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Periodismo, algunos libros y películas (II)

Los lectores

Si algún avance considerable ha traído la irrupción de los nuevos medios digitales y la transformación de los ya establecidos, no es solo la inmediatez, la hibridación de formatos y modelos y la globalización; sino la comparación y posterior decisión por parte del lector sobre qué medios le merece la pena seguir.

La variación temática entre los medios es limitada, ya que un gran porcentaje del contenido de la mayoría de ellos procede de agencias de prensa —supuestamente objetivas y veraces— con limitadas aportaciones en esos contenidos por parte de la cabecera correspondiente: básicamente, rectificar algunos párrafos y firmar la nota como propia o «redacción». El contenido que marca la diferencia, pero no por su originalidad, sino por el enfoque, suele ser mínimo: las diferentes verdades y los diferentes compromisos con los lectores: opinión y editorial.

Porque ¿cuál es la verdad? ¿Lo es la de ese periódico que tiene como «socio» al protagonista de la noticia? ¿Es  quizás la que cuenta ese otro medio enemistado con el mismo protagonista? ¿Quizás lo sea la que muestran los medios que ni les va ni les viene el presente y el futuro de ese protagonista, aunque les vendría bien menos competencia?

En unos tiempos de reinado del marketing periodístico, la comparación es una obligación si uno quiere reconstruir una realidad parcelada y orientada. Porque si el único periodismo interesante y necesario es el verdaderamente independiente, aquel que no busca vínculos con poderes —políticos o económicos— que hagan viable su tarea de informar; también es cierto que el lector debería ser cómplice en ese empeño y procurarse un mínimo trabajo de higiene informativa por su bien.

Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo (2009), de Pascual Serrano

El objetivo que se plantea el autor es sembrar la duda ante las verdades indiscutibles que recibimos a través de los diferentes medios y redes sociales. Y para ello le da la vuelta al asunto, el problema no es la información, sino la desinformación, lo que los medios ocultan para montar un relato interesado de la realidad. Si el lector se acerca a la lectura, la escucha o visión en un medio con una actitud crítica, este es un libro que le resultará útil y donde podrá encontrar algunas claves para afrontar la actual avalancha de desinformación.

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«Para los medios es muy costoso tener a un periodista durante semanas investigando un tema en comparación con lo fácil que es tenerlo refritando notas de prensa, transcribiendo declaraciones públicas o clonando teletipos. La prensa regional es el ejemplo más claro y cualquier periodista local sabe cuál es su rutina de trabajo: el redactor jefe o jefe de sección repasa las notas de prensa o convocatorias de ruedas de prensa, elige las fuentes que más se ajustan a su línea editorial y envía a los redactores a hacer el tour con la grabadora. Vuelven a la redacción por la tarde y se dedican a transcribir las “motos” que les han vendido cada una de las fuentes».

«¿Qué es lo más valioso de una información? No es la noticia que transmite, ni la calidad del papel, ni la definición o color de la fotografía, ni el encuadre o producción de una imagen, ni lo acertado del lenguaje utilizado. Lo que más vale de una información en la actualidad es el tiempo que le dedica el lector o la audiencia».

Fake News, la Posverdad y la guerra entre medios

¿Estaba atrincherado Francisco Iván Trujillo con un arma en un domicilio de su barrio? ¿Son las microalgas —en realidad cianobacterias— perjudiciales para la salud? ¿Cómo desaparecieron de la Playa de Las Canteras? ¿Ofrecen los ciberdeportes infinitas posibilidades de desarrollo a la sociedad? ¿Podría poner usted un ejemplo? ¿Cuál de las dos provincias canarias va por delante en deporte, economía o liderazgo?

No hay nada nuevo. La guerra y los asesinatos venden periódicos y clicks. Da igual si las informaciones con las que trabaja el periodista no han sido contrastadas, si provienen de redes sociales o si se publican datos personales que están protegidos por la ley. Con un parece ser que se arregla la noticia que debe ser publicada con urgencia. La mayor parte de las veces, al redactor no le queda más remedio, es la ley de la primicia.

La opinión de cualquier periodista encarnado en visionario puede ser tomada como cierta, aunque en realidad, sin datos que avalen dichos argumentos, se trate solo de marketing, propaganda. Es difícil saber si es un artículo de opinión, reportaje o publireportaje si solo se ofrecen unas opiniones y no otras, si el periodista no ha hecho las preguntas pertinentes y el lector no las echa en falta.

Un medio publica un artículo de alguien con criterio científico y periodístico. Otro medio «contraataca» publicando un artículo de opinión de alguien que, primero descalifica al anterior —sin aportar datos que lo apoyen— y después no se pregunta nada, solo descalifica. Es la guerra, idiota. El pleito constante que necesita del storytelling para llegar a las emociones de los lectores y crear opinión pública. Una vez más, los datos son cercenados o maquillados, lo importante es la competición: deportiva, política, económica, social. Si alguien se ve perdiendo puede que vote a quien le prometa la victoria, aunque la competición —en el caso de que fuera verdadera— ni le va ni le viene.

Ciudadano Kane (1946), de Orson Welles

Kane era en realidad William Randolph Hearst, responsable de Hearst Corporation y creador de la denominada prensa amarilla, a quien se le atribuye la frase: «Yo hago las noticias».

Fue uno de los protagonistas de los sucesos de 1898, en los que la prensa norteamericana fue capaz de conducir a su país a una guerra con España. El motivo: venderían más periódicos. ¿Cómo?: Publicando noticias inventadas. La noticia definitiva fue la explosión en el acorazado Maine en el puerto de La Habana: 258 marineros muertos, España era la culpable. No era cierto, pero se vendieron millones de periódicos y hubo una guerra de cuatro meses y con 11.000 muertos.

 

Storytelling, la máquina de fabricar historias y formatear las mentes (2007), Christian Salmon

El storytelling o el arte de contar historias es tan antiguo como la humanidad, aunque fue en los años 80 en los Estados Unidos cuando comienza a usarse como herramienta de persuasión y propaganda por parte de las grandes corporaciones y los gobiernos. Christian Salmon describe cómo se han convertido en el instrumento ideal que, en manos de los poderes y con el apoyo mediático de la prensa, consigue crear realidades paralelas destinadas a la persuasión y manipulación de la opinión pública.

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Seth Godin (conocido como el gurú del marketing): «Cada día, la dirección de Fox envía una nota de servicio a sus redactores, productores y anunciantes. En ella ofrecen la lista de los temas que van a tratar, decidiendo así la historia que se contará ese día. Al pegar las noticias a la historia (y no al contrario), Fox establece un punto de vista; cuenta una historia que hace felices a los espectadores. Les ofrece la mentira con la que se convencerán y, hecho igualmente importante, que propagarán».

John S. Carroll, redactor jefe de Los Angeles Times: «En toda América hay oficinas que parecen salas de prensa; y en esas oficinas, hay gente que parecen periodistas, pero no están comprometidos con el periodismo. Lo que hacen no es periodismo, porque no consideran al lector —o en el caso de la televisión, al telespectador— como un amo al que se debe servir. Consideran a su público con un frío cinismo: en el reino de los pseudoperiodistas, el público es algo que manipular».

La cortina de humo (1997), de Barry Levinson

El asesor Conrad Brean (Robert De Niro) es llamado a la Casa Blanca con la misión de inventar una historia que haga desaparecer de los medios una noticia. Dos meses antes de las elecciones, el presidente es acusado  de abuso sexual a una menor. Para llevar a cabo tal misión, con la ayuda de un productor de Hollywood, Stanley Motss (Dustin Hoffman), Conrad se inventará una guerra en un país remoto que llegará a todos los medios.

 

La desfachatez intelectual, escritores e intelectuales ante la política (2016), de Ignacio Sánchez -Cuenca

La tesis de Sánchez-Cuenca es que en el actual panorama de la esfera pública española abundan los intelectuales que participan en el debate político vertiendo sus opiniones de una forma frívola y superficial.  Escudándose en su prestigio y supuesta inmunidad, estos intelectuales publican sus opiniones en la prensa sin la documentación y formación adecuada.  El autor expone casos concretos, con nombres y apellidos, lo que le ha costado más de una bronca posterior. Pero se trata también de una llamada de atención para todos aquellos que nos dedicamos a publicar artículos, sean de opinión o no: ¿Sabemos de qué hablamos? ¿Tenemos la autoridad y el conocimiento suficiente? ¿Hemos agotado las fuentes de documentación? Un texto para leer con calma, reflexionar y tomarnos más tiempo para escribir.

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«Pensemos en el análisis político: […], hoy contamos con numerosos expertos deseosos de participar en dicho debate aportando argumentos que tienen  más base que la pura ocurrencia. Los escritores consolidados, no obstante, continúan  opinando sobre política sin saber hecho un mínimo esfuerzo por aprender y estudiar lo que se sabe, con mayor o menor fundamento, sobre ciertos temas acerca de los cuales no tienen reparo a la hora de ofrecer tesis rotundas.»

«Cuanto mayor es la tasa de lectura de prensa por 1.000 habitantes, menor la incidencia de la corrupción. […] Si los ciudadanos se informan sobre la gestión política , el margen de maniobra de los políticos para abusar del poder se estrecha y, en consecuencia, la corrupción disminuye. La lectura de periódicos, sin embargo, no se puede aumentar por decreto, se trata más bien de un cambio social que requiere tiempo».

 

El periodista indeseable (1978), Günter Wallraff

En una de de las crónicas de este libro, Günter Wallraff consiguió documentación falsa, cambió su aspecto para poder pasar por el perfecto ciudadano alemán, adecuó su currículo y sus modales y se dispuso a buscar trabajo en uno de los mayores medios de país, el Bild Zeitung, de Axel Springer, el gran magnate de la prensa amarilla del país. Una polémica forma de investigar que le permitió poner al descubierto los oscuros mecanismos editoriales de Bild.

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«En este clima no se vive, se limita uno a funcionar. Como un robot. Te ponen en marcha de acuerdo con una dirección decidida de una vez por todas en un cerebro electrónico.
Ya no puedes prácticamente participar, pues incesantemente te solicitan los datos que almacenas para verificarlos. Estás programado y Schwindmann posee el código, y su propio código es conocido por Prinz. Y el código de este último está en manos de Springer, que planea por alguna parte, encima de las nubes, y muestra de vez en cuando con el dedo índice la dirección a seguir.».

«No hay Bild sin asesinato ni asesinato sin Bild. Los asesinos producen cada día el abono necesario para que la plana Bild crezca bien. […]
Igual ocurre con los terroristas. Asesinato del fiscal general federal Siegfried Buback. Durante unos días, Bild sólo vivió para eso, con grandes titulares y fotos a toda plana (comió durante varias semanas del cadáver)».

«…los motivos siguientes pueden llevarle a la portada: penas de amor, peleas conyugales, malas notas en la escuela, cara con granos, tartamudez, robos en los almacenes (por debajo de 20 de marcos), lluvia ininterrumpida, trenes perdidos, programa de televisión, comida chamuscada, coche abollado, o, de ser posible, una mezcla de todo eso».

Nightcrawler (2014), de Dan Gilroy

La carrera por la noticia, el sensacionalismo y la falta de ética de los medios llevado al extremo.

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