Carlos Álvarez: «Lo contrario de lo divertido no es lo serio, es lo aburrido y lo zafio»

Entrevista a Carlos Álvarez

Carlos Álvarez hace lo que le gusta, se nota en la alteración de su voz pausada cuando algo lo emociona y lo lleva a levantarse, ponerse sus gafas y buscar en sus libros unas líneas que documentan lo que nos quiere contar.

Apasionado de la historia de esta Islas, observador atento y crítico del panorama cultural, se ha convertido en un referente de la vanguardia literaria e incluso empresarial. En su momento fue el pionero en ese Realismo sucio que ha dado luego excelentes libros de autores que han seguido sus pasos. Parece tener la mirada y la atención dividida. Por un lado, contar el pasado con la intención de que el lector sienta que está allí. Por otro, afrontar el futuro con proyectos que aúnen la tecnología digital con la calidad editorial.

Un par de horas de charla en la que compartimos su visión sobre el panorama informativo, el papel del lector y su responsabilidad, el análisis de las ventajas e inconvenientes de la digitalización, la creación literaria y cinematográfica en tiempos de escaqueo institucional y, sobre todo, la reivindicación de nuestra historia como fuente de inspiración.

***

En la novela, como en el cine o la televisión, el entretenimiento no está reñido con la calidad.

LLegaste a Canarias hace mucho.

Sí, en unos días voy a cumplir 60 años y la mitad de mi vida la he vivido en las islas. Viví en Tenerife, La Palma y, desde 1984 —creo—, en Gran Canaria.

Pero aún sigo pronunciando la “c” y la “z”, y hasta mi hija se ríe de mí.  Ella es canariona y me vacila cuando quiere [ríe].

Comenzaste a escribir como periodista.

A escribir empecé en la escuela, como todos. Luego me hice periodista. El periodismo es un ejercicio magnífico para cualquier escritor. Escribir información, opinión, hacer crónicas, —que es un género maravilloso, cada vez menos presente en los periódicos, desgraciadamente—, es una gran escuela.

Trabajé muchos años en diarios, como Canarias7, pero antes también había hecho radio y publicado en varias revistas.

¿Y cómo fue pasar del periodismo a la literatura de ficción?

Fue cuando dejé el periodismo diario por un tiempo. Creo que alejarse de esa actividad es necesario para reciclarse, para volver a leer ensayo, novela… otra cosa que no sea puramente información.

Entonces me dediqué a la gestión cultural y creé un espacio de debates y literatura por el que pasaron escritores como Elena Poniatowska, Augusto Monterroso, Bryce Echenique o Eduardo Galeano, y también pensadores, como Emilio Lledó y otros muchos. Y también empecé a escribir relatos, por una apuesta que hice con Manolo Padorno, y de ahí nació mi primer libro de relatos: Negra hora menos.

En el género de la novela negra.

Yo no lo llamo género negro, porque, puestos a poner géneros a la literatura, verás que en mis cuentos no suele haber un detective, no hay alguien que busque a un asesino, sino que hay un asesinato porque la vida es así. Entraría mejor dentro de un género al que llaman realismo sucio. Creo que Negra hora menos (Editorial Tantín, 1991) está más cercana a ese género. Y Si le digo le engaño (Hora Antes Editorial, 2011) también, donde sí que hay un asesinato, pero porque un tipo mata a otro pero sin querer [risas]. Pero no es una trama en la que el objetivo sea desentrañar un misterio. Unos pibes se encuentran un montón de cocaína y tienen que decidir qué hacen con ella, de ahí surge toda la trama, que, insisto, no es novela negra en sentido extricto.

Fuiste uno de los primeros en escribir de ese modo en Canarias.

Sí, con Negra hora menos fui el primero que utilizó los espacios de la ciudad de Las Palmas de G.C. y de Santa Cruz de Tenerife de esa forma. También escribí un cuento cuya acción se desarrollaba en Fuerteventura y donde, con el despiste, cambié el sol de sitio. Me lo hizo ver un buen amigo, que desgraciadamente falleció, que vivió allí muchos años. En ese cuento, los personajes se ponen a contemplar una puesta de sol y ese sitio está al Este [risas]. La novela y el cuento son así. Vázquez Montalbán escribió un cuento largo precioso, El barco fantasma, que se desarrolla entre Tenerife y Lanzarote. Pues en él, Pepe Carvallo en el Mirador del Río ve las plataneras del norte de Lanzarote [risas]. La novela es así.

En la novela, como en el cine o la televisión, el entretenimiento no está reñido con la calidad.

Y ese Realismo sucio te permite contar muy bien la realidad social.

Claro, es el género que mejor lo puede contar y que tiene mucho que ver con el periodismo. El Realismo sucio está muy entroncado con un tipo de crónica periodística o crónica de actualidad. Es un tipo de novela que se centra en la parte que nadie quiere mirar de la sociedad contemporánea, que permanece oculta porque suele reflejar lo más sucio, y que muchas veces sólo puedes mirar desde la novela, porque si lo haces desde el periodismo, lo más seguro es que estés querella tras querella.

Pero antes se hacía…

Sí, bueno, y se sigue haciendo. Pero hay veces que los datos no se pueden demostrar y, por mucha investigación que hagas, el periodismo tiene un límite, que está en lo que puedes demostrar y verificar con tres fuentes que te avalan y con una documentación real. Y hasta ahí, el periodismo muchas veces no puede llegar. En cambio, en la novela te inventas lo que haga falta y no hay ningún problema.

¿Cómo ves el género de la crónica periodística?

Yo creo que es un género difícil, entre otras cosas porque el periodismo en papel no está en su mejor momento. Los lectores de periódicos digitales no suelen leer reportajes largos. El ordenador, los teléfonos y las tablets son la fuente de información hoy en día, es lo que más se usa. Una crónica periodística que puede ocupar tres o cuatro páginas de una revista bien maquetada en papel, no hay quien la lea en un móvil. La mayoría, el 90% de los lectores, lee a golpe de pantalla. Entonces es la ley de la oferta y la demanda, las empresas y todas esas cosas. Además, es un género que exige que el periodista pueda tener un tiempo de trabajo, no que tenga que acudir a una rueda de prensa y estar en otros siete sitios a la vez.

Información corta, pero muy abundante.

Es cierto que hoy disponemos de un volumen de información inabarcable. Creo recordar que para poder ver las fotografías que se suben en un día a Instagram y dedicarles de 6 a 8 segundos, necesitaría varios años. Y luego: ¿cuál es real?, ¿cuál es un montaje y no representa la realidad que dice representar? El ejemplo más evidente fue aquella fotografía del cormorán lleno de petróleo, que yo llamaba el “pajarito pringao”, que procedía del accidente del Exxon Valdez hace años, y se nos vendió como un atentado ecológico de la guerra de Irak provocado por Sadam Hussein.

Ahora estamos en un momento en que ha entrado la posverdad, en el que se pueden publicar falsedades. El lector tiene que empezar a discernir, a saber cuáles son los medios de información fiables, qué grado de fiabilidad tiene cada uno de ellos, qué intereses hay detrás de cada uno de los medios. Si sabes que el mayor inversor de un periódico es el banco HSBC, ya sabes que, según qué información, habrá muchos temas en los que mejor no te fíes.

Ejemplo clarísimo está siendo últimamente la irrupción en Europa y en España de Rusia Televisión. ¿Es una información sesgada?, sí. ¿Es más sesgada que la de la Fox? Pues yo no lo sé, en unos temas sí y en otros no. Me atrevo a decir que para que uno se pueda hacer una idea aproximada de por dónde van los tiros, debería de ver las dos.

Se hacen indispensables los filtros, pero eso es ya responsabilidad de cada ciudadano. «Informarse cansa», decía Ignacio Ramonet. Si alguien cree que viendo un informativo de televisión en el que dedican, como mucho, minuto y medio al día a Siria, puedes saber qué ocurre allí, entonces también te crees que en cinco días se puede aprender chino y sin esfuerzo. Eso es publicidad, eso es mentira. Para saber hay que leer mucho y saber de dónde viene esa información, y eso exige esfuerzo.

En la novela, como en el cine o la televisión, el entretenimiento no está reñido con la calidad.

 ¿En la novela se puede encontrar mucha de esa información complementaria?

Yo no sé si para saber lo que ha ocurrido en este país con la especulación inmobiliaria es mejor leer la información actual o leerla dentro de cincuenta años…. Quien lea la novela Crematorio (Rafale Chirbes, Editorial Angrama, 2007) se hará una idea bastante fiel y verídica de cómo ocurrieron una serie de corrupciones que serían extrapolables a casi todas las ciudades del país.

La novela, el cine, las series pueden aportar. Últimamente las series americanas de las grandes cadenas, como HBO, están haciendo un gran trabajo de crónica social. Dentro de unos años podremos ver The Wire y hacerte una idea mucho mejor de la época que leyendo el New York Times, de forma más rápida y más completa.

¿Y en Canarias?

Bueno, de la televisión mejor no hablar, porque a mí me da vergüenza la mayoría de las veces, sinceramente. Yo creo que no nos la merecemos.

La televisión tiene que ser entretenimiento, y también tiene que ser información. Shakespeare quería entretener y lo hacía. A él, a Cervantes, a Lope de Vega la cultura se las traía al pairo, ellos lo que querían era tener el teatro lleno, querían que sus novelas se vendieran, que se leyeran… y hacían entretenimiento. Y también la televisión puede ser entretenida y de calidad. Lo contrario de lo divertido no es lo serio, es lo aburrido y lo zafio.

Si lo que manda es el índice de audiencia, que empiecen a programar ejecuciones, estoy seguro de que tendrían un índice de audiencia increíble… ¿Es esa la función de una televisión pública? Yo creo que hay unos límites, y no digo ya éticos ni morales [ríe], sino estéticos.

Luego das un salto del realismo sucio a la novela histórica.

De hecho, La pluma del arcángel (Editorial Hora Antes, 1998) nace como una broma con un buen amigo, Alberto Anaya, que es historiador e investigador y que después de haber leído Negra hora menos me dijo que tenía que hacer una novela en ese estilo a propósito de un inquisidor sobre el que él estaba trabajando en aquel momento. Gracias a él me puse a estudiar cómo era la ciudad en aquella época, alrededor de 1520, cuando llegó este inquisidor, Ximénez, que me pareció un personaje fascinante.

Nadie tiene construida la imagen de ese período en las islas. No sabemos cómo era un territorio de conquista, de ocupación, en el que conviven los conquistados, es decir los canarios que han sobrevivido a la conquista, con los conquistadores, normandos, vizcaínos, castellanos o andaluces. ¿Cómo era esa sociedad a la que llegan comerciantes genoveses, los primeros colonos azucareros, los trabajadores portugueses y donde hay que pactar hasta el idioma? Me parecía fascinante que el lector pudiera entrar en ese mundo, pasear con Nemesio por toda la isla y encontrarse a esa gente que vivía en ella. Es una novela de aventuras, de humor, que también utiliza elementos puramente novelísticos. No es historia, aunque parte de un hecho histórico: Una nave que viene de Indias con el tesoro de Moctezuma es atacada por un pirata muy cerca de Canarias. Lo que yo me invento es que un par de tipos llegan a la isla con parte del botín y a partir de ahí se monta un lío en el que acaban interviniendo la prostituta, que además es adivina, bruja y hechicera, el inquisidor, el capitán… [risas].

Hay un gran desconocimiento histórico sobre esa época.

Es que los estudios históricos serios han empezado hace relativamente muy poco. Acaba de morir Antonio de Béthencourt Massieu, junto a Rumeu de Armas, Elías Serra o Ciuranescu son los ‘padres’ de los actuales historiadores que están trabajando con rigor, lejos de las visiones decimonónicas del buen salvaje. Pero son estudios históricos que no llegan al público en general, llega más fácil una novela.

Yo me tuve que documentar mucho. Alberto Anaya bromeaba con eso y me decía: «¿Tú vas a hacer oposiciones a cátedra o estás escribiendo una novela?». Porque a mí me interesaban los detalles: ¿cómo era una casa?, ¿tenían cuarto de baño?, cosas así. Me leo cómo subastan los bienes de Juan Rejón cuando lo encarcelan y me pregunto: ¿qué tenía Rejón en su casa? Pues tenía un colchón y cuatro espuelas… Entonces tienes que construir ese mundo para que el lector lo viva.

En la novela, como en el cine o la televisión, el entretenimiento no está reñido con la calidad.

¿Te hubiera gustado ser historiador?

Para escribir necesitas documentarte y la historia me encanta, me ha divertido mucho crear personajes a partir de situaciones históricas. Me fijo en los secundarios, en los que no aparecen en los libros de historia. Desde del punto de vista literario, son los que más me interesan y me divierten para construir una historia donde el lector se lo pase bien y disfrute. Para eso tienes que construir ese universo, en el que el lector se ría con esos personajes, que llore con ellos, que los vea.

¿Cómo nos ayuda conocer la historia?

Es que si no sabemos el origen no sabemos quiénes somos. Creo que inventarnos patrias desde imaginarios decimonónicos del “buen salvaje” es poco real. Si queremos construir un futuro tenemos que saber de dónde venimos y qué somos. Son nuestras fuentes culturales, nuestras señas de identidad.

Pongamos, por ejemplo, el imaginario que se ha construido a partir de un pueblo en mitad del desierto con cuatro casas de madera, cuatro malos y un sheriff bueno. Imagínate, sólo con esos cuatro elementos lo que se ha hecho. Pues mira el que tenemos aquí: desde llegada de los primeros pobladores de África a las islas y su forma de vida antes de la conquista, los casi cien años que duró la conquista de Canarias desde los normandos a los castellanos, los ataques piratas que estuvimos recibiendo durante siglos, toda una historia de espionaje durante la primera y la segunda guerra mundial. Todo eso es lo que construye la identidad de un pueblo. Y esa historia no está construida del todo.

Y te dio por hacer una versión de las Crónicas de la Conquista.

Ahí me lo pasé muy bien, porque de las Crónicas [Crónicas de la conquista de Canarias. Editorial Hora Antes, 2014] solo existía una edición que es una transcripción paleográfica, literal de la crónica original. Por eso es muy complicada de leer y te cansas. Lo que hice fue reescribirlas para que el lector actual las entendiera y las disfrutara. Traté de mantener el tono de la época, e incluso expresiones que me parecían muy bonitas, como por ejemplo “carne en pie” —es tan bonito—. Carne en pie son animales vivos. En aquella época no había frigoríficos, y si querían comer durante la travesía en barco, tenían que llevar los cochinos o gallinas vivas. O la palabra “regocijo”, que era una especie de fiesta, también de mostrarse en público. Se decía: En el “regocijo” se encontraron no sé cuantos “caballos de regalo”, que eran los caballos de domingo, el caballo de fardar. Esas crónicas, en las que intenté respetar ese aroma de la época, forman parte no solo de la historia de Canarias, sino también de la propia literatura.

En la novela, como en el cine o la televisión, el entretenimiento no está reñido con la calidad.

Tu novela sobe Beatriz de Bobadilla  surgió de una idea para un guión cinematográfico.

Sí, así fue. Antonio José Betancor, después de realizar Mararía (1998) ya conocía La pluma del arcángel (Editorial Hora Antes, 2000) y quería hacer algo de esa época, a ser posible con un protagonista femenino. A mí se me ocurrió el personaje de Beatriz y empecé a trabajar desde un planteamiento cinematográfico. Bueno, después llegó la crisis y, además, Antonio murió. De haberse realizado hubiera sido una película cara. El cine histórico es muy caro. Imagínate en la Gomera en 1492 y llega Colón a ver a Beatriz de Bobadilla… ¡Es que tiene que llegar con tres barcos! Si la historia ocurriera en Sigüenza, Colón llega en burro, en camello o en carreta. Pero en La Gomera, si hay una rebelión y va Pedro de Vera, tiene que ir en barco. Y solo eso encarece un montón, a pesar de que La Gomera tiene unos espacios naturales increíbles y se puede rodar estupendamente. Mira la que montaron aquí para recrear Casablanca… Vamos, con lo que se gastaron en tres secuencias rodadas aquí, en España se hacen tres pelis.  Aquí hay un montón de historias, el mismo ataque de Van der Does, si llega a ser un ataque de los ingleses habría ya cinco películas! De Ridley Scott…de otros…etc.

Entonces, la señora Beatriz de Bobadilla se convierte en…

En novela, que en el papel es gratis. En uno de los procesos de escritura de guión se dice: «Ojo con los adjetivos», porque es distinto decir «Ana salió de casa para la fiesta» que «Ana salió de casa muy elegante para la fiesta», ese «muy elegante» son varios miles de euros de vestuario [risas]. En el papel no cuesta nada. Pones un Masserati, rompes el Masserati y te quedas encantado, ya está. Y en una película eso cuesta mucho.

La Señora, Beatriz de Bobadilla se transforma en novela pero además fue también el origen de tu Editorial Horaantes

Sí, sí, porque no encontré dónde editarla y me dije: Pues la edito yo.

Creo que te dijeron que era una novela “muy literaria”…

Sí, yo tampoco me lo explicaba, y sigo sin explicármelo. Que una editorial te diga que es una novela muy literaria te deja descolocado.

A ver, no es una novela histórica al uso. Para mí, la literatura, como cualquier arte, tiene que tener un riesgo, tiene que jugar y no repetir un esquema más que trillado. Todo arte necesita innovar, aunque sea de género, necesita jugar con él, aportar algo al mismo género. A mí me apetece mucho que el humor esté presente en cualquier obra. Y muchas veces utilizo elementos metaliterarios. En esta novela hay un juego al principio, cuando Martín Ralón se marcha al exilio y hay un rayo… quien recuerde a Antonio Machado, cuando lo lea… [busca la frase en el libro, lo deja, coge su kindle y nos lee:]

«…con la seguridad de que su carta llegara a manos de Clara, pues nadie entiende las cuitas del amor que la sirvienta de un canónigo, atravesó los campos de Castilla, inquieto por el destino que lo aguardaba, herido de amor y casi por un rayo que en plena tormenta entre San Polo y San Saturio, un olmo recibió a su vera».

Aquí, quien recuerde el verso de Machado Al olmo viejo, hendido por el rayo se ríe. Y el que no lo entienda, pues tampoco le molesta. En el libro hay bromas de ese estilo, que cuando estoy escribiendo me apetece hacer.

En La pluma del arcángel hay un momento en que Cairasco está escribiendo y le viene a ver su amigo Múxica, en esos párrafos hay como ocho o nueve esdrújulas, porque Cairasco es el introductor del esdrújulo en la poesía española. Quien lo recuerde se ríe… quien no, qué más da. Me apetece hacer esas bromas literarias, por eso tal vez dijo [el editor] que era una novela muy literaria.

También pasa con los nombres de los personajes, como Martín Ralón. Hay un cuento de Augusto Monterroso muy divertido, Leopoldo y sus trabajos, en el que el protagonista lleva mucho intentando escribir un cuento sobre perros y se pasa cinco años estudiando en la biblioteca sobre el tema. Y este personaje se llama Leopolodo Ralón y me divirtió apropiarme del nombre, porque de alguna manera, Martín Ralón también quiere escribir la historia de la isla, hasta que se da cuenta de que ya está escrita en las paredes de las montañas en los barrancos de La Gomera.

En Canarias tenemos un patrimonio histórico de enorme importancia y, sin embargo, parece que cuesta darle visibilidad. 

Hay un patrimonio histórico que, aunque solo fuese como valor añadido al “sol y playa” que tan bien vendemos, es un atractivo indudable para cualquier turista. Y creo que ese patrimonio histórico rehabilitado sería rentable. Pero tienen que involucrarse la administración pública y los empresarios, que luego se beneficiarán también, porque es un patrimonio común.

¿Tiene que venir alguien a decírnoslo?

Bueno, para descubrir La cueva pintada y llevarla a Europa tuvo que venir Olivia Stone… por ejemplo.

Parece que nos gusta mucho discutir sobre la identidad…

Precisamente, la identidad de las islas radica en ese mestizaje, en ese origen plurireligioso, pluriétnico, plurilingüístico. La Canarias actual no es la Canarias aborigen, la de los antiguos canarios, la de los conquistadores; sino la que se ha construido con elementos que ya estaban ahí, muchos de ellos desde el siglo XV.

En la novela, como en el cine o la televisión, el entretenimiento no está reñido con la calidad.

Volviendo a tu Editorial…

…y es fundamentalmente digital. De hecho, la novela ahora solo está en digital, lo que te permite incorporar 40 fotografías de Teresa Correa, Rafa Avero y de Guillermo Guerra. Cosa que en papel sería carísimo y completamente imposible. Creo que las tengo aquí… [muestra orgulloso]

¿Cómo se lee hoy en día?

Hoy en día, el lector mayoritario lee lo que les sirve Google a golpe de primer pantallazo, nada más. La información está sometida también a ese ejercicio de venta. Una noticia podría ser totalmente intrascendente porque no llevaba ninguna fotografía y quedarse en un breve. Pero como nos llegue una fotografía sensacional, y si es de un atentado, con brazos y yo que sé… pues va a primera página. Hoy manda un tipo de ventas, hay que vender lo último, lo más espectacular.

¿Si tuvieras que augurar?

Yo creo que convivirá todo [papel y pantalla]. Estamos viendo que puede haber revistas como Contexto, que tiene buena información, extensa y con buenos reportajes. Nunca se había leído como ahora, pero habrá que tener mucho más pensamiento crítico y tener las herramientas. En este sentido, creo que no se está realizando el esfuerzo en la enseñanza para dotar a los niños con esas herramientas que les permitan discernir qué medios son fiables, cuáles no, y cómo encontrarlos. Hay que saber filtrar los contenidos y hay que enseñarlo.

¿Cómo está la industria audiovisual?

Hay una creación en cortometrajes muy interesante, porque hoy hay una tecnología que lo permite. En largometrajes está muy parado todo y quien debería estar tirando de esa industria, que es la Televisión Canaria, no está haciendo nada. La forma en que se están haciendo las cosas es muy peregrina, no quieren ver la realidad. Alguien empezó a hablar de las industrias culturales, que no deja de ser una forma del neoliberalismo más asqueroso llevado a la cultura, y ahora resulta que todo tiene que ser rentable, y no es así. Hay una concepción errónea, nadie protesta porque haya unas subvenciones, pongamos por caso a los coches o a los plátanos. Sin embargo, cuando hay subvenciones para una película te ponen el grito en el cielo. Pues no, es no entender la realidad de Canarias, donde NO hay grandes productoras, donde la mayoría de los que están haciendo cine son pibes jóvenes que no tienen capacidad de sobrevivir haciendo lo que hacen. Y pretenden que pongan un 30% o 50% de su bolsillo, es que es imposible. Es no conocer la realidad, seguir sin ver la realidad. Pero ocurre en el cine como también en la última convocatoria de cultura del Cabildo de Gran Canaria. No es comprensible, ni como están hechas ni lo que persiguen.

¿No están las personas adecuadas en los sitios adecuados?

[Silencio]

… Desde luego no se entiende. No quieren ver la realidad.

 

Fotografías de Manu Navarro

 

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