Moisés Medina Castellano

Moisés Medina Castellano – 88 – Agricultor

«Recuerdo la escuela a la que iba en Juncalillo de Gáldar, éramos unos ochenta niños y niñas para una sola maestra. Nos sentábamos por parejas en un banquito y debajo teníamos el libro para dar la lección, una pizarra con una pequeña tiza, una libreta y un tintero para la pluma. Si virabas el tintero era un arresto o una “entrá palos”.
En la postguerra, con catorce años, había miserias. Nosotros escapamos porque mi padre tenía tierras y comíamos lo que nos daba, pero aquello era muy duro. Para ayudar en la casa, me dedicaba a la jose (hoz), al sacho (azada), al arao y acarrear al hombro.
Las cosas antes estaban muy atrasadas, fíjese que mi padre me puso los zapatos a diario con 12 años, antes de eso siempre iba descalzo. Me acuerdo que las mujeres iban con alpargatas a todos lados y cuando llegaban cerca de la iglesia se las quitaban y se ponían los zapatos para entrar. Aquello tenía que durar.
Para tener gofio llevábamos el millo (maíz), al Molino Pantaleón, en Valleseco, nos poníamos en cola y podían pasar horas antes de que tocara nuestro turno, en muchas ocasiones nos cogía la madrugada. Eran tres horas y media de ida y otras tantas de vuelta con la bestia cargando los sacos, eran otros tiempos. Hoy vas al supermercado y tienes todo al alcance.
Ya siendo adulto vine a trabajar de bueyero a una vaquería que vendía la leche ordeñada con espuma (a mano) en las cuarenta casas, Guanarteme. Había unas 70 cabras y 12 vacas lecheras. Mientras el cabrero y su ayudante iban haciendo la ruta casa por casa ordeñando las cabras en la misma puerta, yo me quedaba en la vaquería ordeñando las vacas, pegaba 4 horas por la mañana y 3 horas a la tarde, el cayo que tenía en el dedo era enorme. Aquello era el tercer mundo, las cabras sueltas por la calle y sin higiene ninguna. Como es normal, a todas las vaquerías no les renovaron los permisos y tuvieron que cerrar.
Fue entonces, en el año 1958 y con unos treinta años, cuando arrendé una tienda en la calle Churruca con Panamá (barrio de Guanarteme, Las Palmas de Gran Canaria) a un señor de Teror. Anteriormente había sido una tienda de cartilla, de las de racionamiento, pero cuando la cogí eso ya había terminado. Era un establecimiento de los buenos, era la número 65 de la cooperativa COISCA que nosotros mismos fundamos y que con el tiempo pasó a llamarse UNIDE. Allí vendíamos de todo, comestibles, aceite, petróleo y jabón suasto* que, por aquel entonces, escaseaba. Al mismo tiempo me saqué el carnet de primera (el de conducir) y el dueño de la tienda me arrendó el reparto de recogida de leche para llevarla a la central lechera.
Lo mejor que tuvimos fue la voluntad y el esfuerzo que le pusimos, fueron 27 años al frente. La tienda se la dejé a un sobrino que trabajaba con nosotros hasta que la tuvo que cerrar. Los supermercados mataron a los pequeños comercios.
Lo siguiente fue montar una peladora de papas que en aquella época era una novedad. La llamamos MOMECAS, en la vuelta de Los Tarahales y hasta día de hoy que ya tiene 40 años.
Ahora tengo mi terrenito en Tinoca con la yegua y, mire usted, toda la vida tuve bestias por necesidad y ahora las tengo por gusto».

* jabón creado por la familia escocesa Swaston y Thomas Miller. De Swaston, el canario pasó a pronunciarlo “suasto”.

Artículo que forma parte del proyecto Islanders, cortesía de Rubén Grimón   

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