Agatha Christie y los Berrazales 7 Islands Magazine

La espera de Agatha Christie

Agatha Christie tenía el corazón roto cuando llegó a Canarias. Paredes vacías, abandonado. Por fin ha logrado que Rosalind, su hija de 7 años, se quede en el Hotel Metropol con su secretaria, Carlo. Le dice que se quede tranquila, llevará a su hija al Club inglés o incluso a darse un baño de mar en la playa de Las Canteras.

Agatha Christie pasea por Agaete, el sol la acompaña pero el corazón sigue roto. Las paredes vacías, sus personajes, tan exitosos en el papel, la acompañan en su mente, pero no la consuelan de día.

Como cualquier corazón que ama se aferra a la esperanza. Confía en que su marido recuerde en la distancia el amor que siente por ella. Que se avive de nuevo la llama, confía en que volverá.

Olvidada por Eros, es incapaz de escribir una sola palabra. Sus mayores éxitos literarios los ha escrito con el corazón acompañado por su esbelto Archibald Christie.

El corazón de Christie de 1927 y la imagen del balneario de los Berrazales de 2016 son una misma cosa. Me parece que el valle que la escritora inmortalizaría en La señorita de Compañía ha quedado mimetizado en este lugar con el sufrimiento de la dama de las novelas de crímenes. Vacías las paredes, abandonadas sus salas, donde antes bailaban y se recuperaban las almas de los países europeos con el sol, el mar y todo esa fiesta acompañada de la bebida con poderes curativos que ofrecía el Valle de Agaete: Agua.

Ya no hay nadie que baile en sus salones, tampoco que baile con ella. El amor se ha olvidado de Christie y también del Balneario de los Berrazales. Todo se desmorona, el papel de las paredes sucio, rasgado, cuelga de las esquinas, esperando quizás que alguien dé el último tirón, que acabe con el sufrimiento que produce el olvido. Ella no puede, se ha aferrado a la esperanza, esa que tienen los corazones ciegos que aman sin medida y con contraindicaciones. Pero no viene nadie, el eco del vacío inmenso en este rincón, en el que las palmeras, el arroyo, y las plantas engullen la belleza de este lugar, sólo lo rompen las ratas con el caminar a veces abrupto y metálico sobre unos techos vacíos. Las ratas también huyen o solo bailan o celebran que hace ya años que nadie viene a molestarlas, en su nuevo hogar, un lujo de construcción, con vistas al Valle, inaugurado en 1931.

Las tapas de las botellas de agua, que perdió el poder de sanar, se acumulan por todo el lugar; oxidadas, parecen pequeñas monedas derramadas por el suelo, se cuentan por miles, un tesoro que ya no es, porque ¿no son acaso los ojos llenos de deseo los que transforman cualquier cosa en maravilla?. Ya no nos miran, Fortuna caprichosa ha desviado su atención. Otra mujer, otros rincones.

La obcecación debilita la pluma y aumenta el sabor ferroso del agua que baja de los altares y profanada, humillada aguarda aún embotellada por alguna esquina de este lugar para ser descorchada.

Agatha Christie está sentada allí en la única silla vacía y en pie, espera el momento en que su Archie entre en la sala, que el deseo la convierta en deseada.

Qué ojos encarnarán el deseo para que llegue el Por fin.

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