Martín Caparrós, Nómadas, Casa África, Periodismo, Rodolfo Walsh

Entrevista a Martín Caparrós

«Se trata de postular que el hambre es algo que le sucede a los otros»

Martín Caparrós lleva ya unas cuantas mudadas, varios países, ciudades diferentes, formas distintas de vivir lo cotidiano. Le gusta relatarlo. Lo escribe en textos: treinta libros, entre novelas y no ficción, infinidad de artículos desde que comenzó en el diario Noticias con 16 años. Lo narra en documentales y hasta como actor —haciendo de periodista, claro—. Lo cuenta en persona, con esa voz grave y de ritmo bonaerense, preciso en la elección de la palabra, en la construcción de la frase. Le gusta lo simple, dice, no lo simplista. Y entonces cuenta anécdotas de sus dos semanas en Malí con Samuel Aranda. Quince días con un grupo de nómadas que, sorprendentemente, apenas mostraban interés en ellos. Habla del asado de cabrito que no le gustó; del señor antipático que trataba mal a una de sus mujeres; de cómo pasan el tiempo sin más que hacer que contemplar la actividad de los animales, cuidarlos porque son clave para su supervivencia; del nacimiento de un baifo que lo emocionó; del hombre estéril en busca de descendencia. Los pequeños detalles ordinarios que revelan lo específico de los otros. Los fula, los peul del Sahel. Unos que llevan siglos viajando sin parar por parajes inhóspitos, cosa que por otra parte, según Caparrós, es la forma más natural de vivir: Los humanos hemos sido nómadas durante mucho más tiempo. De sedentarios solo llevamos un rato.

Todo esto lo pueden ver en Casa África, en la exposición Nómadas,  con fotografías de Aranda y en el documental narrado por el mismo Caparrós. Así que aprovecho para robarle un ratito y proponerle hablar sobre la importancia del relato en estos tiempos tan interesantes para ejercer el periodismo. Medita cada pregunta como si fuera la primera vez que la escucha, toma un sorbo de vino, se toma unos segundos más, sonríe, y cuenta.

Martín Caparrós, Nómadas, Periodismo, Rodolfo Walsh

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¿Cómo es que llega y moviliza a más gente un relato construido con las premisas del  marketing que el relato periodístico?

Supongo que estás hablando de los relatos nacionalistas, tanto el catalanista como el españolista, que son, en muchos puntos, semejantes. Ambos reivindican la importancia de una nación, de la idea de patria por encima de otras ideas: la idea de clase; de estrato social; etc. Pero la enorme diferencia que hay entre el relato nacionalista y el de este tipo de problemas: lo que le puede pasar a un grupo de nómadas en el Sahel o lo que le puede pasar a 900 millones de personas que no tienen para comer; es que no hay nada que parezca más obvio que la pertenencia nacional y no hay nada que parezca más ajeno que el hambre, los nómadas… los problemas de los otros. Quiero decir que han conseguido convencernos de que esos no son nuestros problemas; de que no nos atañe el que hayamos armado una civilización que produce comida más que suficiente para todos y, sin embargo, que haya tantos que no comen lo suficiente. Eso es el problema de otros, de esos que no comen, o vaya a saber de quién. En cambio, el hecho de que algunos prefieran una bandera u otra es lo más nuestro que nos puede pasar. Bueno, son, como tú dices, éxitos espléndidos del marketing.

¿Contamos mal o no interesa contar, recordar que pasamos hambre, que hay gente que la pasa aquí mismo?

Claro que no interesa. De lo que se trata es de postular que el hambre es algo que le sucede a los otros, que nos es perfectamente ajeno. Es curioso, mira, hace unos años que hice la prueba de buscar en Google los términos “hambre y España”. Lo único que aparecía eran algunas ONG a las que uno podía dar dinero para paliar el hambre en África, en la India. No aparecía nada más porque no había relatos. El Estado español no produce estadísticas sobre los problemas de desnutrición infantil que hay en el país. Obviamente, no son situaciones tan graves como las que se dan en África, pero existen. Cuando hace unos tres años, Caritas publicó estadísticas sobre el tema, el Gobierno los atacó y les dijo que cómo podía ser que dijeran esas cosas. Es decir, hay una decisión muy fuerte del Estado, pero también de la sociedad, de que esas cosas no nos suceden a nosotros, que no tienen nada que ver con nosotros. Y para eso hay que borrar esa memoria de que aquí, hace unos setenta años, se pasaba mucha hambre.

Argentina, como muchos otros países, está llena de españoles que se fueron en esos años porque pasaban hambre, no porque quisieran descubrir nuevos horizontes. Todo eso se ha borrado para postular que si sucede, es un problema que no nos atañe. Podríamos pensar que la Humanidad es una. Deberíamos buscar la manera de hacer frente al disparate de que  tengamos comida más que suficiente para todos y que, sin embargo, haya tanta gente que no tenga lo que necesita.

¿Es tarea del periodismo construir esos relatos?

No, no creo que sea solo tarea del periodismo. Creo que cierto periodismo puede ayudar contando cosas que pasan, pero es una area de toda la sociedad elegir en qué problemas se siente implicada y en cuáles no. Creo que en los países ricos, y España lo es si se compara con la mayor parte de los países del mundo, ha habido un muy buen trabajo para convencer a esas sociedades de que deben ocuparse de su propia prosperidad, de su confort, de su bienestar. Nos han convencido de que aquellos que no lo logran es porque han hecho algo mal individualmente, si están dentro de nuestra sociedad; o colectivamente, si están en otros países. Nos decimos que en África son todos corruptos, perezosos, vagos y por eso pasan hambre. Y los de aquí es que no han puesto suficiente voluntad, se drogan, o lo que sea. Hay una gran cantidad de trucos para postular que no es responsabilidad común, sino de los otros. Y eso funciona muy bien. Así que, el periodismo puede contribuir a paliar un poco ese mecanismo, pero para que se rompa tiene que haber una decisión general de la sociedad.

Publicas en el New York Times y en El País, ¿existe el periodismo independiente?

Seguro que existe [risas]… que yo no escriba en ellos no significa que no existan. Bueno, a veces sí que escribo en medios independientes. Creo que, gracias a las mejoras técnicas, estos medios tienen hasta mejores posibilidades de subsistir que hace veinte o treinta años. Antes era un problema conseguir el dinero y la infraestructura necesaria para diagramar, para el papel, para hacer foto offset, la imprenta, la distribución, etc. Ahora todas esas cosas ya no son necesarias y eso hace que haya una cantidad de medios que lo aprovechan y que funcionan.

Por otro lado, creo que hay una crisis de un modelo periodístico, un modelo mediático que fue el hegemónico prácticamente durante todo el siglo XX. El modelo de los grandes medios prestigiosos, garantes de la verdad y que tenían la hegemonía sobre el discurso público. Ese modelo está en crisis por razones económicas, técnicas, etc. Y como esos medios todavía tienen un poder importante en el establecimiento del discurso, nos hacen creer que lo que está en crisis es el periodismo. No, el periodismo no está en crisis. Están en crisis ciertas formas de hacer periodismo que estuvieron muy bien durante mucho tiempo y que ahora parece que no son las más dinámicas ni las más interesantes. Esas formas están siendo remplazadas por las de estos otros medios, ganando el prestigio que otros están perdiendo.

¿Cómo utilizar la duda a la hora de contar historias?

Mira, se me cruza por la cabeza una frase, que puede que aquí no signifique nada, de hace casi treinta años. En Argentina hubo un enésimo levantamiento armado contra el gobierno de Raúl Alfonsín, quien había llevado a juicio a militares asesinos de la dictadura de los setenta. El coronel Rico encabezaba ese levantamiento. Lo entrevistaron bastante en televisión porque estaba en la puerta del cuartel diciendo lo que les iba a hacer a todos, y los periodistas le preguntaron: «¿Pero usted no duda de lo que está haciendo? Se está levantando contra un gobierno constitucional». Y él  lanzó una frase que se hizo muy conocida en esa época en el país: «La duda es la jactancia de los intelectuales».

Esa frase, que se suponía que era una condena a la actitud de los intelectuales y de toda esa gente blanda que duda, se impuso. Él era un soldado y, por lo tanto, no tenía dudas. Y a mí me gusta tomar esa frase, tomarla desde el otro lado: la duda, no sé si es la jactancia, es la única función de los intelectuales. Creo que es lo único válido, la actitud que a mí me gusta en general en la vida: poner en duda las cosas, repensarlas, no dar nada por supuesto ni por seguro, cuestionar todo lo que te cuentan e intentar sacar tus propias conclusiones. Sin la duda, todo se transforma en un ritual religioso. Y no hay nada peor que un ritual religioso.

Me viene a la cabeza la imagen de Rodolfo Walsh, que muere en una calle de Buenos Aires por su afán de contar lo que creía que tenía que contar.

Eso hay que matizarlo. Yo quería mucho a Rodolfo Walsh, fue mi primer jefe. Pero me parece un poco engañoso decir que muere por contar lo que tenía que contar. Murió porque era un militante montonero —yo también—, porque estaba en una organización que pensaba que había que utilizar todos los recursos posibles para construir un estado distinto, socialista, etc. Murió por eso, sobre todo, no por otra cosa, que no es ni mejor ni peor. Me parece que hay que decirlo, porque si no, queda como un mártir de la prensa, y era un militante político que peleo y murió como murieron tantos.

Martín Caparrós, Nómadas, Casa África, Periodismo, Rodolfo Walsh


La exposición fotográfica Nómadas puede visitarse hasta el 4 de mayo de 2018 en las salas Kilimanjaro y Guinea Ecuatorial de Casa África.

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  • Gustavo Gil

    Las Palmas de G.C. 1965. Se licenció en Ciencias de la Información en Madrid y estudió cine en los EE.UU. y Cuba. Ha trabajado varios años como realizador y dirige la productora Conspiradores entre Madrid y Las Palmas de G.C. Cada vez tiene menos cosas y más proyectos. El último es la revista 7iM, de la que es codirector. Por lo demás, se encuentra bien, intentando trabajar lo menos posible.

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