Samuel Aranda, Periodismo, Fotografía, Nómadas

Entrevista a Samuel Aranda

«No quiero vivir en un país en el que la Guardia Civil fríe a tiros a los africanos en el mar»

Si al final todo fuera solo cuestión de distancias, de límites espaciales y temporales, de personas que se mueven o deciden pararse, posiblemente no necesitaríamos narradores ni fotógrafos. Las distancias son importantes, pero de una forma u otra, todo el mundo viaja. La cosa es que no todos hacen el mismo recorrido en su cabeza. El viaje mental, aguzar los sentidos, la mirada. Y luego contarlo.

Es obvio que Samuel Aranda tiene esa mirada fina, aguda. Tenía que afinarla ya en su primer trabajo. Revisaba los contadores de gas yendo de edificio en edificio en su motocicleta. Y también pintando grafitis que luego fotografiaba, lo que lo llevó a algún lío judicial. Luego se puso a fotografiar lo que pasaba en su barrio de Santa Coloma de Gramanet, y de ahí saltó en poco tiempo a convertirse en uno de los mejores fotógrafos de la actualidad.

Ahora tiene un premio World Press Photo en 2011 y el Ortega y Gasset en 2016, pero parece darle más importancia a tener un lugar al que volver; a sus libros; a la mirada siempre dispuesta, crítica, precisa.

En la presentación de Nómadas en Casa África, alguien pregunta sobre el terrorismo. Y él, pidiendo disculpas por la matización, aclara que algo que lo molesta mucho es que nos olvidamos con facilidad de que es eaquellos lugares lejanos donde más se sufren los atentados, los bombardeos, el conflicto interesado inspirado por otros que se declaran víctimas. Se hace un pequeño silencio en la sala que los autores rompen cuando vuelven a relatar anécdotas de su convivencia con los pastores del Sahel. «Les puse una película en mi portátil —cuenta Samuel—, creyendo que los iba a sorprender. Pero no le hicieron ni caso. Miraron por un momento y volvieron a sentarse junto al fuego para seguir contándose historias».

Samuel Aranda parece un tipo serio, algo tímido. Uno piensa que será por todo lo que ha visto por el visor. Sin embargo, explota con facilidad en una risa contagiosa y optimista. Los ojos le brillan cuando habla de fotografía, que para él es lo mismo que hablar de la vida; de periodismo; de viajes; de contar historias. No le da importancia al hecho de ser fotógrafo o, más bien, le da la misma que a otras profesiones. En una ocasión dijo que en España no hay respeto por la fotografía. Y eso parece en un país en el que un fotógrafo solo es noticia cuando gana premios o es secuestrado en un país lejano, pero donde raramente se le reconoce su trabajo.

Le pido unos minutos para hablar sobre fotografía y periodismo y, de paso, también de la actualidad, lo único que hace que le cambie el semblante y se encienda con lo sucedido en Cataluña, con un gobierno que parece insensible a todo lo que no sean datos macroeconómicos, y con una sociedad que parece paralizada. Luego vuelve a sonreír, pide disculpas y habla de su gusto por trabajar con los niños, de sus nuevos proyectos, de su optimismo por el futuro del periodismo.

Samuel Aranda, Fotografía, Nómadas, Periodismo***

¿Estás entre España y..?

Me obligué a volver a Cataluña, necesitaba encontrar mis raíces otra vez. De eso hace ya cuatro años. Compré un pisito allí, donde tengo mis libros, que para mí significa estar en el sitio al que pertenezco. Así que estoy entre Cataluña y el resto del mundo.

Y en ese resto del mundo, ¿cómo es el pasar de un paisaje en guerra a trabajar en un espacio donde, aparentemente, no transcurre el tiempo?

Yo soy partidario de quitar hierro a nuestra profesión, en el sentido de que el peligro es muy puntual. No vas a un sitio y están todo el día bombardeando. Mi trabajo nunca ha sido hacer ese tipo de fotografía. He hecho fotos en algún sitio peligroso, pero hago muchas más en retaguardia. No me gusta darle mucha importancia a eso. Creo que esta es una profesión que escogemos, nadie nos obliga a hacerlo. Estar hablando de lo mal que lo pasamos o de lo difícil que es me parece que es ir en contra de lo que debería ser un fotógrafo documentalista.

Yo siempre he vivido la fotografía como una forma de vida. Hablaba con una chica, que es enfermera, y estoy seguro de que nadie le pregunta cómo lo hace cuando está con un paciente, si es duro o no. No entiendo muy bien ese punto de misticismo que rodea al corresponsal. Me molesta bastante.

Es verdad que hay momentos duros, en los que si hay que llorar se llora y no pasa nada, y si hay momentos de felicidad, se ríe y se baila y lo que sea, como cualquier persona. Todos hemos pasado por momentos difíciles y luego, al cabo de tres meses, pasas por un momento muy bonito. Así que la fotografía es eso: una forma de vida. Tiene momentos altos y otros más extremos, pero lo comparo a la labor de un bombero, un médico. Es el mismo tipo de perfil.

Hablaba con Martín Caparrós sobre la importancia del relato periodístico frente a otro tipos de relatos que parecen calar más en la sociedad, ¿qué piensas al respecto?

Pues, eso depende de los canales que utilices. Cuando trabajo en The New York Times (NYT), el impacto que tienen mis trabajos es brutal. He vivido realidades muy concretas en las que hemos conseguido cambiar realidades, y de una forma muy clara. Cuando me encargaron hacer un trabajo sobre la crisis española en 2012, en blanco y negro, recorriendo toda España, conseguimos que a varias familias les dieran la dación en pago. Al salir publicada la serie en NYT, a los bancos les entraba pánico y accedían a la dación. Eso recompensa mucho.

En el caso de Nómadas, se trata de otro formato, con otra forma de trabajar, historias diferentes que igual no son tan atractivas periodísticamente. Pero estoy seguro de que algunas personas de las que acuden a la exposición se llevan una imagen diferente, y la próxima vez que vean a un africano por la calle, un mantero, por ejemplo, a lo mejor lo miran de una forma diferente.

¿Está haciendo el periodismo su trabajo?

Yo solo trabajo con The New York Times porque es el único medio en el que creo ya, después de haber pasado por tantos medios. Es el único medio que no publica mentiras, al contrario de lo que están haciendo aquí los medios nacionales. Para poder publicar en el NYT, yo tengo que pasar un fast checking de cinco o seis filtros de editores, comprobación de datos, etc. Te piden hasta el original de la fotografía para comprobar que no ha sido retocado. Firmamos incluso un contrato por el cual, si voy a entrevistar a un político, éste no me puede invitar a comer. No podemos aceptar más de 5€ en este tipo de invitaciones. Y si se enteran de lo contrario, te echan. Se trata de una serie de controles que hace que se proteja el periodismo en su esencia. Así que si decido seguir haciendo periodismo solo será con el NYT. De hecho, me han ofrecido trabajar en otros medios y he dicho que no. Porque no es una cuestión de dinero, simplemente no confiaba en ellos… [pausa, risas] Bueno, no me hagas hablar más de la cuenta. El problema es que el periodismo en España ha dado un bajón muy gordo y, en gran parte, los responsable somos nosotros, los periodistas. Teníamos que haber sido más duros con lo que está pasando.

¿De qué forma?

Es que se ha perdido la línea editorial de la distancia. Los editoriales ya no son tales, son artículos de opinión. Yo he visto algunos sobre lo que está sucediendo en Cataluña —y cada uno puede tener su opinión política— que no eran informativos, eran pura opinión. Y eso dice muy poco de una democracia sana.

Hablando de Cataluña, ¿se rompió algo irreparable?

A mí lo que me entristeció fue ver a la policía dando hostias. Sí, creo que se rompió algo. Yo nunca he sido independentista, nunca he defendido una causa por sentirme de ningún país. Mis padres son inmigrantes de Córdoba. Pero lo que ha hecho el Gobierno español no tiene ni olvido ni perdón. Envió a la Guardia Civil y a la Policía Nacional, que salían de sus casernas gritando “A por ellos”, llegaron a Cataluña y nos reventaron a hostias. Yo ya sabía que teníamos un gobierno conservador, de extrema derecha —por eso no hay extrema derecha ni fascistas en España, porque están en el PP—, pero no esperaba una reacción de esa violencia. Ahora hay presos políticos en este país y políticos que han sido votados y no pueden volver a ejercer sus funciones. Al margen de sus ideas políticas, que nos pueden gustar o no, creo que ha significado un golpe de realidad sobre lo que tenemos en España. Hablo del PP, del Gobierno, no del resto de España. Han conseguido sólo tres diputados en Cataluña. No queremos ser gobernados por ellos nunca más. Estamos hartos de ellos. Y creo que eso va a ser irreconciliable, se ha roto.

Yo no quiero pertenecer a un Estado que ha acogido a menos refugiados que Hungría. Es decir, el gobierno más fascista de toda Europa ha acogido a más refugiados que nosotros. No quiero vivir en un país en el que la Guardia Civil fríe a tiros a los africanos en la frontera con Melilla, en el mar, donde mueren ahogados y no hay ninguna investigación. Un país donde meten a los africanos en la cárcel, mueren apaleados y tampoco hay ninguna investigación. Un país que entrega 30.000 millones a la banca para rescatarla y no pasa nada. En cualquier país democrático de verdad, Rajoy no podría seguir ahí. No tiene nada que ver con la independencia, tiene que ver con que yo no quiero que un hijo mío se críe en un país así.

¿Se contó mal lo que sucedió?

Periodismo. Lo que hablábamos antes: algunos deben demasiado dinero.

Me sorprende que, pese a todo, mantengas ese entusiasmo y optimismo respecto al periodismo.

El único truco es que no puedes tomártelo como un trabajo, tiene que ser todo, todos los días de tu vida.

Fotografía de la exposición “Nomadas”, de Samuel Aranda. Cortesía del autor y Casa África.

¿Cómo fue lo de trabajar con un escritor, como Martín Caparrós, en un formato como este?

Bueno, yo trabajo mucho con escritores en el NYT, aunque no en este formato. Lo último que he hecho es un trabajo sobre el Nilo, recorriéndolo entero en canoa con Xavi Aldecoa, corresponsal en África para La Vanguardia. Es un formato muy parecido a Nómadas, más expositivo, más cerca del público. Incluso montando talleres, cosa que a mí me gusta mucho, el trabajar con gente muy joven. Por ejemplo, en esta exposición, para las dos fotos grandes que has visto pegadas a la pared, yo siempre pido a los museos que pongan un cartel que ponga: “Por favor, tocar”. Es que a mí me molesta mucho llegar a los museos y que no se pueda tocar nada. Y, si te fijas, estas fotos son de mala calidad, están arrugadas… vi una vez a un niño tocando una foto y cómo se sorprendía. Y aquí pueden tocar la foto del baobab, y como está arrugada, de alguna forma pueden imaginar su tacto de verdad. La cosa es provocar sensaciones en el público, no solo que digan “qué fotos tan bonitas”. Eso no me interesa, pero hacer que un niño sonría con una de estas tonterías o se acuerde de la experiencia, eso me parece muy chulo.

¿Cómo estableces esa dinámica de trabajo con el escritor?

No es un trabajo, es una forma de vida. Yo estoy ahora hablando contigo y estoy viendo colores, luz, el rojo de esa planta, estoy componiendo una foto con aquella chica… no es un trabajo… [risas], aunque es un concepto que tiene su lado negativo, porque no consigues desconectar nunca. Yo no recuerdo los días que me he ido de vacaciones.

Y con Martín fue muy fácil. Nos conocimos en un café, donde estuvimos veinte minutos y la semana siguiente estábamos en un avión volando juntos hacia Malí. A veces pasa eso, que conectas mucho con una persona y todo fluye. Nunca hablamos de cómo íbamos a plantear el proyecto, de cómo iba a ser, ni sobre qué fotos necesitaba. Llegamos allí y nos pusimos a trabajar como si hubiéramos sido amigos toda la vida.

¿Algún otro proyecto con Martín Caparrós?

Sí. A mí me flipa como escribe. Ahora hicimos un proyecto en Senegal para la Fundación del Barça. Estamos también dándole forma a otro proyecto que hicimos en una prisión que han cerrado en Barcelona. Me dejaron entrar cuando ya estaba cerrada, pero aún no la había limpiado, y pude fotografiar las paredes de todas las celdas con una cámara de placas. Encontré desde poemas que habían escrito los presos, notas de amor, hasta una nota de suicidio. Aún estamos pensando, Martín y yo, donde lo vamos a publicar. Será un libro, una exposición… ya veremos.

Fotografía de la exposición “Nomadas”, de Samuel Aranda. Cortesía del autor y Casa África.

La exposición fotográfica Nómadas puede visitarse hasta el 4 de mayo de 2018 en las salas Kilimanjaro y Guinea Ecuatorial de Casa África.

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  • Gustavo Gil

    Las Palmas de G.C. 1965. Se licenció en Ciencias de la Información en Madrid y estudió cine en los EE.UU. y Cuba. Ha trabajado varios años como realizador y dirige la productora Conspiradores entre Madrid y Las Palmas de G.C. Cada vez tiene menos cosas y más proyectos. El último es la revista 7iM, de la que es codirector. Por lo demás, se encuentra bien, intentando trabajar lo menos posible.

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