Una noche cualquiera

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Una noche cualquiera

Carmen Madrigal Hernández

Contemplo el panorama apoyado en la barra. Es lamentable ver a la gente borracha cuando uno no lo está. Lamentable de veras. Una auténtica jungla donde la dignidad se ha quedado perdida en algún lugar. Me siento como un turista que contempla un espectáculo que produce vergüenza ajena. Una mujer de rojo está bailando con dos hombres alrededor, los dos quieren cacho. Ella tiene los ojos emborronados de negro, con el rímel corrido, pero brillantes como dos llamitas de lámpara de gas, con una luz sugerente. Los ojos de los otros transparentan lo que quieren. Eso. Lo de toda la vida. Ella todavía no se ha decidido.

Sigo mirando y veo a un veinteañero cansado de serlo. La juventud se le hace cuesta arriba, el día de mañana añorará este tiempo. Ahora solo se queja. Está observando a una rubia pequeñita de unos treinta y tantos años con unas curvas infinitas. También quiere lo mismo que los otros. Pero este no obtendrá resultado, la rubia va acompañada.

Se me acerca alguien que intenta hablar, lengua de trapo y mirada felina, le huele el aliento a ginebra. Tiene la copa en la mano con los hielos derretidos, me comenta que nunca se toma el final, es lo que peor sienta. Da la vuelta a la copa y lo esparce por el suelo. Muy bonito, le digo. Se ríe, siente que puede hacer lo que le da la gana. Dejaremos que crea en su libertad, mañana será otro día.

Ahora sí que encuentro algo realmente interesante, observo a alguien que me mira con ojos irónicos, una batalla de sobriedad. Somos los dos únicos vaqueros entre indios. A lo lejos, saludo con la mano, levantando los dedos; hace el mismo gesto, como un acto reflejo. Somos caballeros con estilo. Vuelvo a repetir el saludo y coincide que él también lo hace. El camarero, de esos que llevan cadenas de oro, observa la escena. Me avisa: Te estás mirando en el espejo.

A lo mejor no estoy tan sobrio.

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Fotografía Gustavo Gil

Fuentetaja-Las Palmas

Carmen Madrigal Hernández. Soy una peninsular más afincada en Canarias que se ha acostumbrado a lo bueno. Novelera y soñadora. Me apunté a los talleres Fuentetaja para encauzar las historias que llevo dentro y compartir inquietudes. Nada me gusta tanto como la literatura.

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