36.500 días

Santiago, relatos,

36.500 días

Guayota Gil Nuez

Lo único que nos separa de la muerte es el tiempo

Ernest Hemingway

Santiago sentía mariposas en el estómago cuando la veía. Ella se acercaba a él con sigilo, sin irrumpir en su vida, dejando un rastro de palabras tiernas. Eva, aquella mujer menuda, fue su reina, luciérnaga de su silencio. Se cuidaron, se amaron. Ella ayudó a apaciguar sus desatinos, la lujuria de sus caprichos, la ira de lo inapelable.

Le acompañó un tramo inmenso en el viaje de los momentos. Fue su esposa, su amante, su cómplice. La madre de sus hijos. Su aliada.

Pero los abriles galoparon sin piedad en el destino de los que más quería, y él siguió amaneciendo, respirando, tomando cada mañana sin esfuerzo. Nada le costaba menos que vivir.

Hoy despierta en la cama de una residencia para ancianos. Solo faltan unas horas para su centenario.

Fisga en el espejo del baño, sin miedo. La vejez lo embriaga, está avezado en surcos y pesares. Camina sin dificultad, no se siente un anciano, es solo un hombre con cien años.

¿Por qué Tánatos le regaló tanto tiempo? Una vida larga no aplaca el padecimiento. Al contrario, es mayor el deseo de cerrar los ojos y dejar que Eva le susurre los detalles pequeños de la muerte necesaria.

Hoy espera que venga su hijo, Raúl, su benjamín, que le cuida como le enseñó su madre. Santiago cuenta con él para todo. Hace días que le ronda un deseo. Cuando llegue le dirá lo que se le ha ocurrido.

 Raúl llama a la puerta.

—Pasa.

—Felicidades… ¿Cómo te encuentras, papá?

—Bien. —Raúl besa a su padre.

—Te he traído tus bombones. ¿Qué te parece si salimos a dar un paseo? He pedido permiso.

—¿Y te lo han dado? Porque ese médico…

—El médico te deja.

—Qué raro, ¿lo sobornaste?

—¡Papá!, se preocupa por ti…

Santiago hace una pausa, pensativo.

—Hijo, estoy pensando en irme hoy —le dice.

—¿Irte? ¿A dónde?

—Hoy cumplo cien años, justo a las seis y veinte de la tarde. Y si deseas algo con intensidad, sucede. Es ley.

—¿Qué quieres decir ?

—Voy a morir esta tarde a las seis y veinte, lo tengo todo planeado y quiero que estés preparado. Eres toda mi familia, tendrás que organizarte.

—Papá, estás delirando… Déjalo, nos vamos a celebrar tu cumpleaños. No empieces con tus majaderías.

Pidieron una mesa frente al mar. Padre e hijo compartieron almuerzo, vino, regalos.

—Raúl, hoy estamos todos en esta mesa. Tu madre está sentada a tu lado. Tus hermanos, aquí, conmigo.

—Creo que no vas a beber más vino, el médico me va a matar.

—No es la bebida. Sabes que te quiero, ¿verdad?

—Lo sé.

—Lo que te dije antes es cierto. Ya viví lo suficiente, y más. Cien años es mucho tiempo.  Quiero dejarlo ya.

—Pero no te toca a ti elegir cuándo…

—No, solo dejaré de respirar a las seis y veinte, justo a esa hora, 36.500 días después de haber nacido.

Raúl lo miró, pasmado. Santiago le agarró la mano y le habló con firmeza.

—Ahora te das cuenta que son demasiados años, ¿verdad?

—No sé qué decirte…

Las palabras de Santiago descorazonaron a Raúl. Su padre, siempre persuasivo con los demás, siempre exigente consigo mismo, esta vez no iba a salirse con la suya. Era imposible dejar de respirar a conciencia. Puede que ahora sí que estuviera desvariando —pensó—, nadie llega a esa edad con total lucidez.

Salieron del restaurante y pasearon por la avenida que atravesaba la playa. La extenuación lo invadió. El mar, las olas, la arena, el viento, todo le pareció ajeno, difuso. Solo el recuerdo de Eva despertó una vez más el revolotear de mariposas en su estómago.

—¿Quieres que me quede un rato más contigo?

—No, déjame en la residencia y vete a casa. Ahora necesito descansar.

A las cuatro y media, Raúl lo dejó en su habitación para que durmiera la siesta. Se fue intranquilo.

Hoy lo acompañan sus amigos en el duelo. Su padre murió ayer. Se ha encargado de todo, como le dijo Santiago: nada de curas, ni misas ni despedidas ñoñas, solo quería que lo enterraran con su mujer.

Ha venido al velatorio el médico de la residencia.

—Le tenía cariño a su padre, ¿sabe? Era un hombre muy especial.

—Él también lo estimaba —contesta Raúl—. A su manera.

—Si necesita algo, dígamelo. Voy a darle el último adiós a Santiago.

—No se preocupe, vaya. —El médico se aleja—. Oiga, solo una cosa…

—Dígame.

—¿A qué hora murió mi padre?

—Sobre las seis y veinte. Minuto arriba, minuto abajo. ¿Por qué?

—Por nada… Otra vez, gracias.

Raúl se apartó y miró hacía los ventanales del tanatorio, buscando aislarse de los demás. No pudo evitar que sus cavilaciones atravesaran las paredes. Sus lágrimas, el ataúd de su padre.

—Santiago, ¿qué hiciste, viejo testarudo? Ya sé tu cantinela: «si deseas algo con intensidad, sucede». ¡Otra vez te saliste con la tuya!

Santiago, relatos,
Fotografía de Rosendo López
Fuentetaja-Las Palmas

Guayota Gil Nuez. Siempre me han gustado las letras, me emociona el mundo de los fonemas y las figuras retóricas. He realizado diversos talleres de escritura estos últimos años y me encuentro en un proceso de aprendizaje enriquecedor. El relato es una manifestación literaria conmovedora que me entusiasma.

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  • Mostrar comentarios (1)

  • José Mª

    ¡Felicidades Guayota!, no sé si se consigue todo lo que se desea con intensidad, pero tú sí has conseguido trasmitir esa emotividad que te gusta de las palabras . El que la sigue la consigue . Un abrazo

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