Hao Lu Higuchi – 35 – Ciudadano del mundo

«Todo comenzó en Madrid, allí se conocieron mis padres. Mi madre venía de Japón a aprender español y mi padre de China.
A los seis meses de nacer, una oportunidad laboral hizo que mis padres se vinieran a Canarias. Por aquella época, sobre el año 82, no había muchos restaurantes chinos en Tenerife, así que decidieron mudarse. Pasé toda mi infancia y parte de mi juventud en la isla, pero a los trece años mis padres deciden traspasar el negocio y marcharnos a vivir a China. Se da la circunstancia que yo con mis padres hablaba español porque entre ellos era el idioma que usaban, yo no hablaba ni japonés ni chino.
Al llegar a China me metieron en un colegio internacional japonés. El primer año fue bastante duro porque no sabía nada del idioma. El cambio cultural fue brutal.
Echaba de menos Tenerife, pero era una edad en la que todo te enriquece y fue un poco más llevadero.
Tanto en China como en Japón me siento un inadaptado. Salvo por mis facciones que me delatan, me siento más canario que otra cosa.
De español tengo la parte emocional y cercana. De japonés tengo lo que mi madre me inculcó: ser respetuoso y detallista, y de chino creo que no tengo nada. No me siento nada identificado con ellos y no tuve una buena experiencia durante los años que viví allí.
A nivel de alimentación nunca me acostumbré y se me hizo muy duro. Hoy por hoy Shanghái es una ciudad cosmopolita, pero cuando yo llegué los desequilibrios sociales eran enormes. Yo vivía en las afueras, recuerdo cuando iba a comer con los amigos de mi padre, eran comidas súper largas, empezaban a las 12 del mediodía y acababan a las 11 de la noche.
Mi madre fue la peor que se adaptó de los tres, para ella el choque cultural fue muy grande. Para mí también, pero en menor medida. Lo veía cada día, estudiaba en un colegio japonés y, cuando salía a la calle, era otro mundo. El contraste a nivel amabilidad-educación era súper radical y mi madre, siendo japonesa, no lo podía aceptar.
Históricamente chinos y japoneses no se han llevado muy bien, de hecho la familia de mi padre no se lleva con la de mi madre.
Hay un episodio un poco oscuro de esa época: mi padre tenía problemas con las apuestas y una noche se metieron a robar en mi casa debido a sus deudas. Mis padres se separaron y yo con diecisiete años volví a Canarias. Al año siguiente vendría mi madre.
No me costó adaptarme, fue como un paréntesis. Volví a mi antiguo instituto y me reencontré con casi los mismos compañeros.
Mi madre siempre ha sido mi mejor amiga, mi confidente, mi guía. Justo haciendo la selectividad sufrió un accidente de coche bastante grave. Pasó dos meses en coma. Quería estudiar medicina pero en selectividad, debido a la situación de mi madre, no rendí lo suficiente y la nota de corte no me dio. Tras un paso rápido por enfermería, me pasé a económicas.
Mi padre, en China, se enteró de que mi madre tuvo un accidente y volvió con la intención de cuidarme. Todo aquello hizo que dejara las apuestas.
Los primeros años de la carrera estuve medio perdido. Mi madre nunca mejoró y hace dos años que falleció. Eso me marcó. A veces la vida es muy puta e injusta con los que menos se lo merecen. Ella desde los 42 a los 58 estuvo postrada en una cama.
Me trasladé a Madrid para terminar económicas, allí las cosas me fueron muy bien pero, justo el día antes de volver a Tenerife, mi padre murió.
Tuve que dar un parón académico porque mi padre tenía un bar con siete empleados, por lo que me tocó asumir sus responsabilidades. Trabajé durante un año para sacarlo adelante. Lo recuerdo como el año más duro de mi vida, me vi haciendo cafés a doble turno, mas de dieciséis horas al día. Finalmente, a los nueve meses pude traspasarlo.
Retomé la carrera y al cabo de dos años pude terminarla. Enlacé con unas prácticas en Inglaterra durante seis meses y, al volver a Tenerife, me presenté a una beca de Proexca para trabajar en las embajadas españolas alrededor del mundo. Con un poco de suerte y mucho esfuerzo me tocó la embajada de Londres. Fue un año muy intenso y maravilloso, un cambio drástico, de verme puteado en un bar viendo cómo todos mis colegas estudiaban y se iban de Erasmus, a verme con un buen puesto.
Al terminar la beca enlacé varios trabajos en Tenerife y, después de un viaje a Japón, una entrevista de trabajo me trajo a Gran Canaria, donde ya llevo casi dos años.
No quiero pensar mucho, pero creo que con la edad que tengo, el número de tragedias que he sufrido no han sido justas, creo que más cosas no me pueden pasar, aunque sé que me seguirán pasando. Al final todo está en la actitud con la que uno afronta las cosas.
Por encima de todo valoro en mi día a día a las personas con las que me rodeo y la energía que me aportan.
Si las cosas no llegan, será cuestión de perseguirlas».

Artículo que forma parte del proyecto Islanders, cortesía de Rubén Grimón 

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  • Revista 7iM

    Comenzamos a tramar esta locura hace un año, animados por un puñado de amigos que nos susurraban al oído que la idea era buena, que el propósito era exagerado pero fascinante, que por lo menos diéramos el paso y que luego ya veríamos; que a veces las aves milenarias se dejan ver.

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