Haiku, Chilajitos, María Gutiérrez

María Gutiérrez: «¿Qué haces en tu barrio para cambiar la realidad?»

Entrevista a María Gutiérrez

Perdone que no me calle

 

Soy muy pasional, primaria, vivo las cosas con mucha fuerza. Cuando tenía 20 años lo quemé todo. Porque no servía para nada lo que había escrito. Seguí escribiendo esporádicamente. Yo era maestra, pero como tengo una salud frágil me tuve que prejubilar, y claro, fue entonces cuando me pregunté: «esto que yo escribo, ¿sirve para algo? o me voy para mi casa a jugar al chapolín». Y me apunté en una escuela literaria —con la que yo ahora colaboro— para ponerme a prueba. Yo quería saber si lo que yo escribía tenía sentido, y ese descubrimiento me ayudó a escribir con muchísima más intensidad y con todo el rigor del que soy capaz, porque soy muy sociable, me gusta la calle, soy novelera, y escribo así, al golpito. Y así he ido, poco a poco, editando algunos libros.

Tengo a mi alrededor mucha gente que me quiere, como Óscar, que es un enamorado de lo que escribo, me quiere mucho, me ve con buenos ojos y cada vez que se encuentra a alguien me hace publicidad [risas], y yo siempre lo reprimo con cariño: «pero Óscar, nooo…». Pero es inevitable.

Y así, inevitablemente, conocimos a María Gutiérrez, gracias a Óscar.

Yo me veo como una “facilitadora de los talentos”, soy capaz de sacar lo mejor de la gente… también lo peor a veces, porque soy terrible. Por ejemplo, la ilustradora de este libro no quería hacerlo, pero yo sabía que es una artista, lo sé, y entonces la convencí: «tú nos vas a ilustrar el libro». Lo ha hecho de una forma preciosa, narrando con las imágenes. Y eso es lo que yo llamo “posibilitadora de talentos”. El talento lo tiene cada cual, yo lo único que hago es decirles: «ponlo al servicio de la comunidad, vamos a usarlo, no lo desperdicies». Ponemos en marcha lo poco que sabemos y lo juntamos con amor y ganas de hacer cosas bonitas, y claro, salen cosas bonitas.

Escuchó en la radio que el 14% de la población en Santa Cruz era analfabeta y ella se rió pensando que se habían equivocado, pero no, preguntó en el barrio y las cifras cuadraban. Así que al día siguiente puso carteles en el barrio: «Se dan clase de lectura y escritura». Ahora tiene problemas con el local público donde las imparte.

Hicimos una escuela popular. Nosotras estábamos haciendo uso de un espacio público para dar esos talleres. Pero el año pasado el Ayuntamiento vio que estábamos por nuestra cuenta y que no éramos legales. ¡Una tontería!, ¿cómo ilegales?, ¿quién es legal y quién es ilegal? Entonces hemos empezado una guerra, y nos han cortado el agua, la luz y nos han echado a la calle. La concejala del ayuntamiento se prestó a ayudarnos, y yo le dije: «¡Échenos una mano, pero quítenosla de encima!»

Las mujeres ya nos hemos empoderado, y ellas (las talleristas) ya son conscientes de lo que piensan, opinan, y también saben que merece la pena. Nosotras no queremos someternos… Si vieras qué bonitos relatos escriben las mujeres del taller.

***

Haiku, Chilajitos, María Gutiérrez

La entrevista

Nos hace un huequito para atendernos durante la presentación del libro Perdone que no me calle, en la Feria del libro de Las Palmas de G.C., en el que 62 autoras canarias denuncian la violencia contra las mujeres a través de sus relatos. María Gutiérrez, o Puri para sus conocidos, nos invita, entre firmas de ejemplares y saludos, a salir del lío por un momento, dar un paseo y enamorarnos también de su energía.

Alguna vez haz dicho que primero está tu compromiso con la vida y luego con la literatura.

Por supuesto, la literatura para mí es una pasión, pero una pasión buena. Hay mucha gente que dice sufrir mucho cuando escribe, pero yo, en cambio, me divierto. Porque cuando escribo es como si me sintiera, perdóname el atrevimiento, Dios: coges un personaje al que quieres y lo cuidas, a otro lo machacas, lo divorcias, lo matas, le rompes una pierna… Disponer de todas esas herramientas, que en la vida real no puedes usar [risas], me gusta. Me entusiasma ser dueña de ese universo y lo paso muy bien.

Hablando de diversión y del disfrute de hacer lo que te gusta. Como maestra que eres, ¿cómo ves la educación?

La veo fatal, con sinceridad. Mira, el equipo directivo de los centros de educación se ha profesionalizado, de manera que hay una brecha gordísima entre los trabajadores y la administración. El profesorado está descontento, mal remunerado, haciendo horas extra y, si encima, tienen un equipo directivo que en algunos casos funciona como vigilante de la administración, pues tienes unos profesionales infelices, con lo que los niños también son infelices.

Si no nos divertimos trabajando mal va el asunto. Cuando trabajas con pasión ves que los chiquillos aprenden, inventas cosas para ellos, los sacas a la calle… como lo que estamos haciendo con las mujeres. Si te sientes con cierta libertad para emprender nuevos métodos, disfrutas y los niños también.

Han cambiado mucho las cosas…

Sí, mira, en la época en la que yo era maestra y también entrenadora de lucha canaria —porque yo soy amante de nuestras tradiciones— tenía varios equipos de niños y niñas. Y cuando íbamos a luchar, llegaba el sábado y yo metía hasta diez niños en un jeep y los llevaba allá arriba, a Agua García, y claro [risas], ahora no puedes meter a diez niños y llevarlos al quinto coño. Yo les decía a las madres Vamos para allá, y ellas confiaban en mí. ¡Cómo le voy a hacer daño yo a un niño!

Entonces había cierta libertad para moverte, pero ahora, de ninguna manera. Para llevar a un chiquillo al teatro o al cine, no sabes la de papeles que tienes que rellenar

Mi hermana, que es profesora en un centro, me dice No vamos, Puri, porque es un problema. Yo siempre le digo que los lleve, que se rebelen. Creo que, de alguna manera, la respuesta que tenemos que dar es de rebeldía, que vayamos contra la normativa, ¡no pasa nada! La desobediencia civil se justifica con la justicia. Y vuelvo al tema del local porque es un ejemplo claro. No lo tenemos, pero es público, y no podemos dar clases, pues entonces tenemos que ser desobedientes civiles. Es un lugar público, es nuestro, no entrego la llave. Eso, claro, me trajo problemas: me declararon persona non grata en el Ayuntamiento y yo, que soy muy bruta, les dije No me muevo de aquí, porque el Ayuntamiento es público… Luego pensé que era absurdo, me dije: ¿qué hago yo aquí perdiendo el tiempo? [risas]… y me fui para mi casa. Parece que nadie puede alzar un poco la voz para decir Esto es injusto.

Y así, en muchos ámbitos…

Los ciudadanos no somos tontos, sabemos lo que queremos, y si vemos que la causa es justa tenemos que dar un paso para luchar por ello, por lo que es nuestro. Pero yo veo a los jóvenes que no tienen trabajo o con suerte, empleos precarios de días, de horas, y me pregunto por qué no veo las calles llenas de jóvenes exigiendo trabajo digno. Y no le echo la culpa a ellos, es que nos hemos ido acomodando. Sé que no son los responsables, pero sí que son ellos los que tienen que luchar por su vida. Tienen que organizarse y luchar por las cosas que ellos creen para cambiar la realidad. Y esto solo se consigue desde la educación bien entendida, como un acto global que educa no solo el intelecto, sino el cuerpo, que comprende las emociones, los sentimientos, la sexualidad. Y este último punto es fundamental, somos seres sexuados desde que nacemos hasta que morimos. Nuestra sexualidad nos conforma toda la vida. Si nosotros nos educamos entendiendo nuestros deseos, cubriendo nuestras necesidades, entendiendo que son responsabilidad nuestra y no de otros el satisfacerlas, que son naturales, buenas y que tenemos que negociarlas, se acabaría la violencia de género, o la prostitución, que parece que ahora hay que esconderla de nuevo. Comprender y aceptar lo que somos cada uno y luego, desde esa realidad particular, comprender y aceptar al otro.

Y ese trabajo empieza…

¡En casa y en todos los ámbitos! En los colegios; institutos; Ministerio de Educación; en el centro de salud; en los Servicios Sociales; la familia; el entorno; la tribu completa desde que nacemos hasta que morimos. Y en nuestro barrio, porque, mira, yo veo a los escritores tan comprometidos… y yo les digo: vale, pero ¿qué haces en tu barrio para cambiar la realidad? Tenemos que demostrar que se puede vivir de otra manera, respetando el medioambiente, a los demás y al planeta, viviendo lo más felices que podamos y con tolerancia. Es que no hay más, a mi me quedan tres telediarios y quiero pasarlo bien [risas].

Tus libros se han traducido a varios idiomas.

Los Chilajitos, al alemán. Los poemas (Haiku), al japonés, alemán, italiano, rumano… a algún otro más pero no me acuerdo. Una vez que el libro está editado, lo dejo y es como si no fuera mío. No me apego a los libros.

Te vas a Japón para conocer el género Haiku…

Sí, tiene una aventura. Yo conocí a Vicente Haya, de quien digo que él mismo es un género, y el que más sabe de Haiku en lengua española. Hasta los años 70, los Haiku que conocíamos en España eran traducciones de traducciones. Los ingleses y los franceses habían traducido del japonés y los españoles, del inglés y del francés. Estos filtros sucesivos transformaron el Haiku en algo que no era, que no es. Yo había escrito muchos, pero me di cuenta de que era una mierda que no servía para nada, porque aquello no era Haiku. Entonces conocí a Vicente y estudié con él en Tenerife. Pero un día, por esas casualidades de la vida y de la gente buena que uno va conociendo en el camino, él me escribió desde Japón y me dijo Ahora tengo dos o tres semanas, si quieres venir. Claro, inmediatamente me fui a comprar un billete y me fui para allá. Me puse a estudiar allí con él, en un templo budista, fue una experiencia maravillosa. Tengo un libro de viajes, que aun no he editado, sobre ese tiempo. Me encanta viajar y lo hago mucho, siempre que puedo me mando a mudar. Pues, a Japón me llevé más de 300 Haiku y me traje solo 30, los tiré todos, porque lo que no sirve hay que tirarlo. Yo pongo siempre de ejemplo a Miguel Angel Buonarroti, él pintó en el s.XV esa maravilla, la Capilla Sixtina, y tras cinco años trabajando en ella, llegó una mañana y dijo esto no vale nada, y lo picó todo, la cúpula entera la tumbó y la volvió a pintar. Por eso, tú y yo, ahora vamos a verla.

¿Cómo te enfrentas al proceso creativo?

El Haiku, lo que cada uno escriba o haga, tiene que ofrecer lo mejor de uno mismo. No nos podemos apegar a lo escrito, algo que a los escritores nos pasa mucho. A mi me dicen Mira, Puri, lo que he escrito, y yo contesto Ahórramelo —yo soy terrible— cuando lo hayas escondido un tiempo, lo sacas, lo podas, lo pules y entonces me lo das, pero ahora no, evítame ese disgusto. Tenemos que ser exigentes. Yo siempre digo que la excelencia no existe, pero hay que perseguirla.

Eres muy exigente…

Mucho, conmigo y con los demás. Todo no sirve para editar, el papel aguanta cualquier cosa pero uno no puede editar cualquier cosa. Primero tienes la idea y luego va creciendo hasta que reconoces la historia que quieres contar. Luego lo guardo el tiempo que sea necesario, después lo corrijo como si fuera el texto de mi peor enemigo, es decir, para destrozarlo. Y muchas veces lo destrozo, podo lo que no sirve, y luego lo pulo. Después tengo niveles de lecturas, lectores y lectoras que saben leer. Primero, amigos y familia que no son muy lectores, ahí descubro si hay emoción, si el texto funciona desde las emociones. Entonces mi hermano me dice Mejor te dedicaras a escribir chistes, y yo le digo Ah, lloraste, eh, lloraste. Bueno, pues ya sé que funciona emotivamente. Luego, a otra le digo que lo lea como maestra de escuela, es el paso de corrección de estilo, porque uno no puede distanciarse del texto con mucha facilidad. Y luego, el último es una lectura profesional con gente que sepa de literatura. Y cuando ha pasado por todos esos niveles puedo llevarlo a una editorial.

Los llevas y no los editas tú misma.

Yo no edito mis textos. Si hay editoriales que quieren editar mis textos, bien, pero si no, que se queden ahí los libros. Sí, es así, porque si yo invierto el dinero y lo edito, me pongo nerviosa en mi casa viendo las cajas de libros en el suelo, y digo qué mierda es esta, para qué, para regalar libros a gente que no lee. Yo regalo libros a la gente que lee. No creo en la autoedición y hay mucha gente que se está dedicando a editar libros a autores para estafarlos, porque les cobran un montón de dinero… total para nada.

***

Heiku, María Gutiérrez

Canaria, maestra, escritora y activista poética, milita en distintas asociaciones y colectivos. Ha impartido múltiples cursos y talleres en Canarias y fuera de las islas. Coordina la experiencia Aprender no tiene edad en su pueblo, el taller literario de la Librería de mujeres y colabora con la Escuela de Creación. Ha recibido varios premios literarios y ha participado en numerosos encuentros y congresos en diferentes países y ciudades, siendo nombrada en 2012 Ciudadana Ilustre de Vista Alegre, Neuquén (Argentina). Ha editado Chilajitos (Cíclope Editores, 2008) una miscelánea de microrrelatos, Con los pies empapados (Idea, 2013), una colección de cuentos; Cinco Siete Cinco, un libro de haiku de autoría compartida, en 2014; El rancho de Cris y la mochila rosa, dos álbumes ilustrados publicados por Bellaterra en 2015; y en 2016, en Alemania Ein Zittern entwaffnet mich, una versión bilingüe de Chilajitos, con nuevos microrrelatos y fotografías, de la mano de la editorial Verlag Claudia Gehrke.

 

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  • Marina Cardenal

    Gran Canaria, 1976. Es licenciada en Comunicación Audiovisual. Tras varios años trabajando como periodista, decidió dejarlo, marcharse a otro país, comenzar una nueva profesión, conocer otras luces, enamorarse del idioma alemán y de Hamburgo, ciudad en la que vivió hasta 2015. Todo ello, sin dejar de contar historias. Ahora desde 7iM, de la que es codirectora.

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