David González González – 36 – Enfermero

David González González – 36 – Enfermero

«A los veintiún años empecé a saber que algo me pasaba, pero no sabía qué era. Hasta esa edad llevaba una vida normal, tenía mi grupo de amigos, incluso intenté estar con una chica porque era lo establecido, lo normal. Nunca me planteé que fuera gay.
Miro atrás y me doy cuenta de muchas cosas, me hacía amigo de chicos que me atraían y yo pensaba que era porque quería ser como ellos, no pensaba que me gustaban, pero la realidad era otra. Si me fijaba en alguna chica era porque lo marcaba la sociedad, era lo que había que hacer. Yo me fijaba en hombres pero no era consciente de esa atracción.
Es curioso porque desde pequeño nunca me imaginé con una chica en la cama, ni casado, ni con familia. Ahora muchas de esas cosas tienen su explicación.
En esos años confusos tuve varias novias, con la primera estuve seis meses y no le di ni un beso (risas) y luego otra con la que mantuve relaciones una sola vez y me asusté. Me di cuenta de que aquello no era para mí.
Estuve dos años sin saber qué me pasaba, justo coincidió con una enfermedad de mi padre y se juntaron varias cosas.
Fue una época que estuve en mi mundo, sin estudiar, descentrado, sin hacer nada. Fueron dos años perdidos en mi vida. No lo tuve claro del todo hasta los veintitrés, tardé pero di el paso.
Recuerdo que me senté en la mesa de la cocina y le dije a mi madre: “mamá, me gustan los chicos”. Me contestó que ya lo sabía y que estaba esperando que se lo dijera. Ella desde pequeño lo veía en mí.
Mis hermanos se lo tomaron súper bien, en mi casa se ha vivido de manera muy natural y fijo estaban de coña cuando llevaba a un amigo, me preguntaban que si era mecánico por no decir lo de perder aceite, pero siempre desde el buen rollo (risas). Es un tema que está muy normalizado. Mis sobrinos lo han vivido de un modo muy natural, como lo que es.
Me pasé dos años opositando con uno de mis mejores amigos, entrenábamos juntos, nos duchábamos juntos, compartíamos mucho tiempo estudiando, éramos uña y carne. Me costó contárselo porque no sabía cómo se lo iba a tomar. Su respuesta fue: “David, ¿y qué va a cambiar?” Estaba más preocupado yo que él.
Recuerdo otra ocasión que veníamos del sur de estar de marcha. De los que iban en el coche nadie sabía nada y a mitad de camino dije: “soy gay”. Se hizo el silencio y nadie dijo nada hasta llegar a Las Palmas (risas), a día de hoy lo hablamos y no podemos evitar reírnos.
Lo único duro fue empezar mi nueva vida desde cero con veintitrés años, pero día a día fui cogiendo fuerza y le fui quitando importancia al qué dirán.
Un día me dije: “tengo que hacerlo”, así que quedé con un chico. No me olvidaré de ese momento en la vida. El momento más duro para mí fue besarlo, pensé: “¿qué estoy haciendo?” Me sentí raro pero no me desagradó, me gustaba. Poco a poco me sentí cómodo con mi nueva vida. Era lo que me pedía el cuerpo.
Todo es una búsqueda de la felicidad, de encontrar tu camino. De ser feliz y hacer lo que quieres en cada momento sin que nadie te limite a nada, de ser tú mismo».

Artículo que forma parte del proyecto Islanders, cortesía de Rubén Grimón 

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