Cementerio Inglés

El Cementerio Inglés de la calle Marconi

En la calle Marconi hay un patio de vecinos donde no se tiende la ropa ni se sacuden los manteles. En lo alto del barrio de San José existe un rincón en el que el cotilleo de ventana a ventana se ha transformado en cantos de sirenas desde un dique olvidado de Las Palmas. El viejo Cementerio Inglés ha visto llegar nuevos buques y convertirse en barrio, mientras los anclas de sus marineros se arrojan a la deriva en otro tiempo.

El Cementerio de Inglés

Antes situado a kilómetros de la urbe amurallada, centenares de lápidas llegaron en una marea en bajamar a la ladera de San José, transformando los camarotes de sus viajeros en un refugio bajo tierra. Ya no hay quien les espere en el puerto, solo Betty los visita y les pone cara, historia, paseando al visitante por la cubierta de un pasado de salitre y cascarilla.

Su distribución cuelga en un marco ordenado por parcelas, un laberinto que solo Betty entiende. Afilando la mirada y paseando sus dedos por el histórico listado, los vecinos del viejo Cementerio Inglés se rinden a su destreza. Domina este recinto como la palma de su mano y lo cuida como si la nostalgia fuese suya. Cada 15 días Betty tiene compañía, ya que las palmeras del recinto tienen su propio capitán, que de manera altruista y por «mantenerlas bonitas» ayuda en la custodia del noray de San José.

El Cementerio de Inglés

Desde 1834 han ido llegando sus tripulantes, de todas las nacionalidades y religiones, con el único punto en común de no formar parte de la mayoría cristiana de aquel tiempo. Mary Swanston fue la encargada de romper la botella sobre la proa del barco, como la primera en subir a bordo en esta escala definitiva en 1835.

Algunos residían, otros estaban de paso, muchos eligieron este puerto como lugar de vacaciones, agarrándose a la esperanza de que el buen clima de la Isla los reflotase frente al cólera.

Betty conoce bien a los miembros de este navío, en el que compraron su billete los viejos hombres de mar, naufragados a dos metros bajo tierra. Al fin y al cabo ella es la única que los visita con frecuencia. Cuando alguien la acompaña, presenta cada camarote de este antiguo barco hundido, que narra leyendas de comerciantes y marineros del Atlántico.

El Cementerio de Inglés

«Aquí están los Miller, una familia que sembró negocio en la Isla», rememora, mientras apunta a un rincón con el dedo. A la sombra de uno de los muros descansa el legado de Thomas Miller, uno de los encargados de atar los primeros cabos del Cementerio Inglés junto a los caballeros británicos Samuel Bishop, James y Frederick Manly, Robert Warrand y Clarence Houghton, George y James Swanston, Alexander Cochran, James Wood y el vicecónsul británico, George Anstice.

«Y este es Mr. Parks, que trabajó con ellos y fue muy querido en el Puerto por lograr reconvertir a sus empleados del carbón cuando llego el uso del petróleo». En el recinto portuario tiene una plaza y en el Cementerio Inglés un gran ancla preside su mascarón de proa.

Con una memoria tan fluida como natural, Betty repasa la historia de un lugar que habla de personajes marcados por un golpe de timón en otra vida. Aunque su español es perfecto, su acento delata que es originaria de otra orilla, que tal y como asegura dejó hace más de 50 años.

El Cementerio de Inglés

«Venían en busca de sol, pensaban que el buen clima les salvaría de sus enfermedades, aquí están los que no lo consiguieron —señala—, aunque algunos sí que tuvieron algo de suerte —afirma, mientras se posa frente a una lámina de mármol—. Abogado y padre del derecho inglés, Frederic Williams Maitlang alargó su vida por diez años tras ser atrapado por la tuberculosis. Su viuda se casó con Francis Darwin, emparentado con Charles Darwin, nada menos».

Como lugar de paso de culturas, en el patio de vecinos de Marconi conviven bucaneros y mercantes, que colindan con los vecinos de San José. Cualquier ruido alerta a los residentes, acostumbrados al silencio de una marea tranquila y que se asoman ante cualquier novedad desde la calle Delfín, como vigilantes de los pecios de su mar.

Los Blandy, Fisher, Pilcher, Bonny… Decenas de apellidos ilustres llenan la narración apasionada de Betty, y alientan la curiosidad viva de quien la acompaña en el paseo. Como una novela de misterio de larga saga, su historia en clave británica engancha al visitante.

El Cementerio de Inglés

«Su familia no sabía que está aquí —comenta entre risas mientras señala la cruz frente a ella—, les ha parecido muy curioso que les escribiera —y se encoge de hombros—. En Australia los encontré, lo que son las cosas…».

En este puerto hay centenares de despedidas, recuerdos mojados que escriben su adiós en mármol. James Fleming Baxter se despide de este mundo con un simple Hasta luego, una escueta frase a la que acompañan sus vecinos de camarote con cartas náuticas en diferentes idiomas y alfabetos. Sydney Alfred Jones, en cambio, sigue durmiendo en la Isla que amaba.

También en el fondo del recinto duerme Nina, que nunca conoció la Isla ni siquiera la ciudad. «Era de familia acomodada, pero, a pesar de eso, se embarcó para ver mundo y recorrer África como misionera —cuenta Betty—, en sus cartas habla del calor que pasaba y la humedad de la zona, los mosquitos, la malaria…, era una mujer soltera e inquieta, no debía ser fácil en 1901 —su viaje a Sierra Leona lo hundió la enfermedad—. Este era un buen lugar de paso, su familia prefirió que descansase aquí en vez de en el fondo del mar —y mientras habla documenta sus palabras con fotos de la señorita Botwood teñidas de un pasado en blanco y negro.

Cementerio Inglés

Betty no es la encargada del recinto, ni siquiera familiar de ninguno de sus residentes, tampoco es historiadora ni sepulturera, pero cuida del lugar como si fuese parte de su propiedad. De vocación curiosa, dedica una migaja de su tiempo a rescatar los cuadernos de bitácora de este particular patio de vecinos. «Hago de guía con algunos colegios, busco en internet y en los registros que aún existen, y es que si no lo hago yo ¿quién lo hace?», se pregunta.

Cuando se marcha, cierra la puerta tras de sí y pasa la llave, aunque en el Cementerio Inglés pocos entran y menos salen. De sus paredes ya ni siquiera se escapan los recuerdos, solo un suspiro de esa historia colonial y de quienes perecieron lejos de su hogar.

Como refugio en lo alto del barrio de San José, el Cementerio Inglés continúa en su profundo sueño mecido por Caronte. Desde su posición privilegiada, el recinto vigila el Atlántico y se alonga al puerto, cuna de los cantos de sirena que atesora en su interior. Mientras Betty se aleja, la balada de un viejo lobo de mar se desvanece junto a ella calle abajo, punto en el que desaparece entre los demás vecinos.

Cementerio Inglés, colonia británica

Fotografías de Miguel Aleacim 

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