Aquella niña no era una niña cualquiera. El lugar que en el corazón de los demás niños ocupaba el capricho en el de ella despuntaba una urgencia cabal por hacerse grande.

En uno de sus ojitos verdes, profundos de dibujo animado y siesta, la casualidad había querido salpicar un cuajarón de brillante naranja, como ínsula pequeña e independiente del mar de los baños de espuma.

Con su ojo de dos colores paseaba la niña en pensamiento inocente. Era una niña hiératica y conjuntiva, de herencia mediterránea doble, regioducal, en la que principaban ideas alucinantes de espadas y conjuras.

Pero ella lo que quería era ser princesa. Y no decía nada al respecto porque lo tenía todo dicho. Mas observaba dudas en aquella figuración suya tan novelesca, porque al pensarse a sí misma grande, mayor, la cosa de las princesas y el color rosa perdía categoría, claro. Ella estaba ya a otro asunto, eran los días de empezar a leer, de sacudirse la dependencia literaria de los padres, y de las historias indulgentes del ratón Trickey y su pléyade de subnormales pasó a lecturas de más peso, como la Tragicomedia de Don Duardos, o el Utopía, de Tomás Moro, o puede que no, que tampoco llegase a tanto. Uno ya no se acuerda.

Lo cual que un día, cansada de disfraces y escenas caballerescas, aquella niña le dijo a su madre que necesitaba una tregua para recapacitar, para gozar del fenómeno de la madurez en soledad; que a partir de entonces su medida del tiempo iba a ser la “vivencia”, y que a las campanadas horarias de la iglesia iba a responder ella con golpes de barbilla, porque no era capaz de creer en cosas que vinieran del cielo.

Y su madre sonrió.

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