad también. Así que es admirable que un puñado de personas reivindiquen ambas a pesar del peligro.

Otro día, cuando cuenta con 16 años, la policía lo detiene y lo envía a la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefia, en Fuerteventura. Ese es el eufemismo oficial para nombrar el campo de concentración donde se encierra a vagos y maleantes según la ley de 1933, adaptada por el franquismo para incluir como delincuentes a los homosexuales. Su crimen debe ser grave, quizá incluya la tentativa de diversión y organización carnavalera con nocturnidad y alevosía, y le cae la pena máxima. Le piden que renuncie a su condición de homosexual. Los encargados del centro tienen métodos para ayudarlo en ese propósito, quiera o no quiera. Y no quiere. No renuncia porque es imposible y porque no le da la gana. Le prescriben el tratamiento oficial: violaciones, torturas, humillaciones, palizas. Pero él sigue igual, con más magulladuras físicas y más cicatrices por dentro, pero con el deseo y la imaginación intactas cuando sale de la cárcel, tres años después.

Años más tarde, el recuerdo ya hizo lo suyo, ahora no tiene sentido. Juanito sigue bailando por las calles de la ciudad durante el Carnaval. Se enorgullece de ser la primera Drag de la fiesta. Transgresión, rebeldía, valentía. Él sabrá, poca gente más. El caso es que despliega sus alas y vuela.

***

Este es Alonso Quesada (Rafael Romero Quesada) en su casa de Moya, Gran Canaria, sobre 1920, posando con su perro a lo Oscar Wilde. Es periodista; poeta; autor dramático; narrador curioso, irónico, feroz y burletero de las costumbres y personajes de su época. Lo mismo le da por extrañar el mar y la luz que lo rodea que  maldecir la falta de nuevos horizontes. Igual censura que admira la rutina de la colonia inglesa o los hábitos de sus paisanos. Al parecer, no le gusta demasiado el Carnaval.

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Alonsos Quesada. Fuente: FEDAC.

El 19 de febrero de 1920 es quizás el último de los tres días que los cánticos no lo dejan dormir. Se levanta temprano para ir a trabajar en el Puerto. Es Jefe de Cartera en el Bank of British West Africa. Por supuesto, habla inglés y el español atlántico de la mayoría de sus conciudadanos, de quienes, en esta mañana de Carnaval, debe estar bastante harto. Escribe:

«… Desde el señoritingo de pantalones de odalisca hasta el último jayán, se pasaron los tres días cantando ese cielito repugnante, con una crueldad de infierno. Ni un rasgo de gracia, ni un gesto espiritual. […] No hay palabras con que expresar la incomodidad del ciudadano discreto ante la estólida diversión. […]

»¿Qué descubre esto? No descubre nada, claro. No es más que una triste confirmación de la absoluta desgracia insular. En otros lugares el pueblo es ordinario y brutal muchas veces, pero es pueblo y suele tener gracia y, sobre todo, personalidad.

»Pero esta gente agorilada no hace sino imitar las cosas tontas de los otros con mayor plenitud de tontería. Después de los momentos de indignación viene la tristeza, el desconsuelo de no encontrar ningún resquicio espiritual con que poder uno solazarse.

»Fue en verdad edificante el espectáculo carnavalesco. Queremos apuntarlo en este pequeño volante de recuerdos, con unas sencillas palabras.

»Decididamente, este pueblo es estúpido.»

(extracto de Cielito infernal. Publicado en Insulario, 1988. pags. 164-165)

Una vez aliviado, cierra su libreta, la guarda en su cartera, toma el libro de contabilidad y se pone a trabajar. Desde su oficina aún escucha los cánticos, mezclados con los sonidos del trajín portuario y las voces de los clientes, ingleses en su mayoría, sobre los que ya escribirá en otro momento.

Hoy en día no tendría precio como pregonero. No sabemos si Quesada se divierte mucho, pero transgresor sí que es. Al menos, de las normas no escritas del Carnaval.

***

Este señor es el último de la fiesta. La vista cansada de leer y escribir, los tirantes que le dan ese aire de intelectual elegante, los libros selectos y expuestos en la vitrina. Es una “rata de biblioteca”. Umberto Eco, como otros autores dedicados a escrutar el sentido del Carnaval, lee a Bakhtin y escribe un texto para poner en duda su teoría o, más bien, matizarla. Se titula Los marcos de la “libertad” cómica, y comienza así: «La IDEA de carnaval tiene algo que ver con lo cómico». Y eso lo lleva a  preguntarse por la definición de lo cómico. No la encuentra, pero sí la de comedia, que debe de estar en el segundo tomo de la Poética de Aristóteles. Pero como ese libro o nunca se escribió o se perdió, busca en el Tomo I de la Poética, en Retórica y en otros documentos postaristotélicos, como el Tractatus Coislinianus. Y así llega, por “suposición aproximada”, a delimitar algunas diferencias entre la tragedia y la comedia. En resumen, llega a la conclusión de que el efecto cómico se realiza cuando hay violación de una regla,  y que esta definición nos lleva a la idea de Carnaval: «Al asumir una máscara, todos pueden comportarse como los personajes animalescos de la comedia», y participar de una fiesta donde se transgreden todas las normas y se tutea a los poderosos.

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Umberto Eco en su casa. Fuente: Wikimedia Commons.

Hasta aquí, Eco sigue a Bakhtin y su tesis sobre el carnaval: el mundo al revés, la revolución que destrona a los reyes y corona a la multitud. Pero se hace unas cuantas preguntas interesantes:

«… por qué el poder ha utilizado circenses para calmar a las multitudes; por qué las dictaduras censuran las parodias y las sátiras pero no las payasadas; por qué el humor es sospechoso y el circo es inocente; por qué los medios de comunicación, que sin duda son instrumento de control social, se basan principalmente en lo chistoso, en lo ridículo, o sea, en la carnavalización continua de la vida.»

¿La letra de un tema murguero? Unas cuantas cuestiones que no parecen muy divertidas, pero que igual conviene hacerse de vez en cuando. Eco llega a la primera conclusión: There is no business like show business: «Para apoyar el universo de los negocios, no hay mejor negocio que el espectáculo». Porque el carnaval de hoy, al contrario que la fiesta primigenia, no solo está limitado en el tiempo, sino también en el espacio: ciertas plazas y calles escogidas y, sobre todo, enmarcado en la pantalla de la televisión como un espectáculo más.

Eco llega a la conclusión de que esa revolución que anuncia Bathkin es imposible. Toda revolución crea otro marco de normas a transgredir, y esa transgresión es en realidad ficticia:

«En este sentido, la comedia y el carnaval no son instancias de transgresiones reales: al contrario, representan claros ejemplos de reforzamiento de la ley. Nos recuerdan la existencia de la ley».

El carnaval se convierte en una fiesta oficial más, con sus normas a seguir. Una celebración temática, patrocinada, subvencionada, organizada con fondos públicos y privados. Un espectáculo mediático que debe mostrar originalidad; diversión; permisividad; transgresión. Aunque dificilmente lo consigue, costreñida por la corrección política, la ofensa judicializada, la intención de prohibir disfraces.

***

Casi al mismo tiempo que Alonso Quesada, enfermo y con tendencia a la tristeza, escribe: «Vivo irremediablemente en una lejana población de provincias que tiene un casino lleno de andróginos y pisaverdes, de quienes me río con mi más ordinaria risa, todos los días»; Milhail Bakhtin, en la poco carnavalera y lejana ciudad de provincias de Vítebsk, en Bielorrusia, comienza a tramar sus teorías: «El principio de la risa y el espíritu de carnaval en el que se basa lo grotesco destruye esta seriedad limitada […] Libera la conciencia, el pensamiento y la imaginación humanos en busca de nuevas potencialidades. Por esta razón, los grandes cambios, incluso en el campo de la ciencia, siempre van precedidos de una cierta conciencia de carnaval que prepara el camino».

El mismo año que Rock Hudson muestra en el Carnaval de Río la más bella sonrisa que le fotografiaron, evidentemente feliz y auténtico; Juan Curbelo sale de la cárcel. Ha pasado allí tres años, acusado de intentar hacer lo mismo que Hudson en su ciudad, en sus calles. Lo tiene más difícil para sonreir, pero al final lo consigue. El rostro exageradamente maquillado, un traje de lentejuelas verdes y brillitos dorados, enormes volantes de tul, un tocado de plumas y mucho baile le bastan para mostrar que el que ríe el último…

Umberto Eco, en El nombre de la rosa (1985): «Cuántas mentes corruptas como la tuya extraerían de este libro la conclusión extrema, según la cual la risa sería el fin del hombre».

Y al final todos rien. Al menos, eso los une.


Fuentes:

El Carnaval y su influencia: Algunas lecturas antropológicas. Joan Prat i Carlòs. Área de Antropología Social, Tarragona. Institut Català d’Antropologia (ICA).

Los márgenes de la “libertad” cómica. Umberto Eco. Del libro ¡Carnaval! Umberto Eco, V. V. Ivanov, Monica Rector. Fondo de Cultura Económica S.A., México DF, 1989

Beyond Carnival: Male Homosexuality in Twentith-Century Brazil (pags. 219-222). James N. Green. University of Chicago Press, 1999.

Tiempos de Carnaval. El ascenso de lo popular a la cultura nacional (Lima, 1822-1922). Rolando Rojas Rojas. Institut français d’études andines, Instituto de Estudios Peruanos, 2015.

El cielito infernal, Alonso Quesada (1920). Insulario. Edición de Lázaro Santana. Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, 1988.

Recemos para que dejes de ser gay. Jonás Vega Morera. Reportajes, Revista 7iM (2016)

Miguel Alcántara Cabrera – 82 – Abuela del Carnaval de Las Palmas de GC. Rubén Grimón (Proyecto Islanders). Perfiles, Revista 7iM (2016)

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  • Gustavo Gil

    Las Palmas de G.C. 1965. Se licenció en Ciencias de la Información en Madrid y estudió cine en los EE.UU. y Cuba. Ha trabajado varios años como realizador y dirige la productora Conspiradores entre Madrid y Las Palmas de G.C. Cada vez tiene menos cosas y más proyectos. El último es la revista 7iM, de la que es codirector. Por lo demás, se encuentra bien, intentando trabajar lo menos posible.

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