eclipse, relatos, Carlos Ortega Vilas

Eclipse

Eclipse

 

¡Ahí… ahí! ¡Donde está latiendo su horrible corazón!

Edgar Allan Poe

 

El día del eclipse, yo estaba allí.

Recuerdo la avenida de Las Fuerzas Armadas sin tráfico, el cielo rojo al mediodía. Recuerdo no haberme topado con nadie en el trayecto, salvo un hombre tendido bajo ninguna sombra, y luego otro, y otro, yaciendo en los arcenes, en las medianas, como fardos que el viento hubiera depositado sobre la hierba parduzca para que yo los sortease. Yo, con la respiración entrecortada, la mirada atenta, saltando casi sobre aquellos cuerpos inertes en el calor del verano, el eclipse rojo del mediodía. Yo, con una sensación de atrocidad pegajosa en el pecho, en mis sandalias mojadas, en los pulmones.

En mi vientre.

Desde el barrio de Malabata hasta el puerto se tarda una hora a pie. Algo más con el viento en contra y la calima, este polvo finísimo y oxidado que penetra cada oquedad, cada pliegue, cada poro. Todo parecía detenido, no solo el tráfico. Los sonidos. La vida. El tiempo. Los cuerpos en la hierba, solo hombres. Ninguna mujer, como si un cataclismo se las hubiera tragado, dejándome sola con el peso de mi especie entre los cuerpos derruidos de los hombres, a mis pies. Eclipsadas ellas también en la luz.

Porque había luz. Y estaba yo.

Y las paredes de las casitas enjalbegadas de la medina seguían allí. Inmutables. No había otro sitio donde me sintiera a salvo. Ningún otro lugar en el mundo donde me sintiera tan viva. Pero el eclipse.

El eclipse había barrido también las calles mojadas que olían a orina y a especias. A carne. Sí, a carne. La medina es una herida abierta que rezuma olor a carne cruda, levemente podrida. Blanca y azulada, llena de moscas y niños y mercaderes y putas y putos y drogadictos. Supervivientes. Un espejismo, una trampa de araña donde caían los turistas. Cómo odiaba a los turistas. Cómo los sigo odiando. Pero hoy. El eclipse. Y nadie, nadie en las callejuelas bañadas de luz y polvo en suspensión. Solo yo, caminando lenta, atravesando lenta el Zoco Chico y en ascenso. Olvidaron recoger las madejas de lana azul y roja que los niños desenredan de un extremo a otro de la cuesta en el barrio de los tejedores. Allí siguen, tendidas a mis pies. Como los hombres de la avenida. Sin sombra.

Recuerdo el sonido del viento en lo alto de la Kasbah, las hojas de palma barriendo los ventanales del café. Tu voz, al otro lado de la línea. Tu voz en el eclipse.

¿De qué hablamos? No lo recuerdo. Parecías alegre. Y un poco avergonzado, creo, porque no me habías llamado en mucho tiempo, un mes, quizás más. Yo tampoco sabía muy bien qué decir. Puede que hablásemos del eclipse. Un eclipse a mediodía, velado por el siroco. Lo supongo, pero no puedo recordar tus palabras. Solo tu voz, titubeante, sin un timbre muy definido. A medio camino entre la de un adolescente y la de un hombre. Tierna. Inflexible, a veces.

Solo eso.

Me siento en mi mesa favorita, la que da al acantilado. Desde aquí puedo ver el mar, un brazo de agua turbia, sin horizonte, que asoma a intervalos entre las hojas de palma. Quisiera beber algo alcohólico, pero sé que no sirven más que té a la menta y refrescos. Pido un té. El camarero, apático, viejo, apenas me mira. Nadie más que yo en el café, y ¿no merezco una sonrisa? Mírame, quisiera gritarle. Estoy aquí, sola en este sitio elegante que fue moderno hace muchas décadas. Elegante y blanco. Blanco y horrible, con sus apliques modernistas y su barra americana de color dorado y sus espejos y su falsa lámpara de araña que cuelga de un cielorraso despellejado, veteado de polvo en las molduras. No entiendo por qué he elegido que este sea mi café favorito. Tal vez porque sentarse aquí, en esta mesa, es flotar al filo del aire, sobre el vacío. Un vacío rojo. ¿Cuánto durará el eclipse?

Cuando hablé con mamá, me dijo que habías pasado por allí. Ahora tenías bigote, un bigotito ridículo en tu cara lampiña. Te habían ofrecido trabajo de camarero en un hotel y querías comprar una moto. En realidad, era eso. Dinero, un préstamo. El hotel quedaba lejos, casi dos horas en autobús sin servicio nocturno. O comprabas la moto o tendrías que renunciar al trabajo, a conseguir papeles, un futuro. Mamá accedió. Como siempre. Me dijo: te llamará cualquier día. Te manda un beso. Y yo pensé: ojalá se muera. Ojalá tenga un accidente, ojalá se mate y no tenga que pensar nunca más en él, y no tenga que olvidarme de que sigue existiendo en algún sitio donde yo no estoy. Ojalá salga para siempre de mi vida sin tener que expulsarlo yo. Ojalá me deje viuda.

Viuda. Pero yo no soy nada tuyo. Quizás una hermana, casi una hermana. Una hermana mayor. Casi.

El té arde en mis labios. Siento una contracción en el estómago. Agazapado tras el rumor de las hojas de palma que golpean los ventanales, creo percibir otro sonido. Un latido tenue. Delator, como el del cuento. El camarero me observa tras la barra, con su camisa blanca, tan surcado de grietas su rostro que bien podría ser un marino. De un momento a otro empuñará los remos, romperá los cristales del café y se abrirá paso entre las palmeras. Navegaremos por este cielo rojo, hacia el eclipse.

El eclipse.

Recuerdo, sí, tu voz. Pero no tus palabras. Pienso en cuando te conocí. Entonces no podía imaginar que aquel día me llevaría a este. A otro país, otra lengua, otra cultura. Solo por acercarme a ti, en la distancia. Para saber. Para entender. También para olvidar. O intentarlo. Recuerdo tus primeros días en casa, tu timidez, tus intentos de agradarnos por todos los medios. Oh, y tanto que nos agradabas. Me avergüenza decirlo: acogerte fue como adoptar a un cachorrito. Hermoso y moreno, dientes tan blancos, tan joven aún. Quisimos protegerte y mimarte. Como a un animalito. Porque eras extraño. Porque eras, a pesar de todas nuestras buenas intenciones, extraño. Mi horrible corazón. ¿No lo oyes? Y el suyo. Más allá.

Más allá.

Pago al camarero. Su camisa blanca amarillea, como las escleróticas de sus ojos. Debería devolverme un dírham, pero no me lo devuelve, y yo no se lo reclamo. Es algo que he aprendido aquí. A no reclamar. A callarme. No tengo ningún derecho. Desciendo los infinitos peldaños del café —es un decir—. Fuera, no se oye nada. Ni siquiera las sirenas de los barcos, abajo, en el muelle. Ni siquiera las gaviotas. Solo el viento en lo alto de la colina. Todo permanece dormido en el eclipse, salvo la luz. La luz constante y quieta que no mengua, a pesar de la hora. Tampoco escucho la llamada a la oración.

Deambulo como en sueños, más allá de la Kasbah. Es peligroso adentrarse en los barrios árabes de la periferia, había leído en mi guía cuando llegué. Pero yo me perdía. Nunca he sabido hacer nada mejor que perderme y dejarme perder. Me pierdo con metódica disciplina en las trastiendas de los comercios, entre las nubes de moscas del mercado, en casas y azoteas. A veces me escupieron, y no me importó. A veces me tiraron agua sucia desde una ventana, y no me importó. Una vez, mientras tomaba el sol en la bahía, llegaron cuatro hombres en un coche. Se bajaron los pantalones, y no me importó. Un borracho rompió una botella de cristal contra una pared y me amenazó con ella, pero no me importó. Otra vez quise comprar agua mineral en uno de esos barrios en los que, según mi guía, no debía adentrarme. El tendero se negó. Dijo: no tengo agua mineral. Yo podía ver todas las botellas alineadas en una estantería, apiladas en el suelo, puestas a refrigerar en la nevera. Se las señalé. Pero él insistió. No, no tengo agua para usted.

Eso sí me importó.

Detrás de mí, un hombre barre. Lo miro por encima del hombro. Más que barrer, parece que se impulsa, aferrado a su escoba de hoja de palma, con la pericia de un gondolero. Me alegra. Me alegra sentir que no estoy sola en estas calles tortuosas, aunque sea viejo y desdentado, aunque venga barriendo mis huellas. Qué ocupación inútil en un día como hoy, de arena y viento. Me detengo y dejo que me adelante. Tiene la mirada ciega de un encantador de serpientes. Tal vez por eso no sabe que hoy es el día del eclipse. Que debería quedarse en casa o tumbarse bajo ninguna sombra y esperar, como todos los demás hombres de esta ciudad. Frunce los labios al pasar junto a mí. Agacho la cabeza para no verlo.

La primera vez que me besaste, supe que no era justo. La naturaleza apremia. La necesidad apremia. Yo no era tu mejor opción, solo la única. Lo sabía. Aun así, me aproveché. Me aproveché de ti y te dejé creer que eras tú quien manejaba las riendas. Mi mascota. Mi pequeño. Mi casi-hermano. Pero te quería. Eso no puedo negármelo ni a mí misma. Te quería y te sigo queriendo, a pesar de todo. A pesar.

De todo.

Luego, claro, decidiste que eras libre, al fin y al cabo. Libre de tomar tus decisiones. Libre de abandonar nuestra casa y buscarte la vida, de alejarte de mí, de mis celos de mujer mayor —veinticinco años y ya era mayor para ti—. Y te fuiste. Así. Sin darme tiempo a asimilar que ya no eras mío. Que nunca lo fuiste. Que no me necesitabas. O casi. Porque a veces volvías y te metías en mi cama, furtivo como una sombra para que mamá no nos oyera. Por rutina, quizás. Por mantener una especie de alianza muda que me atase un poco más a ti. O porque, simplemente, no habías podido hacerlo con otra. Y siempre encontraste mis brazos abiertos, mis piernas abiertas, mi aliento pendiente de ti, cada poro, cada pliegue, cada oquedad de mi cuerpo rendidos a tu deseo, que al fin, era el mío. Sobre todo, el mío.

No entiendo muy bien la consistencia roja de este eclipse. No entiendo esta luz que no amaina, este viento que no declina. Este polvo. Polvo eres. Polvo soy. Asciendo, asciendo sin tregua a lo alto de la colina, por el sendero de tierra. Dejo atrás la muralla, desdentada como la boca del viejo barrendero. Ahí está el cementerio fenicio. Unos cuantos nichos excavados en la piedra sobre el promontorio. Abajo, el mar. El Estrecho, envuelto en esta luz color arcilla.

Mira. Más cuerpos tendidos a la espera de que pase el eclipse. Me acerco a una de las tumbas, un hueco rectangular labrado en la arenisca. Me siento en el borde. Me deslizo dentro. Me tumbo bocarriba y observo el cielo rojo. Me pregunto dónde estará el sol. De dónde proviene esta luz muda que nos asfixia, en qué consistirá este eclipse.

Un accidente. ¿Fue eso lo que dijo mamá? Sus palabras se confunden con las tuyas, se enredan como se enredan entre los dedos de los niños los hilos de lana azul y roja que atraviesan de un extremo a otro el barrio de los tejedores y se pierden calle abajo, por las casitas enjalbegadas de la medina, hacia el barullo de los zocos, los aguadores, las voces chillonas de los turistas, un animal de carga que rebuzna, la llamada a la oración, los espejos del café, el aire azul, la herida abierta, la vida, la vida, la vida que tanto me gusta en estas calles que huelen un poco mal, solo un poco, lo justo. A carne. A carne que comienza a descomponerse. Por más que lo intento, ya no escucho tu voz. Ni el viento. Solo esta vibración sutil, acusadora, atrapada aquí, en mi vientre.

Un péndulo que oscila por última vez.

Y se detiene.

 

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  • Carlos Ortega Vilas

    Carlos Ortega Vilas (Las Palmas de Gran Canaria, 1972). Escritor, profesor de español —labor que ha desempeñado tanto en España como en Grecia—, corrector profesional y de estilo, dirigió entre los años 2007 y 2014 los cursos de escritura de relato en Letra Hispánica (Salamanca). Desde 2015 coordina los talleres de escritura creativa Fuentetaja en Las Palmas de Gran Canaria. Es autor de los libros Tuve que hacerlo y otros relatos (Baile del Sol, 2015) y El santo al cielo (Dos Bigotes, 2016), nominada en 2017 a mejor novela del año en el Congreso de Novela y Cine Negro de Salamanca, a mejor novela escrita en español en Valencia Negra y al premio Memorial Silverio Cañada en la Semana Negra de Gijón. Ha colaborado con El País en la edición digital de El Viajero y sus relatos se han publicado en diversas antologías, como Diario del Padre Tadeus Rintelen / Resaca negra (Ediciones Hontanar, 2013), A los cuarenta y otros relatos en crisis (Ediciones Beta, 2011) o La lista negra: nuevos culpables del policial español (Salto de Página, 2009), entre otras.

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