El hogar de las Hermanas de la Caridad

En la calle San Agustín, en pleno casco histórico de la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, hierven los coches y los colores de las fachadas bajo el sol de mayo. Los transeúntes caminan tranquilamente y disfrutan del paseo, tuercen la calle y descubren tras el alto muro del Convento de Santa Clara el Hogar Virgen Poderosa de las Hijas de la Caridad. En la portería y tras una ventanilla de cristal se encuentra una de las hermanas haciendo punto. Abre la puerta con una sonrisa y es oye barullo en la sala principal. Hoy celebran el día de Santa Luisa de Marillac, su patrona. Mientras, la directora del centro, Mari Carmen Suárez Rodríguez, termina de poner todo a punto.

Hermanas de la Caridad

Mari Carmen trabaja con las hermanas desde hace quince años. Primero como trabajadora social del Centro de menores que llevaba la Congregación y, desde hace cuatro años, como directora del Hogar Virgen Poderosa que funciona como una residencia para ancianas sin ánimo de lucro.

Un día en su vida comienza por llegar bien temprano, entrar y dar una vuelta por el centro. Supervisar a las auxiliares, saludar a las veintinueve residentes que acaban de despertar y, a su vez, darles los buenos días a las veinte hermanas que se levantan para desayunar junto a sus compañeras. Sigue la jornada con las actividades programadas tras el desayuno y comienza con su papel fundamental de apagafuegos, como le gusta llamarlo. Una factura por aquí, un desperfecto por allá, una petición, atender al público, a los que vienen a buscar información para sus propios parientes… Tareas que diligentemente van dándose la mano la una a la otra para terminar deslizándose suavemente hacia su conclusión. Relativamente. «Y si hace falta colocar pañales, allá voy». Aquí, todo el mundo hace de todo. «Si hay que cocinar, se cocina, si hay que dar medicinas, se dan, todos estamos para lo que se necesite».

¿Y por qué señoras exclusivamente? «Entendemos que, desgraciadamente, cuentan con menos recursos económicos. Muchas de ellas se dedicaron a atender a sus familias, a sus maridos o hijos o a realizar servicios domésticos, los cuales antiguamente no se cotizaban, y a la hora de la jubilación no tuvieron ni un duro». Realidades que obtienen respuesta en la vocación de las Hermanas de la Caridad, cuya meta en este centro, «incluso enfermas», es la de ayudar a los demás.

Aparte de las hermanas y de las residentes, el Centro cuenta con una plantilla compuesta por cuatro auxiliares, un fisioterapeuta y una animadora sociocultural. «Gracias a que el Ayuntamiento nos ha mantenido la ayuda podemos realizar el servicio de lunes a viernes», el cual beneficia a las usuarias que disfrutan de las actividades programadas durante la semana. Por ejemplo, «lo primero que hace la animadora sociocultural, nada más llegar, es coger el periódico del día y leer las noticias». Una cuestión de vital importancia en la rutina de la residencia puesto que lo importante es que «no se sientan aisladas». La comunicación es la clave para sacudir las pesadillas de la edad y compartirlas con las demás hace que el silencio no se haga hondo. Así, sor Carmen, que vivió durante más de veinte años en Venezuela, expresa que está preocupada por la situación del que sigue sintiendo como su país; de fondo sigue sonando la televisión.

La casa está dividida en dos pisos con un gran jardín que contemplan las señoras sentadas esta mañana. La claridad del día les hace abrir tímidamente los ojos mientras algunas se sientan a leer o a charlar con sus otras compañeras. Tendido cuan largo es se encuentra un perro de pelaje blanco y espeso, totalmente dormido, calmado por la paz que se respira en el recinto. Sor Adela lo mira detenidamente y sus pasitos cortos la llevan hasta la sala de talleres para mostrar las últimas manualidades que han hecho con la animadora. «Mira, mira, este está hecho con la mitad de una botella de plástico», refiriéndose al lapicero que se encuentra en el centro de la mesa. Va hilando los retazos de la memoria y evoca los tiempos en los que era maestra de Plástica, «y ahora sigo aprendido muchas cosas, eh», y muestra orgullosa otro lapicero entrelazado con bolsas de plástico reutilizadas.

«Yo siempre me he sentido muy valorada por las hermanas», asegura Mari Carmen, y es que la cuestión de las confesiones religiosas no es en la práctica una diferencia entre ellas, tal y como dice: «me dediqué al trabajo social porque me gusta atender a las personas que necesitan ayuda, me gusta la bondad y hacer las cosas de corazón, y esos valores los compartimos con las hermanas». Una acción de la que también participan los vecinos de La Laguna gracias a la acción de su comedor social en Santa Cruz de Tenerife o mediante los programas de voluntariado. La directora habla sobre la experiencia que están teniendo con un grupo de jóvenes venidos de El Rosario, quienes en un principio se mostraban reticentes, y que poco a poco, conociéndolas y poniéndoles nombres se han sentido implicados, lo que ha hecho que finalmente se convierta en una experiencia muy bonita.

La hermana Rosa llega del médico y avisa que está todo a punto para el almuerzo, que ya van siendo horas. El día de la patrona ha congregado a todos los miembros de la casa en una misa matutina donde a su vez se explica cuáles fueron sus acciones. «Intentamos explicar las fiestas que celebramos, desde Navidad hasta Semana Santa, por qué se realizan. Por ejemplo, siendo el Día de la Cruz, contamos cuál fue su origen, así aprendemos todas».

Por el pasillo se asoma sor Adela, trae un cuaderno entre sus manos y se une a la visita. El paseo continúa por los distintos dormitorios, amplios y luminosos, que ocupan las habitantes de la casa que lleva hasta el comedor donde una de las hermanas está pelando papas. Al final del segundo piso se encuentra la capilla y sor Adela se sienta en uno de los bandos de madera. «Aquí celebramos misa cada día, viene un cura y la oficia, aunque ninguna residente está obligada a venir», comenta Mari Carmen. La hermana aprovecha el silencio y cuenta en voz baja como «esta mañana, a las seis y media, dando el desayuno, puse Radio María y adivina, ¡estaban dando la misa en honor a nuestra patrona! ¿Te lo puedes creer? Tuve que sentarme. Me sentí sobrecogida». Mari Carmen ríe. «Somos una pequeña familia, con sus cosas buenas y sus cosas malas, como todas las familias, ¿no?».

El día continúa y aún queda mucho trabajo por hacer, habrá que salir a dar un paseo y cuántas cosas más, pero Mari Carmen sabe que con las hermanas, las residentes y el resto del equipo, disfrutará del camino.

Hermanas de la Caridad, palabra
Fotografías de Mª del Pilar Pereira

 

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