KK, la primera surfera de Sierra Leona

La imagen de Kadiatu Kamara contemplando el Atlántico va camino de dar la vuelta al mundo. Su mérito: haberse convertido en el símbolo del renacer de Sierra Leona sin proponérselo y cabalgando sobre un millón de olas.

Un día, hace ya 5 años, decidió acercarse al mar y observarlo de forma diferente. En un país donde la mayoría de las chicas ni siquiera sabe nadar, aquel acto era toda una declaración de intenciones: ser feliz, ser libre. Y se metió en él, vestida con un bañador de chico sobre una licra raída y una tabla de surf de poliuretano bajo el brazo. Ese día se convirtió en la primera mujer surfera de su país, y la única hasta el momento.

Kadiatu, KK para sus amigos y el surf, nació en 1997, en plena guerra civil. Ese año el mayor Johny Paul Koroma había derrocado al presidente electo Ahmad Tejan Kabbah, que tendría que esperar a que la contienda terminara en 2002 para volver a ser reelegido. Los siguientes años fueron de dura transición y difícil recuperación. Sierra Leona estaba arrasado. Un país conocido por la riqueza de sus minas de diamantes y otros minerales preciosos, estaba sumido en el caos, con una población empobrecida y una esperanza de vida de tan solo 57 años.

En Bureh, una localidad situada a pocos kilómetros al sur de la capital, Freetown, la llegada de turistas tras el fin de la guerra supuso un respiro para sus habitantes, una señal de que el país comenzaba a recuperarse tímidamente. Kadiatu vendía entonces bolsos y sombreros a los visitantes que venían a disfrutar de la playa y las olas. Hasta que llegó la epidemia de ébola en 2014 y terminó con el sueño, arrasando con la frágil estructura social del país.

Ese mismo año murió el padre de Kadiatu, y ella tuvo que hacerse responsable del mantenimiento de su familia trabajando en una verdulería. Milagrosamente, Bureh se mantuvo al margen de la extensión del ébola, a pesar de que sus habitantes debían desplazarse para conseguir productos básicos y llevar a los niños al colegio a otras localidades afectadas. Un día clausuraron las escuelas y la gente se encerró en casa para protegerse de la epidemia. En una sociedad en la que las relaciones sociales tienen tanta importancia, el contacto con los vecinos se redujo al mínimo. Los embarazos de mujeres jóvenes aumentaron, mucho tiempo libre y nada que hacer entre las cuatro paredes. Kadiatu buscó una alternativa, y escapó hacia el mar.

Kadiatu Kamara, A Million Waves
Fotograma del documental A Million Waves. Cortesía de Daniel Ali y Louis Leeson.

Shane O’Connor, un antiguo trabajador de UNICEF, fundó el Bureh Beach Surf Club en 2012 con la idea de dar una salida a los jóvenes de la zona y atraer a parte de esos turistas que comenzaban a llegar al país. Consiguió algunas donaciones de ONG, materiales y tablas de surf, y su idea funcionó, a pesar del azote del ébola. Shane formó a unos cuantos jóvenes en el deporte del surf y les enseñó a dirigir un negocio. Hoy día tiene 19 miembros, todos hombres, menos Kadiatu, a los que ha traspasado la propiedad y la dirección del club.

Fue entonces cuando Kadiatu se acercó al mar con otra mirada y se convirtió en KK. No dejó sus estudios ni el trabajo. Surfea por las mañanas muy temprano y al atardecer, cuando termina la jornada laboral y sus deberes. Y allí la descubrieron los cineastas Daniel Ali y Louis Leeson, que decidieron contar su historia en el documental A Million Waves. Una organización de surf de EE. UU. conoció el proyecto y le ha ofrecido a KK una beca para que continúe sus estudios sin tener que abandonar el surf.

Así se convirtió Kadiatu en la verdadera KK, según sus propias palabras, y también en símbolo de la recuperación de su país sin proponérselo, en medio del océano, cabalgando su millón de olas.

 

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